FERNANDO CASTANEDO
Broma ejemplar
A: Críticas y reseñas de Ehrengard.
Isak Dinesen, pseudónimo de la escritora danesa Karen Blixen (1885-1962), vivió una vida llena de avatares. Quizás hasta cervantina. Los disgustos en la familia comenzaron a los diez años, cuando su padre se quitó la vida y a raíz de ello pasó a vivir bajo la tutela de su abuela materna. Con ella permaneció hasta que se hizo evidente el conflicto entre su vocación por la pintura y su pasión literaria. Decidió viajar a Roma y París para estudiar Bellas Artes, pero más o menos al mismo tiempo, en 1907 y 1909, publicó sendos volúmenes de cuentos en Dinamarca. En 1914 se casó con un primo (cousinage, dangereux voisinage) que tenía en Suecia, el barón de Blixen-Finecke, y con él marchó al África Oriental Británica, actual Kenia, para establecer una plantación de café. En la colonia Dinesen conoció a su amante inglés, se separó del primo sueco y, tras la muerte del primero en un accidente de aviación y el desastre definitivo de la empresa cafetera, regresó por fin a Dinamarca en 1931. Desde entonces hasta que murió, en 1962, su vida transcurriría con más tranquilidad.
Una vieja dama contó...
Dicho esto, no cabe esperar demasiadas ingenuidades de Isak Dinesen y, sin embargo, la obra que se publica ahora, Ehrengard, puede interpretarse como una última broma. No en balde se trata de su cuento postrero, editado al año siguiente de su muerte. Las sorpresas no se encuentran en los mecanismos que empleó para la ocasión. En Ehrengard, como en tantos otros de sus Últimos cuentos o de los Siete cuentos góticos, Dinesen nos habla mediante la introducción de una voz que se nos presenta dentro del relato como personaje que cuenta una historia. En este caso la autora redujo la narradora a una mínima expresión: "Una vieja dama contó esta historia".
Tampoco hay novedad en el modo deslumbrante con que Dinesen nos procura el reconocimiento del carácter de un personaje. Quizás la sorpresa final en Ehrengard alcance un grado de maestría difícil de superar, pero no por ello deja de ser marca de la casa. Para hablar de esta broma, entonces, conviene decir algo sobre la acción.
La vieja dama cuenta la historia de un pintor de corte, Herr Cazotte. Éste es mundano, resabiado y mujeriego, y por amistad con unos archiduques soberanos se ve en las de pasar cierto tiempo en un retiro con los herederos del pequeño Estado. Allí se embarca en la seducción de Ehrengard, una joven noble, cándida y supuestamente torpe —gauche la llama la archiduquesa—. Ahora bien, el retratista no anhela a secas la simple conquista de la doncella. Busca, en consonancia con su sofisticación alambicadilla, provocar en ella la aparición de una señal física que muestre el ascendiente que ha llegado a ejercer sobre la joven. No diré de qué se trata. Tan sólo añadiré que sería manifestación de un poder sin palabras, que afloraría en el cuerpo ajeno de un modo mucho más explícito y comprometedor que el de haber poseído ese mismo cuerpo. No hay palabra lo suficientemente altiva como para negarle su realidad. Pero de la sorpresa en el desenlace tampoco pienso decirles nada.
Me limitaré a señalar que la inversión final asombra, que el ambiente es propicio para wagneritas y proustófilos; que Choderlos de Laclos estaría satisfecho de la relación epistolar entre el pintor y su mentora; que los personajes del Quijote se sentarían a escucharla con tanto placer como atendieron a la lectura de El curioso impertinente o a la historia del cautivo en la venta. Éste no es un cuento de hadas, como se ha sugerido, sino una novela en el sentido que Cervantes empleó para titular sus relatos ejemplares. De una parte por su extensión y, de otra, porque Ehrengard retrata la victoria de la honradez espontánea sobre una malicia calculada. La broma en una autora como Dinesen, tan poco dada a las concesiones a la ingenuidad que siempre conlleva la aparición de la justicia poética, consiste en dejarnos como legado póstumo la proyección al mundo de una idea moral contundente. Ahora bien, con Dinesen nunca se sabe y resulta muy probable que la ironía sutil que puede detectarse en Ehrengard, bien cervantina, encierre su poso de humorada. Una humorada de lectura obligatoria.
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