divendres, 23 de juliol de 2021

El descans de la guerrera

 


dijous, 22 de juliol de 2021

el talent

3 de junio de 2012

Inka Parei
LA LUCHADORA DE SOMBRAS
«En aquel entonces compraba casi todos los libros que publicaba Instar. Luego me he perdido un poco»

No recuerdo con exactitud cuándo lo leí —hace años—, pero sí recuerdo bien la sensación de un absoluto y feliz descubrimiento: esta escribe como Dios, pensé. La solapa del libro decía que había nacido en 1967 en Frankfurt, y finalizaba con una frase que no podía pasar por alto: «Con las primeras veinte páginas de su próximo libro, todavía inacabado, ha ganado ya el prestigioso Premio Ingeborg Bachmann.» ¡Bum! Muy a menudo, detrás de frases de este tipo se esconde alguien del departamento de marketing que ese día se levantó con ganas de exagerar un poco. En ese caso, sin embargo, había que admitir que uno abría el libro y lo que allí encontraba era original, potente y, de un modo muy personal, muy bueno.
[...] Así que al final uno termina pensando que vaya talentazo. Se podía haber jurado que a esa de ahí la habríamos tenido durante años brillando en el panorama un tanto anémico de la literatura europea. Y mientras escribo estas líneas, en cambio, debo señalar el hecho de que en realidad ha desaparecido en la nada. No lo digo con satisfacción, lo digo con pesadumbre. Al menos en italiano, nunca más se ha vuelto a ver nada suyo. He descubierto que como mínimo ha escrito otro libro, pero evidentemente nadie en Italia pensó que merecía la pena. Me he obstinado y he ido a buscarla en internet. La he encontrado, aparentemente feliz, recorriendo Nueva Zelanda en furgoneta y escribiendo sus notas de viaje en un blog. Me parece muy bien, cómo no, aunque un poco es como si dentro de unos años me encontrara a Federica Pellegrini haciendo de animadora en un parque acuático.
A lo mejor después, dentro de unos años, Inka Parei reaparece con una obra maestra, quién sabe. Pero mientras tanto aprovecho para soltaros algo a lo que antes o después volveré. Podré equivocarme, pero hoy quien tiene talento para escribir un libro lo tiene también para entender que no vale tanto la pena hacerlo. Quiero decir, lo puedes hacer, pero pocos son los que se dan cuenta, a nadie le apetece hablar de ello, el talento es considerado una falta de elegancia, las novelas un género periférico. La corriente del río arrastra más allá, y son muchos los que tranquilamente deducen que es mejor estar vivo que ser bueno en algo. Después de todo, si es verdad que uno tiene un talento descomunal para escribir, lo tendrá también para hacer bien otras muchas cosas. Con muchas de ellas resulta más fácil tener la sensación de existir realmente, de estar oficialmente vivo. Sé que dicho así suena más bien antipático; sin embargo, es un asunto muy interesante que nada tiene que ver con la melancolía. Volveremos a hablar de ello, lo prometo (y hacedme el gran favor de no malgastar vuestro tiempo pensando que estoy hablando de mí. Gracias).

Alessandro Baricco. Una cierta idea de mundo. Traducció de Carmen García-Beamud. Anagrama, 2020. 

 

dimecres, 21 de juliol de 2021

ni llegir ni dormir


Como iba a tener un hijo, me llevé los estantes con libros para el living. Necesitaba despejar una pieza, que sería la suya, y armar ahí un mudador, instalar una cuna, ese tipo de cosas que eran inevitables y que demoré cuanto pude porque me daba una lata tremenda armar y desarmar muebles. Llegado el momento de la inminencia, hice el cambio. Como muchas otras cosas, me pilló por sorpresa. Fue más fácil de lo que pensaba y sin querer descubrí que los libros siempre debieron estar en ese lugar que los corredores de propiedades, con su jerga tan rara, llaman living-comedor. Ahora que soy un padre primerizo y somnoliento paso las noches ahí, en un sillón verde, mirando libros. A veces no saco ninguno, a veces leo un par de líneas y tomo otro, y espero a que sea tarde y desaparezca el ruido de los autos.

Los libros consiguieron cierta vida ahí, teóricamente a vista y paciencia de quien entre, pero la realidad es caprichosa y después de meses encerrado soy casi el único que los mira. El asunto es que en la otra pieza estaban atorados, escondidos, subvalorados. Reducidos a lo que podría llamar una oficina. O un escritorio. Y esos lugares están muy bien, pero son parcelas, provincias. Ahora que los libros son el centro de la casa, leo más y soy más feliz. Tal vez tenga que ver con que me basta mover el cuello para dar con los diarios de Alan Bennett, que siempre me ponen muy contento, o con los libritos de Levé, que me ponen muy triste. O tal vez porque de noche, cuando todos duermen, leo versos sueltos de Hernández o de Pavón o de Hall o de Abalo. Esos libros delgados —los de poesía, digamos— son los que están más cerca del asiento y permiten leer sin levantarse. Son ideales para hojear a esas horas porque levantarse significa, por sobre cualquier cosa, meter ruido y despertar a la guagua, y si hay algo que cuido con el celo de Gary Medel es el silencio. No quiero meter ruido. Ni que nadie lo meta.

Hay gente que dice que con los hijos se lee menos, que se pierde la concentración, que se sube de peso. Yo engordé y perdí la concentración hace tiempo. Doce años, por tirar un número al tuntún, así que ahora todo va un poco mejor. O no empeora. Por lo general, cuando está oscuro me quedo mirando los lomos y no me animo a sacar ninguno, sedado por la tranquilidad de verlos ahí, quietos y desordenados. Creo que sin querer me convertí en un benjamineano radical, que ni siquiera se dedica a los fragmentos o a los párrafos sueltos, sino a los lomos. A mirarlos con los ojos cansados, a atravesarlos telepáticamente, a contentarse con la pura materialidad del libro, a recordar versos que ya no podré confirmar si estoy inventando y, sobre todo, a cruzar los dedos para que nadie meta ruido.


Gonzalo Maier. «Ni leer ni dormir». A: Leer y dormir. Minúscula, 2021. P. 43-45.


dimarts, 20 de juliol de 2021

de què parlo quan parlo d'escriure


«Això no passa de ser la meva opinió personal, però crec que la tasca d'escriure novel·les és ben ximple. Gairebé no hi ha res que s'hi pugui considerar una mostra d'intel·ligència. Et tanques sol en una habitació i et dediques a potinejar un text amb tota la serietat del món dient-te: «Així no, així tampoc». Et passes el dia esforçant-te al màxim, acotat sobre la taula, i, quan per fi aconsegueixes fer una miqueta més precisa una línia del teu text, no és pas que vingui ningú a aplaudir-te, ni a donar-te copets a l'espatlla i dir-te que ho has fet molt bé. Només quedes convençut tu mateix i fas que sí amb el cap sense dir res. I quan surti el llibre, potser no hi haurà ni una sola persona a tot el món que es fixi en la precisió d'aquella línia. Aquesta és justament la tasca d'escriure una novel·la. És una feina enormement feixuga, que pot arribar a ser molt depriment.»

 

Haruki Murakami. De què parlo quan parlo d'escriure. Traducció de Jordi Mas. Empúries, 2017. P. 25.


dilluns, 19 de juliol de 2021

refomentar la lectura


QUIM MONZÓ
Refomentar la lectura
La Vanguardia
17|7|2021

A l’Ajuntament de Gijón, el grup municipal del PP ha demanat a l’equip de govern que instal·li, als carrers i les places de la ciutat, bancs amb forma de llibres oberts. No s’instal·larien a qualsevol lloc sinó en punts especialment triats: els més significatius de la ciutat.
L’objectiu d’aquesta simpàtica iniciativa és fomentar la lectura entre la ciutadania, que últimament no llegeix gaire, no sols a Gijón sinó arreu del planeta. I no sols això –fomentar la lectura– sinó, segons explica La Voz de Asturias, “contribuir a la difusió i coneixement de la figura i l’obra dels grans noms asturians de la novel·la, l’assaig, la narrativa curta, el teatre i la poesia”. Abans que els acusin d’apropiar-se d’idees alienes, el PP aclareix que s’han inspirat en la iniciativa londinenca Books about Town, que fa uns anys va impulsar la col·locació d’una cinquantena de bancs amb forma de llibres.
També hi ha bancs d’aquests a Istanbul i a Sofia. A mig món està de moda ara instal·lar bancs amb forma de llibres, uns bancs, per cert, on no t’hi pots asseure còmodament perquè contravenen la norma bàsica que va explicitar Bruno Munari: tot objecte ha de tenir un disseny que n’afavoreixi l’ús, sense filigranes suposadament enrotllades que el compliquin.
Al llarg de la meva ja dilatada vida he vist dotzenes d’idees destinades a promocionar la lectura, però cap de tan idiota com aquesta. ¿Algú es pensa que, per molt que els ciutadans sense interès per la lectura s’asseguin en bancs amb forma de llibre, correran immediatament cap a una llibreria o una biblioteca? No ha funcionat a Londres, ni a Istanbul ni a Sofia. No atabaleu ara, a més, els habitants de Gijón, que prou pena tenen de comprovar cada matí que, a la ciutat on va néixer, Natalia Estrada encara no té l’estàtua que es mereix. Arturo Fernández sí que en té, però a Oviedo, per a més inri.

 

Llegiu també  ----> Bancs (de paners).


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P.S.: La millor campanya de foment de la lectura que jo hagi vist mai. I resulta que també és asturiana. És (era, que la foto ja té uns quants dies) una parada del mercat d'El Fontán, a Oviedo, també. La foto és de Begoña Abad

 



diumenge, 18 de juliol de 2021

llegir és inventar

El lector fa la cosa.

«També m'agradaria saber entendre què hi ha rere algunes paraules. Poder entendre no allò que llegim ni el que hi ha escrit, sinó allò que diuen. És en moments com ara quan t'adones que llegir és inventar, quan et trobes davant del paper, de la pantalla, i aquelles poques lletres diuen un desert on es pot plantar la casa que es vulgui. I què pots respondre? Tu ets d'aquells a qui agrada plantar torres de cristall fi sota la sorra, o castells de negra llum invisible.»

Víctor Sunyol. Amb Nausica. Labreu, 2019. P. 139.

dissabte, 17 de juliol de 2021

divendres, 16 de juliol de 2021

relectures

 29 de abril de 2012

Giuseppe Tomasi di Lampedusa
EL GATOPARDO

«Cuando los lees más de una vez, son clásicos. Cuando te los vuelves a comprar, es ya una enfermedad»


Entre las moderadas satisfacciones que uno tiene al llegar a cierta edad está el privilegio de volverse a leer un libro después de haber tenido tiempo de olvidarse de él, en la justa cantidad para no sentirse idiota. Yo, por ejemplo, voy por la tercera vez con El Gatopardo, y francamente, la segunda no me acordaba ni de cómo terminaba (aquí también es posible que tenga que ver la edad, pero de otro modo). [...] Comprado y devorado en dos días. El autor, en cambio, se dice que lo escribió en un par de años, cuando tenía casi sesenta, sin que nunca antes hubiera ejercido la profesión de escritor. Cuando el libro salió, en 1958, él ya no estaba allí para disfrutar del espectáculo, porque una muerte prematura y rapidísima se lo impidió.

[...] Han pasado muchos años desde entonces, pero la clara prueba de que es un libro tocado por la gracia no ha abandonado nunca a El Gatopardo. Es difícil que, de una sola vez, se pueda escribir magníficamente una historia maravillosa con la que explicar a la perfección un trozo de la historia de tu país. Conseguir dos de las tres cosas ya sería una proeza...


Alessandro Baricco. Una cierta idea de mundo. Traducció de Carmen García-Beamud. Anagrama, 2020. 


dijous, 15 de juliol de 2021

la meva soferta biblioteca


EDUARDO MENDOZA
Mi sufrida biblioteca
El País
13|5|2016

 

Tengo la costumbre de deshacerme de los libros que he leído. Y también de los que todavía no he leído, si veo que tienen mal pronóstico. El origen de esta costumbre, que muchas personas encuentran bárbara y desalmada, no es intelectual. Durante una larga etapa de mi vida combiné la movilidad con una relativa escasez de medios, con lo que me vi forzado a ir dejando atrás objetos estimados pero no de primera necesidad. Las primeras víctimas de esta emergencia siempre fueron la vajilla y los libros; la vajilla, por su fragilidad; los libros, por su volumen; en ambos casos, por la pesadez de embalar y meter en cajas cosas de tamaños y formas difíciles de acoplar. Total, que acababa tirando platos, vasos y tazas de muy escaso valor, y pilas de libros de un valor material aún más escaso, aunque quizá de mayor valor sentimental. Pero lo bueno de los apuros es que el sentimentalismo desaparece cuando la necesidad aprieta. Fuera libros.

A la tercera o cuarta masacre me di cuenta de que rara vez necesitaba los libros que había tirado y de que, si los necesitaba, los podía volver a comprar. Aparentemente, un gasto doble. En realidad, un considerable ahorro si entra en el cálculo el coste del espacio y el mobiliario. Si el libro que quería recuperar estaba descatalogado, lo encontraba online, en librerías de segunda mano o, a las malas, en alguna biblioteca pública. Y si todo esto fallaba, siempre me quedaba la solución de encogerme de hombros y pasar a otra cosa. La vida está llena de frustraciones y renuncias y no poder releer un libro, habiendo tantos, no es gran tormento.

La práctica me enseñó que los sentimientos, como al parecer ocurre con otras prolongaciones del cuerpo humano, se recomponen. En mis sucesivas viviendas no había libros, pero procuraba que no faltaran las flores, otro artículo entrañable que, a diferencia de los libros, lleva incorporada la fugacidad. Más tarde, cuando alcancé cierto grado de estabilidad, acumulé algunos libros, pero no perdí la higiénica costumbre de desprenderme de la mayoría. Una pared limpia no me parece menos acogedora que una pared cubierta de estanterías. Y por lo que se refiere a la utilidad de una biblioteca personal, lo considero nulo o poco menos. He visto bibliotecas personales especializadas, arduamente construidas a lo largo de toda una vida, que luego alguna institución pública se aviene a heredar de mala gana. Salvo estos casos contados, una biblioteca personal es un mapa confuso del peregrinaje intelectual de su dueño: cambios bruscos de gustos o intereses, propósitos abandonados, palos de ciego y una buena dosis de azar. A lo sumo, testimonio de una cierta solidez de criterio, de amplitud de miras, de cultura general. Antiguamente, el que nacía en una casa provista de una biblioteca, tenía a su alcance un territorio por explorar.

La biografía de algunas personas de mérito incluye el episodio de descubrimientos venturosos. Pero como pasa también en otros aspectos del desarrollo juvenil, lo que uno tiene en casa suscita menos interés que lo que hay en la casa del vecino. En mi caso, recuerdo haber sentido curiosidad por libros que veía en bibliotecas ajenas, pero no en la que habían hecho mis padres. Quizás sí que soy un desalmado. La gente normal siente apego por sus libros, como por sus amigos. Yo también, pero a mi modo. Por más afecto que les tenga, no me gustaría convivir con ellos. Prefiero perderlos de vista, reencontrarlos, comparar lo que el paso del tiempo ha cambiado en cada uno. Hay algo morboso en releer un libro que lleva años envejeciendo ante mis ojos. Prefiero volver a comprarlo, nuevo, con el papel blanco, bien encuadernado, sin una mota de polvo, como la primera vez que lo leí. Hasta entonces, todos los libros que he leído, siguen en mi memoria. La inmensa mayoría, aparentemente olvidados. No importa. Soy lo que ellos me aportaron en su momento. Y también pueden reaparecer de repente, con una claridad deslumbrante, como si los acabara de leer.


dimecres, 14 de juliol de 2021

el que déu ha unit, que no ho separi gutenberg


«Fa uns mesos el meu home i jo vam decidir ajuntar els nostres llibres. Ens coneixem des de fa deu anys, n'hem viscut sis de junts, i cinc de casats. Les nostres tasses desaparellades han conviscut amigablement; ens hem posat les samarretes indistintament, i quan ha convingut, els mitjons; i les nostres col·leccions de discos ja fa molt de temps que es van barrejar sense incidents; els meus motets de Josquin Desprez conviuen amb Worst of Jefferson Airplane d'en George. Vam creure que per a l'enriquiment de tots dos. Però les nostres biblioteques s'han mantigut separades, la meva majoritàriament a l'extrem nord de l'àtic, la seva al sud.

Vam arribar a la conclusió que no tenia cap mena de sentit que el meu Billy Budd s'esllanguís dotze metres enllà del seu Moby Dick, però cap dels dos no va moure ni un sol dit per ajuntar-los.

Ens vam casar casar en aquest àtic contemplats pels Melvilles de cadascú, col·locats en quarantena. La promesa de l'amor en la riquesa i en la pobresa, en la malaltia i la salut -i fins renunciant a tota la resta- no va ser cap problema, però fou un gran què, que El llibre d'oracions no digués res sobre casar biblioteques i llençar-ne els duplicats. Això hauria estat una promesa molt més solemne, i, probablement, hauria estat la causa que el casament hagués quedat en un punt mort.»


Anne Fadiman. Ex-libris: confessions d'una lectora. Eumo, 2000. Traducció de Carlota Torrents.

📖📖📖

«Després hi havia la qüestió dels llibres. L'Stefan havia suggerit que ajuntéssim els seus i els meus, però llavors jo vaig dir, amb gran sorpresa per a mi mateixa: «No, vull mantenir els meus llibres separats». Ell es va posar ben vermell i va callar. Vaig veure que l'havia ferit i el meu primer impuls va ser retirar el que havia dit, però no era un impuls absolut i el vaig passar per alt. Al despatx només hi va continuar havent els meus llibres, però ja no m'agradava mirar-los. Quan m'asseia al balancí i buscava amb la mirada alguna cosa per llegir als prestatges, sentia un dolor apagat en recordar l'esforç que havia fet l'Stefan per muntar les lleixes i ajudar-me a col·locar-hi bé els llibres. El dolor que sentia em feia difícil llegir i fins i tot pensar en aquella habitació.»


Vivian Gornick. Vincles ferotges; La dona singular i la ciutat: dos llibres de memòries. Traducció de Josefina Caball. L'altra, 2017. P. 135.


dimarts, 13 de juliol de 2021

un any i cinc mesos després

 


Avui, a les set del vespre, al pati del darrera de la biblioteca —que és particular—, ens tornarem a veure les cares en rigorós directe —directe directe, no el de la tele; el de debò, el de carn i ossos—, un any i cinc mesos després de l'última trobada presencial. Gran content.

 

dilluns, 12 de juliol de 2021

contaminació editorial


Ignoro si le pasa a alguien más, pero de un tiempo a esta parte los libreros solo me regalan marcapáginas de libros malos. Seguro que se quieren deshacer de ellos y me entregan cualquiera que promocione novelas históricas o sagas de no sé qué cosa. Tienen títulos rimbombantes, dibujos feos y frases que aseguran aventuras de las que tampoco me quiero enterar. Lo que me gustaría saber, muy por el contrario, es dónde esconden los marcapáginas que anuncian libros buenos. Al menos yo, desde hace meses que no los veo. Por último alguno que anuncie obras o poemas clásicos, que no serán una novedad, pero que uno guardaría con gusto. Vidas paralelas, Las nubes, Gargantúa y Pantagruel, cualquiera de esos los usaría encantado y hasta los coleccionaría con un ánimo fetichista que últimamente dejo para los calcetines de algodón orgánico. Esos rectángulos de cartón que en teoría promocionan libros buenos —no los he visto ni de lejos, pero me aseguran que hay alguno de Carlos Cociña y otro de Elvira Hernández dando vueltas por ahí— servirían para marcar dónde dejé la lectura y, de paso, para hacer filiaciones: un libro de Lira con un marcador de Lihn, una novela de Guebel con uno de Borges y, un par de hojas más adelante, otro de Davis. Es tan útil, ya lo ven, que hasta se podría hacer crítica doméstica.

Al final, hago lo de siempre y doblo las esquinas de las hojas. Por arriba si quiero marcar dónde quedé o por abajo, si necesito recordar una página sobre la que volver más tarde. Soy incapaz de usar el marcapáginas de un libro o un escritor que no me gusta. Después de mirarlo por lado y lado, sin saber muy bien qué hacer, termino levantando los hombros y tirándolo a la basura. Y como siempre con malos, ya debo llevar dos o tres árboles talados por culpa del inútil que, desde su oficina dedicada a la contaminación editorial, decide cuál será el próximo marcador por imprimir. Tampoco lo digo por capricho. Usar durante días, si es que no semanas, el marcador de un libro malo es casi como llevar una chapita en la solapa de una causa que uno no comparte. Si ahora pusiera entre las páginas del libro que leo —un policial estupendo de Elliott Chaze— un marcador de Gonzalo Contreras sería un despropósito, un acto de traición, puro pragmatismo literario que, como cualquier pragmatismo, conduce derechito al sobrepeso o a la derrota moral.

No sé si la Honorable Cámara de Diputados me acompañe en esto, pero creo que todo lector tiene derecho a exigir un marcapáginas que no lo humille. O incluso, que lo represente. Cada vez que un librero —el mío tiene buen gusto y hasta me invita a fiestas, pero eso no implica que me entregue marcadores decentes— cuele entre las páginas del libro recién comprado un rectángulo infame, uno debiera poder citar el Código Civil en voz alta —artículo tanto, inciso tanto— y exigir respeto. O, al menos, un buen descuento.

Dejo la idea sobre la mesa.


Gonzalo Maier. «Dos o tres árboles menos». A: Leer y dormir. Minúscula, 2021. 39-42.


diumenge, 11 de juliol de 2021

esporga


«Faig neteja de llibres cada primavera i llenço els que no tornaré a llegir, de la mateixa manera que llenço roba que no em tornaré a posar. Tothom se'n fa creus. Tinc amics peculiars, pel que fa als llibres. Llegeixen tots els best sellers, se'ls empassen tan de pressa com poden —em sembla que se'n salten molts trossos. I MAI no llegeixen res una segona vegada, amb la qual cosa al cap d'un any no recorden ni una sola paraula del que han llegit. Però se'n fan moltes creus quan veuen que tiro un llibre a la paperera o que el dono. De la manera que ells s'ho miren, et compres un llibre, te'l llegeixes, el poses al prestatge, no el tornes a obrir mai més de la vida però NO EL LLENCIS! NO SI ÉS DE TAPA DURA! ¿Per què no? Jo, personalment, no puc pensar en res menys sacrosant que un mal llibre o fins i tot un llibre mediocre».

Helene Hanff. 84, Charing Cross Road. Traducció de Puri Gómez Casademont. Empúries|Anagrama, 2002. P. 64.


dissabte, 10 de juliol de 2021

en senyal de respecte

 

El editor del Novy Mir empezó a leer un ejemplar de prepublicación de Un día en la vida de Iván Denisovich en la cama.

Pero quedó tan impresionado que no solo se levantó sino que se puso un traje y una corbata para terminar de leerlo con lo que consideró que era el debido respeto.


David Markson. Esto no es una novela. Traducció de Laura Wittner. La Bestia Equilátera, cop. 2013. P. 153.

 

divendres, 9 de juliol de 2021

l'hàbit no fa el monjo, representa

 

Hemingway estudiava, com a models, les novel·les de Knut Hamsun i d'Ivan Turguénev. Resulta que Isaac Bashevis Singer també va triar Hamsun i Turguénev com a models. Ralph Ellison estudiava Hemingway i Gertrude Stein. A Thoreau l'entusiasmava Homer; a Eudora Welty l'entusiasmava Txékhov. Faulkner va parlar de l'agraïment que sentia envers Sherwood Anderson y Joyce; E.M. Forster, del que sentia envers Jane Austen i Proust. Per contra, si preguntes a un poeta de vint-i-un anys quin autor de poesia li agrada, potser et dirà sense enrojolar-se: «Cap». En la seva joventut, encara no ha entès que als poetes els agrada la poesia i que als novel·listes els agraden les novel·les; a ell només li agrada el personatge, el fet d'imaginar-se amb un barret. Jo crec que Rembrandt i Shakespeare, Tolstoi i Gaughin, posseïen cors vigorosos, no pas voluntats vigoroses. Adoraven la gamma de materials que feien servir. Les possibilitats de l'obra els engrescaven; les complexitats de la seva disciplina els estimulaven la imaginació. L'afecte suggeria les tasques; les tasques suggerien els horaris. Van aprendre la seva disciplina i després la van estimar. Van treballar, respectuosament, esperonats pel seu amor i pel seu coneixement, i van produir obres complexes que perduren. Llavors, i només llavors, el món els va voler posar alguna mena de barret, el qual, si encara eren vius, van ignorar tan bé com van poder per continuar dedicant-se a la seva feina.

 

Annie Dillard. Viure escrivint. Traducció d'Alba Dedeu. L'altra, 2021. P. 98-99.