JOSÉ MARÍA GUELBENZUArte en tres movimientosBabelia | El País23|6|2001Difícilmente se encontrará en nuestra época un cuento tan bien contado como éste. Esa capacidad de despojar un asunto de todo artificio excepto del que se necesita para construir un relato esencial no la tiene casi nadie hoy día, pero Isak Dinesen la poseía en alto grado. Si Ehrengard es o no la cumbre de su arte lo decidirán, cada uno para sí, sus lectores. La figura de esta mujer excepcional es hoy razonablemente conocida gracias a la difusión que el cine dio a sus memorias africanas, pero a ningún lector atento escapa la calidad casi insuperable de sus relatos. En España se conocen buenas traducciones de Vengadoras angelicales (novela), Cuentos de invierno y Anécdotas del destino, así como de sus memorias Lejos de África y Sombras en la hierba (todo ello en Alfaguara); había una antigua edición de Caralt de Siete cuentos góticos y otra de los últimos cuentos en Barral Editores (Las Cariátides), pero ambas deben de ser inencontrables salvo en librerías de lance. Este último título fue el comienzo de la carrera literaria de la baronesa Blixen, su nombre real, que ya en la madurez, en 1931, perdida su granja africana y muerto su amante, regresa a Europa y empieza a escribir en la casa familiar de Rungstdlund; terminado su primer manuscrito, lo ofrece inútilmente a varios editores; por fin, y firmado con seudónimo masculino (Isak Dinesen) consigue que lo acepte un editor norteamericano.Ehrengard está concebido en tres movimientos: uno de introducción, un segundo al que denomina "pastoral" y un tercero y último que considera un "rondó". Comienza con un hermoso juego de distancia; un narrador cuenta lo que le contó otro narrador. Con ello anticipa la depuración extrema a que va a someter a su historia; como bien dice la voz que nos habla, todo sucedió hace tanto tiempo que ya no existe ni el reino donde sucedió; y todo sucedió entre mil y un detalles y en un tiempo largo de los que el relato es... ¿un resumen?, ¿una selección? No. Es la elección de todos y cada uno de los elementos que el relato exige por sí mismo; lo cual quiere decir que nada de cuanto sucede en él deja de ser significativo, de ahí su esencialidad y su pureza.El modo de solicitar la atención del lector —o del oyente— por parte de la autora es subyugante, pero marca con el lector la distancia necesaria para que éste no se entregue ni se pierda en él, sino que lo siga con atención; y con pasión. Su modo de hablar afirma la distancia, a la vez que atrae por la limpieza y transparencia con que está escrito. La complejidad del relato está en sí mismo, no en el modo de narrarlo pues la narración, lo que hace es asomarnos a un estanque de agua clara cuya sencillez contiene, precisamente, el misterio. No el enigma, sino el misterio; el cuento no es enigmático, es misterioso; pero lo es gracias a la transparencia de su lenguaje.Aunque la autora no mueve sus piezas en una sola dirección, sí lo hace con una intención que es, a su vez, el corazón del relato. Los dos protagonistas del mismo son, en primer lugar, Herr Cazotte —un niño muy pobre que ha llegado a ser un artista eximio, un pintor que es, sobre todo, retratista, esto es: observador y extractor de la profundidad de las almas y, en consecuencia, alguien que se dedica al mundo como un artista de la vida—. En segundo lugar, la doncella Ehrengard, hija de guerreros, educada en la austeridad y el puritanismo; recta, leal y distante. Ahora veamos el sentido de la división en partes que Isak Dinesen hace del cuento: en la primera nos relata la anécdota central, la vida del príncipe Lothar y su encuentro final con Ludmilla, además de desplegar el abanico de cualidades de Herr Cazotte; la segunda, la "pastoral", se desarrolla en un castillo aislado y protegido en medio de un bosque; en esta parte, Cazotte, el artista, fija su mirada en Ehrengard tratando de ver su alma y, en su interés, advertimos que, de alguna manera, desea apoderarse de ella, pero del alma como puerta que conduce al cuerpo; es la rendición de esa alma, obtenida de tal modo que quede al descubierto ante él, bien armado, lo que busca. Entonces comienza un sutil acecho que culminará en una escena ante la cual no puede evitar reproducir a la doncella con sus pinturas, pues la cualidad final del alma que él buscaba se le muestra definitivamente a través del cuerpo; y como final de esta parte, ella reconoce este hecho. ¿Está, pues, vendida? ¿Y vencida?Pero hablaba antes del corazón del relato. Bien. El asunto que late bajo este bellísimo texto es el de la relación entre el arte y la vida. ¿Puede el arte organizar la vida?, ¿puede dirigirla?, ¿puede confundirse con ella? El arte y la vida son dos realidades paralelas que, si a menudo se reflejan, jamás se confunden. El dilema entre el huevo y la gallina aquí no se da; primero fue la vida, pero, ¿puede el arte apoderarse de ella, rendirla y gobernarla? El encuentro entre estas dos realidades puede ser fecundo o destructor; ya verá el lector lo que propone —o mejor dicho— lo que muestra Dinesen. El asunto se convierte en cercano y apasionante según lo va tejiendo.Hay en el "rondó" un auténtico final que recoge el resto del relato y lo mueve casi en tono de melodrama. Lo lleva a una escena final y, desde el momento en que esa escena se inicia, hay una demostración de cómo la construcción y el estilo son capaces de expresar una idea antes de que ésta pueda ser formulada por el lector, lo que es una experiencia de lectura ciertamente inolvidable y sólo propia de los grandes escritores: el paulatino desvanecimiento de Cazotte en el ambiente de la habitación hasta que el clímax alcanza la eclosión de sentido que porta la doncella Ehrengard es un prodigio de concepción y expresión. Después queda solo el relato, el portento, en el alma del lector; y un delicioso e inocente final, como no podía terminar de otro modo semejante pieza de la más alta literatura. En excelente traducción, por cierto.
dimarts, 25 de febrer del 2025
art en tres moviments
dilluns, 24 de febrer del 2025
isak dinesen en la seva vellesa
La imagen verdadera de Isak Dinesen fue durante mucho tiempo la de una anciana espectral, elegante y teñida de enigma, hasta que el cine la suplantó, con excesivo romanticismo y algo de ñoñería, por la de una sufrida y colonial aristócrata. No es que la Baronesa Blixen no fuera romántica y aristocratizante, pero es más justo decir que jugaba a serlo, al menos desde que fue Isak Dinesen, esto es, desde que empezó a publicar, con ese y otros nombres, y regresó a Dinamarca tras sus largos y fracasados años en África. «En verdad llevamos máscaras según vamos envejeciendo, las máscaras de nuestra edad, y los jóvenes creen que somos como parecemos, lo cual no es el caso.»
Cuando en 1959 visitó por primera vez América, el país en el que sus libros habían tenido más éxito y consideración, su figura llegó precedida de rumores y misterios inacabables: ella es en realidad un hombre, él es en realidad una mujer, Isak Dinesen son dos, hermano y hermana, Isak Dinesen vivió en Boston en 1870, ella es en realidad parisina, él vive en Elsinore, ella pasa la mayor parte del tiempo en Londres, ella es una monja, él es muy hospitalario y recibe a jóvenes escritores, es difícil verla y vive como una reclusa, ella escribe en francés; no, en inglés; no, en danés; no, en...Cuando por fin se la vio, en las numerosas fiestas a que fue invitada y en las sesiones públicas y multitudinarias en las que relataba sus cuentos de viva voz sin ayudarse ni de un guión, se supo que era una anciana frágil y extravagante, llena de arrugas y con brazos como cerillas, vestida de negro, con turbantes en la cabeza, diamantes en las orejas y grandes cantidades de khôl alrededor de los ojos. Sin embargo, la leyenda continuó, aunque por cauces más concretos: según los americanos, sólo se alimentaba de ostras y de champagne, lo cual no era exacto, pues también admitía de vez en cuando gambas, espárragos, uvas y té. Cuando Isak Dinesen expresó su deseo de conocer a Marilyn Monroe, la novelista Carson McCullers pudo arreglar un encuentro, y, en un famoso almuerzo, las tres mujeres mencionadas compartieron la mesa con Arthur Miller, el marido por antonomasia, quien, sorprendido por las costumbres de la Baronesa, le preguntó qué médico le había impuesto semejante régimen de ostras y champagne. Cuentan que la mirada de desprecio de Isak Dinesen no se había visto nunca en aquel país: «¿Médico?», dijo. «Los médicos están horrorizados, pero a mí me encanta el champagne y me encantan las ostras y me sientan bien». Miller aún se atrevió a decir algo sobre las proteínas, y al parecer la nueva mirada de desprecio es seguro que no volverá a verse en suelo americano: «No sé nada de eso», fue la respuesta, «pero soy vieja y como lo que quiero». Con Marilyn Monroe la Baronesa se llevó mucho mejor.
Lo cierto es que Isak Dinesen vivía normalmente en Rungstedlund, la casa de su infancia danesa, y llevaba una vida muy sedentaria debido a sus múltiples males, entre los cuales nunca olvidaba el más antiguo y el que nada tenía que ver con la edad, la sífilis, que había contraído al año de su matrimonio con el Barón Bror Blixen, de quien se había divorciado en su día no sin grandes vacilaciones. Este marido era el hermano gemelo del hombre que ella había amado en su primera juventud, y quizá los vínculos por persona interpuesta sean los más difíciles de desatar.
Por causa de la sífilis hubo de renunciar a su vida sexual desde muy temprano, y al ver que para aquello no había posible ayuda de Dios, y considerando lo terrible que resultaba para una mujer joven verse privada del «derecho al amor», Isak Dinesen le prometió el alma al Diablo, y éste le prometió a cambio que cuanto ella experimentara a partir de entonces se convertiría en una historia. Eso fue al menos lo que le contó a un no-amante al que doblaba en edad y triplicaba en inteligencia, el poeta danés Thorkild Bjørnvig, con quien hizo un extraño pacto cuando ella tenía ya sesenta y cuatro años y a quien dominó y sometió de manera absoluta durante cuatro. A este no-amante le gustaba asustarlo con sus cambios bruscos, con sus calculados actos sorprendentes, con sus hechizos y sus opiniones desconcertantes pero siempre convincentes. En una ocasión lo asustó explicándole la índole de su ser: «Tú eres mejor que yo, ese es el problema», le dijo. «La diferencia entre tú y yo es que tú posees un alma inmortal y yo no la tengo. Así sucede con las sirenas o las hadas del agua, tampoco ellas la tienen. Viven más tiempo que los que poseen un alma inmortal, pero cuando mueren desaparecen completamente y sin dejar ningún rastro. Pero ¿quién puede entretener y agradar y extasiar a la gente mejor que el hada acuática cuando está presente, cuando juega y hechiza y hace a la gente bailar más enloquecidamente de lo que nunca es posible? Pero mira, ella desaparecerá, y sólo deja tras de sí una línea de agua en el suelo.»
Cuando este poeta (al que ella instaba a dejar de lado a su mujer y su hijo para pasar largas temporadas «creando» en su casa de Rungstedlund) no se mostraba a la altura adecuada (y eso solía ser casi siempre), la Baronesa se indignaba y lo maltrataba, como asimismo hacía cuando él se atrevía a poner reparos a alguno de sus escritos. Pero Isak Dinesen no era nunca constante, y tras una descomunal reyerta era capaz de comportarse encantadoramente al siguiente encuentro, como si nada hubiera pasado, o aun de felicitar al no-amante por su sentido crítico insobornable. Eran muy propias de ella estas transformaciones, y el poeta Bjørnvig ha contado cómo una noche, por razones que a él mismo se le escaparon, Isak Dinesen montó en cólera y se convirtió en una furia gesticulante y decrépita, encogida por la ira, que lo dejó hundido y paralizado. Al rato, cuando el poeta ya se había acostado, la Baronesa se deslizó en su cuarto y se sentó al borde de su cama: pero ahora él la vio radiante, metamorfoseada, con la belleza de una joven de diecisiete años. Bien es verdad que el propio Bjørnvig confesó que, de no haber asistido a la transformación, no la habría creído posible.
La Baronesa, con todo, proporcionaba también, a su no-amante y a sus amigos, maravillosos ratos de placer y embeleso y trance. En una ocasión, y en medio de una velada dichosa, se levantó y salió de la habitación. Regresó al poco con un revólver, lo alzó y apuntó con él al poeta durante largo rato. Éste no se inmutó, según sus propias palabras, porque en aquel estado de felicidad la muerte no habría importado. Quizá no esté de más añadir que el poeta Bjørnvig no logró publicar nada durante los cuatro años de su arrebato.
Isak Dinesen decía no tener muy buena vista, pero era capaz de distinguir tréboles de cuatro hojas por el campo a una distancia inconcebible, y de ver la luna nueva cuando ésta era aún invisible. Cuando la descubría, tenía por costumbre saludarla con tres reverencias, y aseguraba que había que discernirla sin cristal de por medio, pues eso traía mala suerte. Tocaba el piano y la flauta, preferentemente Schubert con el primero y Haendel con la segunda, y al atardecer rememoraba con frecuencia poemas de Heine, su favorito, y a veces de Goethe, a quien detestaba pero recitaba. A Dostoyevski lo aborrecía, aunque lo admiraba, y era incondicional de Shakespeare. De Heine citaba a menudo estos versos: «Quisiste ser feliz, infinitamente feliz o infinitamente desdichado, corazón orgulloso, y ahora eres desdichado».
Sus ojos rodeados de khôl estaban llenos de secretos, según cuantos los miraron: nunca parpadeaban ni se apartaban de lo que estuvieran mirando. El padre de Isak Dinesen se había suicidado cuando ella tenía diez años, y ella había contado cuentos desde la infancia. Su hermana menor le imploraba a veces al acostarse con sueño: «¡Oh, Tania, esta noche no!» En su vejez, en cambio, sus anfitriones o sus invitados le rogaban que contara alguna historia. Ella se prestaba a veces, como quien hace un regalo. Todos los jueves cenaba con un niño al que había comprado un traje apropiado para la ocasión: era el hijo de su cocinera, a quien una noche había sorprendido escondido, acechante, espiándola mientras ella cenaba a solas. Gustaba de provocar, pero suave e irónicamente, como cuando ponía objeciones a la democracia absoluta, temiendo por la suerte de las élites: «Ya saben, debería haber siempre unos pocos versados en los clásicos». Decía gobernarse en su vida por las reglas de la tragedia clásica, y según ellas habría educado a los hijos que nunca tuvo.
Al final pasaba varios meses al año en una clínica, y el resto, como siempre, en Rungstedlund, donde murió quedamente, tras haber escuchado a Brahms durante la tarde, el 7 de septiembre de 1962. Fumó sin parar hasta el fin de sus días, que dejó a la edad de setenta y siete años, y fue enterrada al pie de una haya que ella misma había escogido, junto a la costa de Rungsted. Según Lawrence Durrell, habría lanzado una mirada amable e irónica a quien se hubiera atrevido a llorar su muerte. «En realidad tengo tres mil años y he cenado con Sócrates.»
Isak Dinesen hizo suyas estas palabras: «En el arte no hay misterio. Haz las cosas que puedas ver, ellas te mostrarán las que no puedes ver».
Javier Marías. «Isak Dinesen en la vejez». A: Vidas escritas. Alfaguara, 2012. P. 41.
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El dinar organitzat per la Carson McCullers a casa seva, a South Nyack, el 5 de febrer de 1959. |
Karen Blixen i Thorkild Bjørnvigs a Rungstedlund. |
dissabte, 22 de febrer del 2025
la biblioteca d'isak dinesen a rungstedlund
«Després passem en un altre ambient, on es guarden els llibres de la seva biblioteca, que conserven als marges breus anotacions. No literàries, però, sinó de vida quotidiana. A la solapa d'El sol també s'aixeca, d'Ernest Hemingway, hi va deixar escrita una llista de queviures: truita, arròs, pasta...I segur que no era pas per desconsideració. L'escriptor nord-americà va ser company de safari del seu marit i el 1954, en rebre el premi Nobel, va dir públicament que hauria hagut de guanyar-lo ella. Això li va fer una il·lusió enorme i la va rescabalar de la decepció per la manca de reconeixement. També glossà Faulkner. En una de les dues edicions de Rèquiem per una monja hi apuntà una llista d'arbres per plantar al jardí. Dante i Virginia Woolf se'n van salvar. Karen tenia fascinació per tot el grup de Bloomsbury. Veig una edició francesa de Les mil i una nits i de L'arpa d'herba de Truman Capote, que Karen va conèixer durant una gira triomfal de conferències als Estats Units. També és preciós un volum il·lustrat, molt gastat, de Peter Pan. «Sabia perfectament anglès i francès», diu Tore [nota de la copista: un nebot de la Dinesen], «i també una mica l'alemany». A l'Àfrica va aprendre el suahili. Tenia una oïda excepcional per a les llengües. Va escriure alguns dels seus llibres en anglès i després els traduïa ella mateixa al danès. Però pràcticament els reescrivia. No hem trobat rastre de cap diccionari danès-anglès entre les seves coses». En una paret hi penja un quadre signat per René Bouché: un retrat de l'escriptora amb el famós barretet negre i les arracades de perles (com la va immortalitzar Cecil Beaton) que la mostra amb una expressió viva, molt suggeridora: les mans allargades, els ulls enormes i molt dolços, esbatanats, com diuen que els tenia sovint, el somriure amb prou feines esbossat al rostre ossut i clar i una posa un xic inclinada, com de persona que —citant el seu estimat Nietzsche— «diu que sí» al destí.»
Sandra Petrignani. L'escriptora viu aquí. Traducció de Carles Biosca. Viena, 2023. P. 176-177.
divendres, 21 de febrer del 2025
la reina de la nit
CÉSAR PÉREZ GRACIA
La reina de la nocheHeraldo de Aragón14|6|2001
A: Críticas y reseñas de Ehrengard.Isak Dinesen (1885-1962) posee una bien ganada fama de reina de la narración. No diré reina de los cuentos, porque en español existe una connotación extraña entre cuento y embuste, que arruina de un plumazo el vocablo y su concepto. Pero no me quiero enrollar antes de tiempo. De algo tiene que servir pertenecer a un gremio que ejerce su oficio crítico con respiración asistida.Ehrengard, 1962, es un excepcional relato de Dinesen. A ver si consigo, por una vez y sin que sirva de precedente, analizar con el debido esmero una hermosa narración. En apenas ochenta páginas, se nos cuenta la historia de un niño aristocrático de nacimiento clandestino. La gracia de la fórmula que utiliza Madame Dinesen se basa en una rara habilidad para narrar en la cuerda floja. El personaje del pintor Herr Cazotte, pertenece al linaje de Thomas Mann bufo, es decir, de una comicidad cuyo registro tedesco no siempre hace gracia a todo el mundo. Dinesen se divierte enfocando la historia desde la retina zumbona del pintor tenorio, una especie de Alma-Tadema en el castillo de Rosenbad. Pero, claro, el arte de contar bien una historia ha de tener alguna carta oculta en la manga. En este caso, la perspectiva insólita o contrapunto narrativo surge con la presencia y figura de la hermética belleza de Ehrengard, una virgo luterana que pone a Herr Cazotte —bonito cruce onomástico— como a un sátiro en cuarentena. A partir del encontronazo la historia echa chispas. Isak Dinesen se limita a traducir esos chispazos en forma de frases de temblor y temperatura crecientes. Que no es flojo mérito.El colofón o campanazo final se logra justo en el último par de páginas. No seré tan cenutrio de desvelarlo, pero sí puedo extenderme un verano sobre lo que yo avizoro —que obviamente no puede ser mucho— en la cocina de ese climax final. Dinesen nos hace copartícipes del pulso mudo y visual entre sus dos personajes de cámara, la leal e insobornable Ehrengard y el casanovesco artista Herr Cazotte.La gran escritora danesa sabía que las palabras sobran cuando la emoción colma el vaso de la vida. En cuestión de sentimientos el silencio vale su peso en oro. Igual que en una buena película de Leo McCarey. Ya se sabe que lo mejor del cine hablado o sonoro sucede cuando se arcaiza en cine mudo. Pero me temo que soy un pésimo glosador del silencio.
dimecres, 19 de febrer del 2025
broma exemplar
FERNANDO CASTANEDO
Broma ejemplar
A: Críticas y reseñas de Ehrengard.
Isak Dinesen, pseudónimo de la escritora danesa Karen Blixen (1885-1962), vivió una vida llena de avatares. Quizás hasta cervantina. Los disgustos en la familia comenzaron a los diez años, cuando su padre se quitó la vida y a raíz de ello pasó a vivir bajo la tutela de su abuela materna. Con ella permaneció hasta que se hizo evidente el conflicto entre su vocación por la pintura y su pasión literaria. Decidió viajar a Roma y París para estudiar Bellas Artes, pero más o menos al mismo tiempo, en 1907 y 1909, publicó sendos volúmenes de cuentos en Dinamarca. En 1914 se casó con un primo (cousinage, dangereux voisinage) que tenía en Suecia, el barón de Blixen-Finecke, y con él marchó al África Oriental Británica, actual Kenia, para establecer una plantación de café. En la colonia Dinesen conoció a su amante inglés, se separó del primo sueco y, tras la muerte del primero en un accidente de aviación y el desastre definitivo de la empresa cafetera, regresó por fin a Dinamarca en 1931. Desde entonces hasta que murió, en 1962, su vida transcurriría con más tranquilidad.
Una vieja dama contó...
Dicho esto, no cabe esperar demasiadas ingenuidades de Isak Dinesen y, sin embargo, la obra que se publica ahora, Ehrengard, puede interpretarse como una última broma. No en balde se trata de su cuento postrero, editado al año siguiente de su muerte. Las sorpresas no se encuentran en los mecanismos que empleó para la ocasión. En Ehrengard, como en tantos otros de sus Últimos cuentos o de los Siete cuentos góticos, Dinesen nos habla mediante la introducción de una voz que se nos presenta dentro del relato como personaje que cuenta una historia. En este caso la autora redujo la narradora a una mínima expresión: "Una vieja dama contó esta historia".
Tampoco hay novedad en el modo deslumbrante con que Dinesen nos procura el reconocimiento del carácter de un personaje. Quizás la sorpresa final en Ehrengard alcance un grado de maestría difícil de superar, pero no por ello deja de ser marca de la casa. Para hablar de esta broma, entonces, conviene decir algo sobre la acción.
La vieja dama cuenta la historia de un pintor de corte, Herr Cazotte. Éste es mundano, resabiado y mujeriego, y por amistad con unos archiduques soberanos se ve en las de pasar cierto tiempo en un retiro con los herederos del pequeño Estado. Allí se embarca en la seducción de Ehrengard, una joven noble, cándida y supuestamente torpe —gauche la llama la archiduquesa—. Ahora bien, el retratista no anhela a secas la simple conquista de la doncella. Busca, en consonancia con su sofisticación alambicadilla, provocar en ella la aparición de una señal física que muestre el ascendiente que ha llegado a ejercer sobre la joven. No diré de qué se trata. Tan sólo añadiré que sería manifestación de un poder sin palabras, que afloraría en el cuerpo ajeno de un modo mucho más explícito y comprometedor que el de haber poseído ese mismo cuerpo. No hay palabra lo suficientemente altiva como para negarle su realidad. Pero de la sorpresa en el desenlace tampoco pienso decirles nada.
Me limitaré a señalar que la inversión final asombra, que el ambiente es propicio para wagneritas y proustófilos; que Choderlos de Laclos estaría satisfecho de la relación epistolar entre el pintor y su mentora; que los personajes del Quijote se sentarían a escucharla con tanto placer como atendieron a la lectura de El curioso impertinente o a la historia del cautivo en la venta. Éste no es un cuento de hadas, como se ha sugerido, sino una novela en el sentido que Cervantes empleó para titular sus relatos ejemplares. De una parte por su extensión y, de otra, porque Ehrengard retrata la victoria de la honradez espontánea sobre una malicia calculada. La broma en una autora como Dinesen, tan poco dada a las concesiones a la ingenuidad que siempre conlleva la aparición de la justicia poética, consiste en dejarnos como legado póstumo la proyección al mundo de una idea moral contundente. Ahora bien, con Dinesen nunca se sabe y resulta muy probable que la ironía sutil que puede detectarse en Ehrengard, bien cervantina, encierre su poso de humorada. Una humorada de lectura obligatoria.
dilluns, 17 de febrer del 2025
l'art i l'escàndol
DAVID GUZMÁN
L'art i l'escàndol
Avui
28|12|2000
Escriptora d'imatges tan subtils com suggerents, la danesa Isak Dinesen convoca als seus relats la màgia dels somnis infantils i el record de les històries remotes concebudes per la ploma d'altres èpoques. A Ehrengard, novel·la publicada després de la mort de l'autora, l'any 1962, conviuen en harmonia la descripció d'un món aristocràtic amb una concepció dramàtica de l'existència. L'ambientació palatina esdevé, així, l'arma més precisa per carregar durament contra la hipocresia de l'alta societat, amarada de vicis i corrupcions. Duquesses, reis i prínceps no en surten, doncs, gaire ben parats, d'aquesta dissecció lirificada. Serà, contràriament, la figura de l'artista, alhora àrbitre de la realitat i heroi sensible, qui haurà de resoldre el conflicte de tot un principat.
COM UN CONTE CLÀSSIC
L'inici d'Ehrengard respon a una posada en escena tradicional del conte clàssic: "Una anciana va explicar aquesta història:", moment a partir del qual la protagonista externa del relat narra el conflicte. Un conflicte concebut com una sonata en tres moviments que aborda les desventures del regne de Babenhausen per amagar, durant dos mesos, el naixement de l'hereu del principat, un nen fruit d'un embaràs prematur concebut "al marge del temps i de la decència". És arran d'aquesta situació, qualificada d'escàndol per la duquessa, que entra en joc el pintor Herr Cazotte, una mena d'alter ego de l'autora en què conflueixen saviesa, drama intern i sensibilitat artística. Quan la jove Ehrengard és nomenada dama d'honor de la princesa durant el cautiveri, el pintor haurà de modificar els colors del seu pinzell, impregnat ara del deliri amorós. És en aquest punt on Isak Dinesen estén amb més passió la seva mirada creativa: a través de la relació epistolar que s'estableix entre el pintor i la duquessa, assistim sense treva a una veritable concatenació de sensualitat, detallisme descriptiu, complexitat interna, art —meditades reflexions sobre l'art—, llegat nostàlgic dels orígens pictòrics de l'autora de Memòries de l'Àfrica.
RECREACIÓ DELS ESPAIS
Al costat de les relacions entre els personatges, la història d'Ehrengard excel·leix, i amb quina intensitat, en la recreació dels espais. L'ambientació del castell on viu reclosa la princesa remet directament als contes meravellosos de fades i bruixots, com si es tractés d'un paisatge d'Andersen, escriptor amb qui Dinesen comparteix nacionalitat i també influències. Així, l'autora danesa és capaç d'edificar un autèntic jardí de l'Edèn amb el luxe i la brillantor d'un arquitecte neoclàssic. No obstant això, més enllà dels espais idíl·lics s'amaguen al llibre certes dosis d'allò que alguns anomenen mala bava. I és que la decadència de la societat aristocràtica és aquí contemplada amb una acidesa mordaç no exempta de crítica. Així, pels diversos estaments del principat alemany de Babenhausen veiem desfilar, ebris de poder, ducs corruptes i marits infidels, en una processó decididament patètica que mostra en la seva nuesa la sobredosi d'hipocresia i ambició de l'alt món palatí centreeuropeu.
En virtut d'un estil gòtic que no exclou el lirisme romàntic, Isak Dinesen conjuga en un mateix univers narratiu una visió tràgica del món i un sentit oníric de la matèria literària. Històries d'una temàtica refinada, bastides al voltant dels conflictes clàssics de l'ésser humà, l'amor, el drama, l'oposició entre el bé i el mal. Però al mateix temps, Dinesen viatja, amb la precisió de qui coneix la matèria, a l'interior de l'art pictòric a través del protagonista enamorat. Escrita ara fa 40 anys, la història d'Ehrengard ens és propera perquè ens trasllada, amb els mecanismes autentificadors de la ficció, als conflictes actuals entre el somni i la realitat, entre un amor impossible i una passió irreparable. D'aquesta manera, l'autora de Set contes gòtics torna a demostrar que la seva imaginació pot visitar qualsevol racó d'Europa, i extreure'n un relat impregnat de l'essència més profunda, humana i vívida de les grans històries universals.
divendres, 14 de febrer del 2025
el conte més redó de karen blixen
TONI SABATER
'Ehrengard' o el conte més redó i magistral de Karen Blixen/Isak Dinesen
Valencia Plaza
21|6|2022
No sabem ben bé si ho va fer voluntàriament o va ser una feliç casualitat, però seria la mateixa Karen Blixen qui va establir amb una delicada lògica les fronteres del conte amb esta indirecta definició: “Pot contar-se Alí Babà i els quaranta lladres, però no pot contar-se Anna Karenina”. I a eixa pretensió estricta de contar –i també amb la intenció de fer virtut de certa contrastada impossibilitat seua per a bastir una novel·la– va lliurar-se sense restriccions la mateixa Karen Blixen (Rungsted, Dinamarca, 1885 – 1962), més coneguda pel pseudònim literari d’Isak Dinesen.
En realitat eixe pseudònim que va adoptar és parcial, perquè el canvi està només en el nom masculí que va triar (Isak), i que no albergava més intenció –i reivindicació– que tindre la mateixa llibertat creativa de la que gaudien els hòmens. Perquè el cognom Dinesen és el de son pare Wilhelm, un terratinent prototípic de la noblesa rural, però que abans de casar-se en 1881 havia gaudit d’uns quants exotismes com combatre en la guerra franco-prussiana o viure com a caçador en els territoris indis de l’estat nord-americà de Wisconsin, i de qui la jove Dinesen, a més del cognom, rebria la passió per l’aventura i l’interés i fascinació per la naturalesa. Aquell matrimoni de 1881 l’uniria a la futura mare de Karen/Isak, Ingeborg Westenholz, de parcial ascendència britànica i primogènita de qui acabaria sent ministre danés d’Hisenda i de qui la futura escriptora heretaria –de la mare, no del ministre– una educació exquisida, l’estima per l’idioma anglés i una determinació que li havia de permetre superar les adversitats que estaven per vindre, i que, a pesar de l’entorn privilegiat on va nàixer, en serien unes quantes.
Potser la primera arribaria amb la mort de son pare, psíquicament devastat per la sífilis que patia i penjat per pròpia mà en l’habitació d’una pensió de Copenhague, quan Karen Dinesen tenia només 10 anys. Eixe tancament abrupte de la infància poc després donaria pas a una adolescència on va manifestar un interés per la pintura que la portaria a matricular-se en l’Acadèmia d’Art de la capital danesa. Però la temptativa durà poc. Ben prompte l’escriptura de contes es revelaria com la verdadera vocació de la jove Karen, i així va poder vore publicat en una revista literària el primer d’ells, Els eremites, en 1907 i amb el pseudònim –una constant vital, un crit per l’alteritat– d’Osceola. Però ni eixe conte ni un parell més que també publicaria van obtindre cap repercussió, decepció que li faria abandonar provisionalment l’escriptura.
En qualsevol cas, per aquells moments ja estava més pendent (perdudament enamorada en realitat) del baró Hans Blixen, cosí segon seu que va ignorar-la olímpicament, i a qui, resignada, la Dinesen va dedicar el seu més intens menyspreu en forma d’un llarg passeig per França i Itàlia. Poc després, i en una sort d’estrany masoquisme rememoratiu, es va casar sense rastre d’amor amb el germà bessó de Hans, Bror Blixen, amb qui posaria rumb a les plantacions de café que este darrer posseïa en les terres altes de Kenya, a l’Àfrica. Un viatge i una estada que s’allargaria durant prop de dos dècades (entre 1914 i 1931, concretament), i que seria determinant en la vida de Karen.
Contagiada també de la sífilis per un marit a qui no volia, i amb l’afectació psicològica i física que va provocar-li la malaltia i que arrossegaria sempre (per no parlar del record reactivat del traumàtic final del pare), la parella viurà dins d’una infelicitat constant i unes desavinences permanents fins a la seua separació, produïda en 1921, set anys després d’esposar-se. La fascinació que des del primer moment va provocar la terra africana en Karen Blixen li farà, en lloc de tornar a Dinamarca com hauria resultat normal segons les convencions de l’època, romandre i assumir a soles la gerència de la plantació, intentant fer rendible un negoci que des de l’inici havia sigut més que deficitari.
A partir d’eixe moment es desplegarà davant d'ella la plenitud completa, els anys més plàcids i feliços de la seua vida, als quals contribuí en bona part l’aristòcrata, pilot i caçador anglés Denys Finch-Hatton, amb qui mantindrà una relació apassionada però d’independència mútua, de respecte pels espais de cadascú (particularment els de Hatton, que entre organitzacions de safaris i viatges constants deixava córrer la seua sexualitat polivalent), i que conclouran tràgicament amb la mort d’este darrer en 1931, en estavellar-se l’avioneta en la qual viatjava pel territori africà.
Tot eixe temps i eixe món, tot l’amor i la fascinació per aquells espais (i l’ombra delicada de Hatton) estan presents en Out of Africa , probablement un dels llibres més bells que mai s’han escrit, amerat de la millor nostàlgia, mescla de memòria i de contes orals, de descripció d’un espai fabulós i de relats de viatge, però també de l’amor boig que li donà i li llevà tot a Karen Blixen/Isak Dinesen. Un llibre estrany, inclassificable, escrit a contracorrent de les modes literàries (un tret que compartix tota l’obra de Dinesen), però tocat per la gràcia que distingix els grans autors. Out of Africa tindria, durant les dècades posteriors, un èxit de progressió constant tant a Europa com als Estats Units, i permetria valorar la seua producció anterior i posterior, que tan desapercebuda havia passat. Entre ells, principalment Seven Gothic Tales (1934), una mostra excelsa del talent narratiu en l’art del conte que posseïa Isak Dinesen.
En Ehrengard tenim una mostra excel·lent de la seua enorme capacitat literària. Publicat pòstumament en 1962, potser siga el millor i el més redó dels seus contes, un d’eixos artefactes narratius de precisió mil·limètrica, de tècnica tan depurada com perfectament compatible amb una oralitat d’una eficàcia escandalosa. En esta història es complix fil per randa aquella màxima de la mateixa autora que atorga al relat la capacitat de poder ser contat sense minva de la qualitat que porta enfeltrida.
Concebut en tres moviments, Ehrengard (Viena Edicions, 2021) és una història de famílies reials, de deshonors i redempcions, de seductors i seduïts, on les argúcies de l’autora per a mantindre i fer créixer l’interés del lector resulten senzillament magistrals, així com la permanència dels universals que planteja. I és un text que no permet el seu abandonament, d’addicció estranya i antiga, com si Isak Dinesen haguera activat els ressorts adequats de les grans històries, la fórmula màgica i magistral que provoca l’atenció, davant d’un llibre o al voltant d’una foguera i d’algú que conta, i que transmet un missatge que volem seguir per mitjà del més vell codi.
Els últims anys de la vida de Karen Blixen contemplaran amb la mateixa intensitat l’augment del seu prestigi com a escriptora i el deteriorament de la seua salut, derivat del llegat verinós que li havia deixat el marit. Tot i això, ella no deixarà de fer vida social i literària, com quan en 1959, als seus 73 anys, va ser convidada als Estats Units per a donar una sèrie de xarrades, i va sentir l’alé i l’admiració de tòtems de la cultura nord-americana com E. E. Cummings, Truman Capote o John Steinbeck, encara que el principal desig de la Dinesen era conéixer a Marilyn Monroe, cosa que va ocórrer en una reunió propiciada per Arthur Miller (llavors marit de la Monroe) en la casa de l’escriptora Carson McCullers, devota admiradora de la danesa. Segons diuen, Karen i Marilyn acabaren ballant damunt de la taula de marbre de l’amfitriona, completament felices, sense sospitar ni remotament que romandrien eternament agermanades en morir les dos en l’estiu de 1962, tres anys després d’aquell ball.
En qualsevol cas, és prou probable que en Rungstedlund, la fabulosa casa de la seua infància danesa a Copehnague on acabaria els seus dies, Karen Blixen/Isak Dinesen, una de les grans escriptores del segle XX, més que aquella dansa recordara la terra africana que tant enyorava, i eixe tossal on havien soterrat a Denys Finch-Hatton, el seu gran i únic amor, eixe espai tan singular on, segons li contava des d’allà un bon amic, ja retornada ella a Dinamarca, sempre acudien a l’alba i al crepuscle una parella de lleons, com guardians o memoriosos recordatoris de qui reposava en eixa tomba.
divendres, 7 de febrer del 2025
pròleg
JAVIER MARÍASPròleg a: Isak Dinesen. Ehrengard. Pròleg i traducció de Javier Marías. Redonda, 2001.
«Ehrengard», publicado póstumamente en 1962, el año de la muerte de su autora, es el último cuento de envergadura que Isak Dinesen llegó a completar y uno de los más extensos de cuantos escribió a lo largo de su vida. Podría casi considerarse una novela corta si no fuera porque difícilmente toleraría este texto la sola mención del género híbrido, no digamos su inclusión —ni siquiera nominal— en él. Pues no hay en «Ehrengard» ningún elemento que no responda de manera rigurosa y aun exclusiva al carácter propio de los cuentos. De los cuentos contados, transmitidos, orales, susceptibles de repetición, de hecho necesitados de repetición, como bien saben los mejores y más entendidos oyentes de cuentos, los insomnes y los niños. La propia baronesa Blixen veía clara la diferencia: «Uno puede CONTAR «Alí Babá y los cuarenta ladrones», pero no podría CONTAR Anna Karenina».
Isak Dinesen, o Karen Blixen, o incluso Pierre Andrézel (su segundo pseudónimo), no se engañó nunca respecto al lugar que ocupaba en la literatura de su tiempo, si es que creyó ocupar alguno. Nacida en 1885, era diez años menor que Mann, cinco menor que Musil, tres menor que Joyce, dos menor que Kafka, uno menor que Broch, tan sólo doce mayor que Faulkner. Es decir, era una estricta escritora contemporánea. Sin embargo, poco o nada tuvo que ver con ellos ni con las innovaciones narrativas que tales nombres introdujeron (en todo caso ellos tuvieron que ver ocasionalmente con ella en la medida en que cualquier cuento que pueda contarse —como «Mayday» de Faulkner, como «Der Erwählte» de Thomas Mann, como numerosos episodios de Kafka— tendría que ver con Dinesen tanto como con Las mil y una noches), quizá entre otras razones, porque resultó escritora casi sin proponérselo. Tardía como otro insigne tránsfuga al inglés, Joseph Conrad, a diferencia de éste, que tomó la meditada decisión de abandonar una vida de acción para relatar y dejar constancia de lo que había visto y sentido en ella, la baronesa Blixen empezó a publicar, casi a los cincuenta años (si olvidamos sus escasas incursiones juveniles), como mal menor, como medio de ganarse la vida tras la ruina en que la sumió el fracaso de su gran aventura, la plantación de café que poseyó e intentó sacar adelante en África Oriental a lo largo de diecisiete años, también como consuelo tras la muerte de su gran pasión, el aristocrático e inadaptado Denys Finch-Hatton.
En África había comenzado a escribir —pero sobre todo a contar— para deleitar a aquel amante anticuado e inquieto, a sus pocos amigos europeos, a los indígenas con quienes convivía. Con estos últimos, oyentes tan espléndidos como los niños, formó su estilo, o, como ella prefería decir, «la línea del cuento», su façon de raconter. Tal vez sea este entorno primitivo de su aprendizaje lo que le permitió ser enormemente atrevida en un siglo en el que toda actividad literaria seria se ha visto sujeta —a veces agarrotada —a un exceso de interpretación, de teorización, de conciencia, en el que el arte narrativo ya no es nunca inocente. Los cuentos de Isak Dinesen poseen la magia, la eficacia y la impunidad que a menudo acompañan a lo arbitrario, a lo ignorante, a lo irresponsable. Sólo son leales para consigo mismos. Isak Dinesen escribe como si no hubiera habido evolución en la historia de la literatura, como si no hubiera habido corrientes, ni escuelas, ni movimientos, ni progresos, ni cambios (y de hecho, si no hubiera existido la crítica para señalarlos ¿los habría habido?). Escribe como habría que escribir para los miembros de las tribus somalí y masai que le pedían de vez en cuando que «hablara como la lluvia», es decir, haciendo rimas, que ellos desconocían: «Pero antes —de redactar los dos primeros de sus famosos Seven Gothic Tales— aprendí a contar cuentos... tenía el auditorio perfecto. Los blancos ya no son capaces de escuchar un cuento recitado. Se remueven o se adormecen. Pero los nativos todavía tienen oído. Yo les contaba cuentos continuamente, de todo tipo. Y todo tipo de disparates. Yo decía: «Había una vez un hombre que tenía un elefante con dos cabezas»... y al instante estaban deseosos de saber más. ¿Oh? Sí, pero, Mem-Sahib, ¿cómo lo encontró? ¿Y como se las arreglaba para darle de comer?, o lo que fuese. Les encantaba semejante invención».
Pero al mismo tiempo —aparte de que quizá los «blancos» no seamos en el fondo tan distintos de los «nativos»—, junto a este desparpajo para ser a veces incongruente en sus historias, o para traer por los pelos lo que le haga falta o para echar mano en un momento dado de personajes que sólo pueden calificarse de intrusos, o para manejar situaciones y coincidencias de todo punto inverosímiles, Isak Dinesen tenía una extraordinaria capacidad de perversión que hace sus cuentos completamente modernos (o por lo menos dieciochescos) y los dota de una artificialidad deliberada —toda perversión encierra artificialidad— que permite que el lector «blanco» del siglo XX, con toda su conciencia, con todas sus vueltas, con todo su resabio, quede tan fascinado como los nativos y sea capaz de aceptar de buen grado esas arbitrariedades a las que se les somete sin disimulo. Nunca se me ocurriría decir que los cuentos de Isak Dinesen son para niños en el sentido despectivo en que habitualmente se utiliza esta expresión; antes al contrario, una de sus mayores virtudes fue la de lograr una fórmula —o más bien seguir una tradición casi olvidada— que podría definirse como de «cuentos maliciosos» —o quizá «cuentos impunes»— en contraposición tanto con los cuentos ingenuos como con los cuentos crueles. Los niños son con frecuencia estas dos últimas cosas, rara vez, en cambio, son maliciosos o quedan impunes.
La baronesa Blixen no tuvo nada de ingenua, ni en su vida ni en su obra. Hablaba como la lluvia, contaba como Sherezade, pero no era un don recibido, sino el resultado de un proceso de aprendizaje y perfeccionamiento tan refinado y cabal que le permitió empezar a ofrecer sus creaciones al exigente público blanco cuando ya había coronado el último peldaño, cuando había alcanzado la impecabilidad sin necesidad de mostrar las etapas intermedias del oficio, sin dejar que se transparentaran los ardides ni la elaboración. A la pregunta de si rescribía muchas veces sus cuentos, contestó: «Oh, sí, lo hago, lo hago. Es infernal. Una y otra vez». Y aún lo dejó más claro: «Pues sólo si uno es capaz de imaginar lo que ha ocurrido..., de repetirlo en la imaginación, verá las historias, y sólo si tiene la paciencia de contárselas y volvérselas a contar (Je me les raconte et reraconte), será capaz de contarlas bien».
Quizá «Ehrengard», la culminación cronológica de toda su obra, sea por ello su cuento más acabado y también el más descarado, el más desconcertante, el más engañoso en cierto sentido. Cuando lo escribió es obvio que Isak Dinesen había llegado al último arabesco, al postrer estadio de la escritura de cuentos: aquel en el que resulta imperceptible la frontera entre la literalidad y la ironía, aquel en que lo dicho puede entenderse tanto al pie de la letra cuanto sólo entre líneas. Podría decirse que, por un camino muy distinto, casi opuesto, alcanzó tanta ambigüedad en su prosa como el polaco antes mencionado con el que compartió la lengua literaria consiguió en la suya.
Hannah Arendt, en un breve ensayo sobre Isak Dinesen, ha afirmado que lo que ésta hizo es único y no tiene igual en el siglo XX, teniéndolo en todo caso en el XIX, y señala las anécdotas de Kleist y algunos relatos de Hebel. Esto es cierto en gran medida, sin que en el caso de Dinesen ello signifique un paso atrás, o una desviación aberrante del tipo de la que llevaron a cabo, por ejemplo, los prerrafaelistas. (Sí podría haber tal cosa, curiosamente, en ese monumento a la ironía, ya citado, que es «Der Erwählte» o «El elegido», de Thomas Mann, tan emparentado con los cuentos dinesenianos, pero prácticamente aislado, en cambio, dentro de la tan consciente como concienzuda obra de su autor.) En ella no había posibilidad de marcha atrás ni adelante: se limitó a instalarse, a recorrer un terreno que casi había dejado de ser hollado, pero que siempre había sido el mismo, desde Las mil y una noches y desde mucho antes hasta su compatriota Andersen o Edgar Allan Poe. El reino del cuento —a pesar de los esfuerzos de numerosos escritores contemporáneos por contaminarlo con modos, con gestos, con ademanes propios de esa bastarda sin hogar que es la novela— no pertenece a la historia ni está sometido a sus cambios, como tampoco lo está el del mito. Pocos autores se han atrevido en este siglo a asumir esta idea y a ponerla en práctica, pocos han sido lo bastante osados para hacer caso omiso del espíritu de la época. Dinesen sí lo hizo, y sin duda aquel mediocre novelista y estimable cuentista que fue Hemingway tuvo un momento de lucidez al respecto cuando manifestó que el premio Nobel que se le entregaba debería haber ido a parar a manos de Isak Dinesen.
«Ehrengard» es, en algunos aspectos, un epítome de toda su obra. En esta pastoral concebida a la sombra del Diario de un seductor de su otro compatriota ilustre, Kierkegaard, a la de Goethe, a la del Shakespeare de The Tempest, está el artificio llevado hasta su último extremo, está la estructura —tan querida por la baronesa— de cajas chinas y de relato epistolar, está la desfachatez del cuentista que sacrifica cualquier regla si le es preciso para la eficacia de la historia, está bien presente, incluso explícito, el lema que Isak Dinesen adoptó durante la última etapa de su vida, «A Dios le gustan las bromas». Y está uno de sus temas preferidos, la relación y el entretejimiento de vida y arte. Hannah Arendt ha señalado que sobre todo en tres de sus cuentos aparece con singular fuerza este motivo, exactamente el del «pecado» de hacer que una historia se vuelva realidad, de intervenir en la vida de acuerdo con un modelo preconcebido, en vez de esperar pacientemente a que la historia emerja, en vez de repetir en la imaginación, cosa distinta de crear una ficción y tratar entonces de vivir según ella». Esos cuentos son «The poet» (de Seven Gothic Tales), «The Inmortal Story» (de Anecdotes of Destiny) y «Echoes» (de Last Tales). Según la propia Isak Dinesen, «todas las penas pueden soportarse si se meten en una historia o se cuenta una historia acerca de ellas», pero lo que no parece resultar factible es que acabe felizmente la tentación que sienten y a la que ceden los personajes de dichos relatos de manipular la vida para convertirla en obra de arte, de hacer que la existencia se amolde a los designios del artista, del Creador, de un Dios que no tolerara bromas. La relación se descubre a la postre como posible en una sola dirección: se puede —se debe— convertir la vida en arte a posteriori, pero difícilmente la idea artística en vida. «Ehrengard» también participa de este tema en buena medida, pero así como esos cuentos acaban en tragedia o en frustración, éste —una pastoral, y como tal más amable, más ligero— encierra una última pirueta, y si bien el intento del arte tampoco triunfa, al menos no perece enteramente ni lleva a la destrucción. Como corresponde al lema de la autora, el intento se limita a disolverse en una broma de los dioses. Parece como si aquí el arte hubiera cumplido una promesa de la propia Isak Dinesen: «Vida mía, no te dejaré marchar a menos que me bendigas, pero entonces te dejaré ir».
Lo más asombroso tanto de «Ehrengard» como de la mayoría de las obras de Isak Dinesen es, sin embargo, el perfecto cumplimiento de lo que ella misma enunció en su cuento «The Blank Page» (perteneciente a Last Tales), probablemente la reflexión más inteligente, más clarividente, que jamás se haya escrito acerca del arte de contar cuentos y que muestra hasta qué punto aquella anciana baronesa consumida por la sífilis y de rostro cadavérico en sus últimos años sabía lo que a lo largo de su artística vida se había traído entre manos:
«Donde el cuentista es leal, eterna e inquebrantablemente leal a la historia, allí, al final, hablará el silencio. Donde la historia ha sido traicionada, el silencio es tan sólo vacío. Pero nosotros, los fieles, cuando hayamos dicho nuestra última palabra, oiremos la voz del silencio... ¿Quién, entonces, cuenta mejores cuentos que cualquiera de nosotros? El silencio. ¿Y dónde lee uno cuentos más profundos que en la página más perfectamente impresa del más precioso libro? En la página en blanco. Cuando una regia y valerosa pluma, en su momento de mayor inspiración, haya puesto por escrito su cuento con la tinta más rara de todas, ¿dónde, entonces, puede uno leer un cuento aún más profundo, más dulce, más alegre y más cruel que ése? En la página en blanco.»
Sin salirse de ese mismo cuento, «The Blank Page», Isak Dinesen demostró que sabía dejar páginas en blanco. También en la página en blanco de «Ehrengard» se oye hablar al silencio. Sólo al final, al terminar la historia, y antes del epílogo. Y se lo oye tan nítidamente que parece imposible que ese silencio antiguo lo provocara alguien de nuestro tiempo. Quizá Isak Dinesen no bromeara cuando una vez dijo: «En realidad, tengo tres mil años y he cenado con Sócrates». Eso lo explicaría.
dimarts, 4 de febrer del 2025
l'artista i la verge
ALLAU
L'artista i la verge
Al blog: The Daily Avalanche
11|11|2022
Quan no parlava de la seva granja a l’Àfrica, Karen Blixen excel·lia en l’escriptura de contes que publicava sota el nom d’Isak Dinesen. Encara que els seus relats adoptaven la forma de les rondalles tradicionals, sovint contenien un rerefons ben adult, com es pot comprovar a les cèlebres El festí de Babette o Una història immortal. O a Ehrengard, la seva nouvelle pòstuma que podem trobar a la col·lecció Petits Plaers de Viena en traducció de Maria Rossich.
En efecte, l’acció d’Ehrengard té lloc en un petit principat de l’antiga Alemanya, perdut en el temps, amb el seu sobirà, el seu castell i el jove príncep en edat de casar-se, igual com a tots els contes clàssics de fades. Quan la princesa consort quedi embarassada, es retirarà a un palau amagat amb una petita cort de companyia. Entre ells hi ha la jove Ehrengard, una guerrera pura i intrèpida com una Valquíria. El pintor Cazotte s’obsessionarà amb ella fins el punt de voler-la seduir, però no de la forma tradicional, sinó d’una altra molt més exquisida.
«Però sí, en fi, la veritat és que els déus són uns companys de joc perillosos, i hauria de procedir amb cautela i cura màximes. S’hauria de mantenir en espera, immòbil com un mort, com el lleó que espera l’antilop al costat d’una bassa. Fins el més lleu moviment podria fer-lo fracassar irremeiablement. Perquè al capdavall ell mateix, artista i àrbitre, amant i servent d’aquesta jove feminitat, havia decretat des del principi que la donzella no havia d’enrojolar-se d’indignació davant d’un assalt, sinó d’èxtasi a la vista d’una revelació: no per protesta ni en defensa pròpia, sinó amb consentiment i rendició!»
Estructurada en tres parts de tons i ritmes molt diferents, com si es tractés d’una peça simfònica, Ehrengard ens condueix amb deliciosa prosa per inesperades peripècies que fugen del camí fressat. Aquí galant, després pastoral, més tard dramàtica, aquesta és una novel·leta màgica que ens obre inusitades perspectives sobre l’amor, l’art i l’honor. Pura delicatessen.