24 de maig 2015

de lladre a atracador


Los libros que más recuerdo son los que robé en México D.F., entre los 16 y los 19 años, y los que compré en Chile cuando tenía 20, en los primeros meses del golpe de Estado. En México había una librería extraordinaria. Se llamaba Librería de Cristal y estaba en la Alameda. Sus paredes, incluso el techo, eran de vidrio. Vidrio y vigas de hierro. Examinada desde fuera, parecía imposible poder robar un libro allí. Sin embargo, la tentación de hacer la prueba pudo más que la prudencia y al cabo de un tiempo lo intenté. El primer libro que cayó en mis manos fue un pequeño tomo de Pierre Louys, con hojas delgadas como papel de Biblia, no sé ahora si Afrodita o Las canciones de Bilitis. Sé que tenía 16 años y que Louys se convirtió en mi maestro durante algún tiempo. Después robé libros de Max Beerbohm (El hipócrita feliz), de Champfleury, de Samuel Pepys, de los hermanos Goncourt, de Alphonse Daudet, de los mexicanos Rulfo y Arreola, que entonces estaban, a su manera, activos, y que por tanto era factible que hasta yo me los pudiera encontrar una mañana cualquiera en la abigarrada avenida del Niño Perdido, una avenida que los mapas que hoy tengo del D.F. me escamotean, como si Niño Perdido sólo hubiera existido en mi imaginación o como si la calle, con sus tiendas subterráneas y con espectáculos se hubiera, efectivamente, perdido tal como me perdí yo a los 16 años. De esas brumas, de esos asaltos sigilosos, recuerdo muchos libros de poesía. Libros de Amado Nervo, de Alfonso Reyes, de Renato Leduc, de Gilberto Owen, de Huerta y de Tablada, y de poetas norteamericanos, como El General William Booth entra en el paraíso, del gran Vachel Lindsay. Pero fue una novela la que me sacó y me volvió a meter en el infierno. Esta novela es La caída, de Camus, y todo lo que concierne a ella lo recuerdo como atrapado en una luz espectral, luz de atardecer inmóvil, aunque ya la leí, la devoré, iluminado por aquellas mañanas privilegiadas del D.F., que son o que eran de una luminosidad roja y verde cercada por ruidos, en un banco de la Alameda, sin dinero y con todo el día, es decir, con toda la vida, a mi disposición. Después de Camus todo cambió. Recuerdo el ejemplar. Era un libro de letras muy grandes, como un primer abecedario, de pocas páginas, de tapas duras, con un dibujo horrendo en la portada, un libro difícil de sustraer y que ni supe si ocultar bajo la axila o en la espalda, pues no se amoldaba a mi marciana de estudiante cimarrero, y que al final saqué a vista y paciencia de todos los empleados de la Librería de Cristal, que es una de las mejores formas de robar y que había aprendido en un cuento de Edgar Allan Poe. A partir de entonces, de aquella sustracción y de aquella lectura, pasé de ser un lector prudente a ser un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros. Quería leerlo todo, que, en mi simpleza, equivalía a querer o a intentar descubrir el mecanismo hecho de azar que había llevado al personaje de Camus a aceptar su atroz destino. Contra todas las predicciones, mi carrera de atracador de libros fue larga y provechosa, pero un día me atraparon. Por suerte no fue en la Librería de Cristal, sino en La Librería del Sótano, que está o estaba enfrente de la Alameda, en la avenida de Juárez, y que como su nombre indica era un sótano de proporciones considerables en donde se amontonaban relucientes las últimas novedades llegadas de Buenos Aires o Barcelona. Mi detención fue ignominiosa. Parecía como si los samuráis de la librería hubieran puesto precio a mi cabeza. Amenazaron con expulsarme del país, con propinarme una madriza en el sótano de La librería del Sótano, lo que a mi me sonó como si aquellos neofilósofos hablaran entre ellos de la destrucción de la destrucción, y al final, tras la larga deliberación, me dejaron en libertad no sin antes apropiarse de todos los libros que yo llevaba, entre los que estaba La Caída, ninguno de los cuales había robado allí. Poco después me marché a Chile. Si en México hubiera podido encontrar a Rulfo y Arreola, en Chile me pudo pasar lo mismo con Parra y Lihn, pero creo que al único que vi fue a Rodrigo Lira caminando aprisa una noche que olía a gases lacrimógenos. Después vino el golpe y tras éste me dediqué a recorrer las librerías de Santiago como una forma barata de conjurar el aburrimiento y la locura. A diferencia de las librerías mexicanas, las de Santiago carecían de empleados y eran atendidas por una persona, casi siempre el dueño. Allí compré la Obra gruesa y los Artefactos de Nicanor Parra, y los libros de Enrique Lihn y Jorge Teillier que no tardaría en perder y cuya lectura resultaría crucial; aunque crucial no es la palabra: esos libros me ayudaron a respirar. Pero respirar tampoco es la palabra. De mis visitas a esas librerías recuerdo sobre todo los ojos de los libreros, ojos que a veces parecían los de un ahorcado y a veces estaban velados por una tela como de legañas y que ahora sé que era otra cosa. No recuerdo, además, haber visto nunca librerías más solitarias. Allí no robé ningún libro. Eran baratos y los compraba. En la última que visité, un librero, un hombre de unos cuarenta años, alto y flaco, me dijo de sopetón mientras revisaba una hilera de viejas novelas francesas si me parecía justo que un autor recomendara sus propias obras a un condenado a muerte. El tipo estaba de pie en un rincón, llevaba sólo una camisa blanca arremangada hasta los codos y tenía una nuez prominente que le temblaba al hablar. Le contesté que no me parecía justo. ¿De qué condenados a muerte estamos hablando?, dije. El librero me miró y nos dijo que él sabía, fehacientemente, de más de un novelista capaz de recomendar sus propios libros a un condenado a muerte. Después dijo que hablábamos de lectores desesperados. Soy el menos indicado para decirlo, dijo, pero si no lo digo yo no lo dirá nadie. ¿Qué libro le regalaría usted a un condenado a muerte?, me preguntó. No sé, dije. Yo tampoco lo sé, dijo el librero, y me parece terrible. ¿Qué libros leen los desesperados? ¿Qué libros les gustan? ¿Cómo se imagina usted la sala de lecturas de un condenado a muerte?, dijo. Y después: es como la Antártida. No como el Polo Norte, sino como la Antártida. Pensé en el final de Arturo Gordon Pym, pero preferí no decir nada. A ver, dijo el librero, ¿quién es el valiente capaz de poner sobre el regazo de un condenado a muerte esta novela? Levantó un libro que había gozado de cierta fama y luego lo arrojó sobre una espuerta. Le pagué y me fui. Al darle la espalda, el librero no sé si rio o se puso a llorar. Cuando gané la calle lo oí decir: ¿Quién es el gallito capaz de semejante hazaña? Y luego dijo algo más, pero no entendí sus palabras.

Roberto Bolaño. «¿Quién es el valiente?». Babelia, El País. 31.01.1998.

[Font: Archivo Bolaño


23 de maig 2015

quants llibres caben en un seat león? (verídic)




¿Cuántos libros caben en el maletero de un coche?
Martorell, 23/04/2015. - Con motivo del Día Internacional del Libro que se celebra hoy, SEAT ha querido lanzar el reto de saber cuántos libros caben en el maletero del SEAT León X-PERIENCE.  Para llevar a cabo esta iniciativa se ha colocado el vehículo en el interior de la biblioteca municipal de Sant Pere de Ribes (Barcelona), en un dispositivo espectacular en el que ha sido necesario desmontar vidrieras y utilizar un camión especial para la introducción del vehículo. 
Este reto, que tiene el objetivo de fomentar la lectura, ha sido protagonizado por una empleada de la compañía, Esther González, que además de trabajar en uno de los talleres de SEAT en Martorell tiene una gran pasión: la literatura. Con la ayuda de un grupo de compañeros, y rodeados de estanterías repletas de libros, han conseguido introducir un total de 1.168 ejemplares de tamaño medio. “Ahora sólo falta leerlos”, afirma Esther tras finalizar el reto.
El nuevo León X-PERIENCE cuenta con un amplio espacio para el equipaje. El maletero tiene una capacidad de 587 litros si se viaja con pasajeros, que puede ampliarse hasta los 1.470 litros si se reclinan los asientos traseros.
SEAT Comunicación

¿Cuántos libros caben en el maletero de un coche? » Mediacenter. (vídeo)



22 de maig 2015

literal, fira d'idees&llibres radicals




«LITERAL és la primera fira d'idees i llibres radicals que es farà a Barcelona. Serà una fira de llibres i idees on s’ajuntaran editorials, llibreries, autores i autors, lectores i lectors per compartir, discutir i sommiar, sobre el món en què vivim i com transformar-lo. Des de la cultura i el pensament crítics gaudirem de la millor literatura crítica compartint-la amb qui la crea.
Es farà els dies 29, 30 i 31 de maig de 2015 dins l'antiga Fabra i Coats, combinant dos espais l' Ateneu Popular i Cultural L'Harmonia i a l' Espai Josep Bota».
Verkami. Literal, fira d'idees i llibres radicals.





21 de maig 2015

formació per a bibliotecaris: agafa la pasta i corre


«Aquest matí he assistit a un curs de captació de fons privats per a biblioteques. El tema m’interessa i trobo molt necessari que les biblioteques trobem noves vies de finançament per les raons que ja tots sabem: els pressupostos públics s’han retallat, per tenir major independència del servei -almenys en la teoria-, per ampliar l’oferta de serveis i d’activitats, etc.
Com en qualsevol formació per a bibliotecaris/es no ha faltat el debat i l’intercanvi d’idees entre els assistents -cosa que jo valoro molt positivament-. De la sessió d’avui destacaria les explicacions de com fer una matriu de serveis. Una matriu de serveis consisteix bàsicament en fer públic i oferir als possibles patrocinadors una sèrie de contraprestacions en funció de la quantitat econòmica donada. Els exemples de la taula s’han comentat durant el curs però sense valorar en profunditat les xifres econòmiques que consten.


Donatiu < 300€
300 - 500€
Donatiu >500€
Logotip a la publicitat.
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Agraïments públics en la presentació.
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Fer constar al patrocinador en la llista de donants del web de la biblioteca.

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Placa a la porta de la biblioteca.


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Posar el nom del donant a un espai de la biblioteca.


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Durant la classe s’han fet diverses propostes de patrocini en un exercici de pluja d’idees. Algunes de les propostes m’han fet pensar sobre el valor dels diners i els valors de la biblioteca.
En un moment donat, jo mateix he comentat que en una ocasió necessitàvem para-sols i ens va sorgir l’oportunitat de posar-ne. El patrocinador era Cervesa San Miguel i per tant als para-sols havia d’aparèixer la marca. Vam descartar el patrocini perquè no ens semblava apropiat per a la imatge de la biblioteca. Una persona del curs ha dit que acceptar-ho o no depèn de la imatge que li vulguem donar a la biblioteca. A una persona li pot interessar no fer-ho perquè és més tradicional i a una altra li pot agradar donar una imatge de més modernitat i fer-ho. M’ha sorprès que precisament s’hagin utilitzat aquests termes, modernitat i tradició. A mi no em sembla que introduir les marques a la biblioteca sigui una cosa moderna. I s'ha de valorar la imatge de cada marca. No és el mateix la marca Unicef que Qatar Foundation, per exemple.
Plantejo un altre cas. Acceptaríem que la marca Coca-cola, per exemple, que sabem que ha incomplert una sentència judicial per no respectar els drets dels treballadors patrocinés la biblioteca? Estaríem fent un favor a la biblioteca? I encara diria més, estaríem fent un favor a la societat?
Un altre cas hipotètic que ha generat debat ha estat el següent. L’aportació econòmica d’uns patrocinadors permet convidar a un autor a la biblioteca. Com a contraprestació s’ofereix als donants un sopar exclusiu amb el mateix autor. La biblioteca sempre s’ha caracteritzat per ser accessible per a tots en igualtat de condicions. Aquest tipus d’actes no crearia classes d’usuaris? Uns, com que tenen diners, poden permetre’s sopar amb els autors mentre que els altres, que no en tenen, no ho poden fer. On estaria el límit d’aquests tipus d’actuacions? També s'ha comentat com a privilegi per als donants que tinguin preferència a l'hora de reservar els espais de la biblioteca. Vist així, també es podrien crear zones VIP a les biblioteques per a aquells que tenen diners i ho poden pagar.
En aquesta ocasió una persona ha dit: “home, tampoc t’ho agafis així. Pensa que gràcies a que unes persones fan una aportació econòmica hi ha altres que en treuen un profit i és normal que els que donen diner rebin una contraprestació”. [...]
En aquesta societat capitalista queden poques institucions que funcionin al marge dels interessos econòmics i una d’elles és la biblioteca pública. De la mateixa manera que la biblioteca intenta estar al marge dels interessos polítics també ha d’intentar mantenir-se prudent i no caure en la perversió dels interessos econòmics.
A més, si les biblioteques aconseguim funcionar amb fons privats veurem reduir els pressupostos públics encara més?
La formadora no para de repetir que hem de veure el món amb uns altres ulls i des d'una perspectiva diferent però jo la veritat és que no tinc clar si vull veure el món a través de la perspectiva que ella ens proposa.
En definitiva, no ens hem de tancar portes a l’entrada de finançament privat. Al contrari. Hem d’intentar obtenir-ne més però també hem de saber posar límits al patrocini perquè se’ns pot anar de les mans».

Màrius Aguilera. «Biblioteques en venda?». De biblioteques. 8|5|2015.



20 de maig 2015

la sàtira irreductible


La commovedora obra literària de Thomas Bernhard (1931-1989) arrossega en clau psicoanalítica el sentiment de culpa que hagué de causar en l'escriptor les mirades d'una mare que trobava en el seu rostre d'infant l'empremta del pare, que tan desgraciada l'havia fet. No debades, el seu origen com a fill il·legítim d'una mare que, segons la hipòtesi de l'investigador francès Louis Huguet, va ser probablement violada per Alois Zuckerstätter, austríac, que mai no va conèixer ni reconèixer el fill natural, conforma, d'antuvi, un bon currículum dramàtic. La biografia personal i la creació artística són dues realitats tan pròximes i allunyades com hom desitge, past adequat per a interpretacions de tota mena, però en el cas d'aquest escriptor que va fer de la devastadora descripció de la seua vida un cim literari aquestes dues realitats prenen especial importància.
Les solapes dels seus llibres ubiquen el naixement del geni austríac a la ciutat holandesa de Heerlen l'any 1931 perquè la mare havia de tindre el fill ben lluny dels ambients familiars per amagar la vergonya. El naixement en aquesta ciutat, per tant, que no va deixar de confondre biògrafs i crítics, es va produir com a conseqüència de la necessitat de la mare d'amagar als conciutadans del catòlic poble d'Henndorf, a l'Alta Àustria, el fruit del seu pecat. Encara que les interpretacions sempre són una mica perilloses, fa la impressió que el mèrit d'aquest escriptor ha sigut demostrar un immens talent a l'hora de convertir aquest fet traumàtic dels seus orígens i la seua educació en una de les obres més importants de la literatura occidental del segle XX.
Tot i això, cal dir que aquesta és la melodramàtica versió que consta en les seues autobiografies, una versió que va posar a la picota l'investigador francès Louis Huguet els anys noranta del segle passat, segons conta el seu traductor al castellà Miguel Sáenz en la interessant biografia de l'autor austríac publicada per Siruela l'any 1996. Huguet va aportar noves dades sobre els orígens de l'escriptor no tan melodramàtiques com les que Bernhard va fer circular. Segurament, la mare no va ser rebutjada pels pares en conèixer el seu estat i el viatge a la ciutat holandesa es va produir abans de l'embaràs, un viatge per trobar feina suggerit per una amiga.
Siga com siga, la biografia de Bernhard sempre ha sigut un maldecap permanent per als seus estudiosos i biògrafs. Maldecap comprensible, en certa manera, perquè va ser ell amb la pentalogia autobiogràfica formada per L'origen (1975), El soterrani (1976), L'alè (1978), El fred (1981) i Un nen (1982), tradicionalment considerada per la crítica com la seua obra mestra, qui va fer de la seva vida l'únic tema literari, a fi de comptes. La capacitat histriònica de l'escriptor, les seues immenses facultats per a exagerar o tergiversar els fets biogràfics per a convertir-los en literatura, al capdavall, ha fet que la història de la seua relativament curta existència —morí als 59 anys— siga un constant moviment de certeses i paranys.
Si fem un rigorós recompte de la seua trajectòria vital quasi sempre ens resultarà complex i contradictori a causa de les múltiples façanes que el novel·lista, com un consumat i irreductible escriptor satíric, tímid però astut amb la causa de la creació literària, va saber crear al voltant seu. I la veritat és que un dels punts més controvertits de la seua empremta literària va ser, justament, el de la capacitat de mistificació (o mitificació, qui sap) de la seua biografia. Això no obstant, aquesta circumstància a penes hi compta en la constatació de l'obra de Bernhard —poesia, narrativa, teatre— com una de les més radicals i originals de la literatura europea contemporània.
Bernhard mai no va conèixer el seu pare natural i va ser educat per la mare, amb qui va mantindre una previsible relació d'amor/odi, i els pares d'aquesta, els avis materns, sobretot per l'avi, per qui sentia una gran veneració. Dit això, cal ubicar aquest llibre en l'època escolar de l'escriptor a Salzburg, al llarg de la seua pubertat, dels tretze als quinze anys. L'origen, que va ser publicada l'any 1975, és la primera de les obres de la seua pentalogia autobiogràfica, que no respon a un criteri cronològic.
Cal dir que Edicions del Salobre té la lloable intenció de traduir al català tots els títols de la pentalogia, en aquesta ocasió ha començat amb una esplèndida traducció de Clara Formosa Plans. Esplèndida perquè l'incontenible text alemany de Bernhard (tot un repte per a qualsevol traductor) es converteix de mans de Clara Formosa en un llenguatge fluid i ben accessible per a qualsevol lector del català d'arreu de l'àmbit lingüístic. Encara que no és la primera traducció, la primera es va publicar l'any 1985 i ja està descatalogada, és ben cert que l'escomesa és importantíssima perquè portarà al català de manera coherent i unitària la pentalogia sencera de Bernhard; els altres quatre títols encara no s'havien traduït.
La novel·la autobiogràfica està dividida en dues significatives parts, «Grünkranz» i «L'oncle Franz». Dues parts que simbolitzen ben a les clares els dos grans fantasmes personals contra els quals Thomas Bernhard es va rebel·lar amb tota la virulència dels ganivets creadors que clavava en cada llibre que escrivia: el nacionalsocialisme i el catolicisme, les dues malalties de l'esperit, com ell les va definir. Dues malalties que va haver de suportar els anys de la seua formació escolar i que, no cal dir-ho, el van marcar de per vida. Salzburg va ser l'espai físic on van conviure les dues «malalties» i la ciutat no es va lliurar també d'una crítica despietada.
Grünkranz és el nom del sinistre director de l'internat nacionalsocialista on va ser ingressat a principi dels anys quaranta, un espantós centre on els alumnes rebien la repugnant disciplina escolar del règim nazi i davant del qual de seguida es materialitzava la idea del suïcidi. Sens dubte, un dels passatges més estremidors d'aquesta peça mestra són les descripcions que Bernhard fa de l'ambient dels carrers i de la gent de Salzburg, una ciutat atemorida (i desfeta) pels bombarders americans. En la segona part, Grünkranz es substituït per l'oncle Franz, el capellà director de l'institut on ha de continuar els estudis. Fet i fet, el canvi afecta únicament els signes externs perquè per al jove Bernhard la sensació d'opressió és la mateixa : «i en principi per a mi només es diferenciava en el canvi de retrat de Hitler per la creu de Crist i en el canvi de Grünkranz per l'oncle Franz, el reglament no era gaire diferent».
L'escriptor critica els seus progenitors, als qui acusa de portar fills al món sense cap responsabilitat. Una ferotge diatriba que contrasta amb la tendresa amb la qual escriu sobre els últims dies de l'àvia, ingressada en una clínica neuropàtica, que es contradiu amb l'afecte que tenia per l'avi, a qui considerava el seu únic educador o fins i tot amb els sentiments que tenia per la mare, una dona meravellosa, segons les seues paraules. També a Salzburg, en deixar l'institut i trobar feina en un comerç de queviures, la considera bonica. En definitiva, el lector que s'acoste a L'origen trobarà una sàtira irreductible contra aquelles «malalties de l'esperit» que van convertir la pubertat de l'escriptor en una experiència terrible que el va marcar inexorablement. Qui no ha patit en alguna ocasió l'optassis de la guerra i de les ideologies autoritàries?

Antoni Gómez. «La sàtira irreductible». Levante. El mercantil valenciano. 16|1|2009.



19 de maig 2015

de fira




En edicions anteriors...


Aquí, més cartells de la flm.


18 de maig 2015

fullejar més que no pas llegir


«A casa ja no llegeixo llibres des de fa anys, aquí a la Sala Bordone ja he llegit centenars de llibres, però això no vol dir que hagi llegit sencers tots aquests llibres a la Sala Bordone, en tota la meva vida no he llegit ni un sol llibre sencer, la meva manera de llegir és la d'algú amb alt grau de talent que fulleja, que prefereix fullejar que llegir, i per tant fulleja dotzenes i, si es dóna la circumstància, centenars de pàgines, abans de llegir-ne una de sola; però quan aquest home llegeix una pàgina, la llegeix tan a fons com ningú i amb la dèria més gran per la lectura que es pugui imaginar. Sóc més fullejador que lector, ha de saber, i m'agrada fullejar exactament igual que llegir, durant la meva vida he fullejat milions de vegades més que no pas llegit, però en fullejar sempre he tingut almenys tanta alegria i autèntic plaer espiritual com en llegir. De fet és millor que, al cap i a la fi, llegim només tres pàgines d'un llibre quatre-centes mil vegades més a fons que un lector normal, el qual ho llegirà tot, però ni una sola pàgina a fons, va dir. És millor llegir dotze línies d'un llibre amb la màxima intensitat i per tant penetrar-hi completament, com podríem dir, que llegir tot el llibre com un lector normal, el qual al final coneix tan poc el llibre que ha llegit com un passatger aeri el paisatge que ha sobrevolat. Ni tan sols en percep la silueta. Així, avui tothom ho llegeix tot volant, ho llegeixen tot i no coneixen res. Jo entro en un llibre i m'hi instal·lo en cos i ànima, pensi-ho bé, en una o dues pàgines d'un treball filosòfic com si penetrés en un paisatge, en una naturalesa, en una formació estatal, en un accident terrestre amb totes les meves forces, i no només a mitges i volent-ho a mitges, per investigar-ho i després, un cop investigat amb tota la minuciositat disponible, deduir el tot. Qui ho llegeix tot no comprèn res, va dir. No és necessari llegir tot Goethe, tot Kant, tampoc és necessari tot Schopenhauer; un parell de pàgines de Werther, un parell de pàgines de les Afinitats Electives, i al final sabem més sobre aquests dos llibres que si els haguéssim llegit de dalt a baix, cosa que en qualsevol cas ens faria perdre el plaer més pur. Però per a aquesta dràstica autolimitació cal tant valor i tanta força espiritual, que només es pot tenir molt de tant en tant, i nosaltres mateixos la tenim molt de tant en tant; la persona que llegeix és voraç com qui devora carn de la manera més fastigosa i com qui devora carn es fa malbé l'estómac i la salut completa, el cap i tota l'existència espiritual. Fins i tot entenem millor un tractat filosòfic si no el devorem tot sencer d'una tirada, sinó que només en picotegem un detall, a partir del qual després podrem arribar al tot, si tenim sort. De fet el plaer més gran ens el donem els fragments, de fet com també en la vida experimentem el plaer més gran quan la considerem com un fragment, i que espantós ens resulta tot plegat i ens resulta en el fons la perfecció acabada. Només quan tenim la sort de convertir en fragment una cosa sencera, acabada, de fet una cosa consumada, quan ens posem a llegir-ho, n'obtenim un gran goig, i eventualment el goig més gran. La nostra època ja fa molt temps que no la podem suportar com un tot, va dir, només si la veiem com un fragment ens resulta suportable. El tot i allò que és complet ens resulten insuportables, va dir.»

Thomas Bernhard. Mestres antics. Traducció de Clara Formosa Plans. Còmplices, 2011. P. 26-28.



17 de maig 2015

un i prou




Nancy Mitford. A la caza del amor. Traducció de Ana Alcaina. Libros del Asteroide, 2005. P. 97.

[Font: Twitter. Ramon Homs @ramonhoms]


16 de maig 2015

15 de maig 2015

de bernhard a unseld


[20]
Ohlsdorf
22 de enero de 1966
Estimado Dr. Unseld:
Hay períodos en que de repente se está colgado en el aire sobre un horrible abismo y se tienen infinitos espectadores que aplauden sin cesar y lo ven centellear a uno, ensordeciéndolo con su (pérfida) admiración casi por completo, pero no hay ni uno que, en definitiva, le tienda una sólida red sobre la que pueda dejarse caer, literalmente en el último segundo, sin convertirse entre esos hombres en un cadáver cómico y, aunque lamentable, también ridículo. Con los 3.000 que le pedí y que, de la noche a la mañana, me transfirió, usted me tendió una red. ¡Le agradezco esa nueva y salvadora demostración (que no es la primera) de su gran fuerza! No quiero, cuando está llegando a su fin, precipitar ahora mi trabajo, pero con toda seguridad estaré listo cuando llegue el momento, porque es necesario para el programa de otoño. He relegado todas las distracciones a un trasfondo sin importancia ahora.
Aparte de la novela (tampoco por las noches encuentro un título) he hecho a la Sra. Botond dos propuestas en lo que se refiere a la prosa breve. En los últimos tiempos he recibido varias ofertas para "publicaciones" en revistas, pero responderé, si lo hago, que se dirijan a su editorial. No tengo ganas de dar nada a los periódicos, no sirve para nada; ya se sabe lo que es una pocilga y lo que significa un cerdo entre otros cerdos. También me horrorizan las antologías, y he observado que, cuando me veo en alguna, me irrita, y cuando no estoy me alegro. Creo que cuanto menos participe en la tómbola literaria tanto mejor será.
Mi idea es que escribo para mi propio placer y para mi propio egoísmo, perversidad, etc., lo mismo que otros se entregan a un deporte extenuante, y cuando esté listo lo recibirá usted y podrá hacer con él lo que quiera, siempre que no sea algo repulsivo. Pero esto no lo creo. El que, aparte de escribir, me interesen pocas cosas, llevará sin duda a algo útil. A ese respecto, quisiera decirle otra vez lo importante que es para mí la Sra. Anneliese Botond.
No creo que sea sensato llevar a sus últimas consecuencias, es decir escenificar este mismo año, la obra de teatro (naturalmente con otro título), por muy revisada que esté e incluso aunque se convierta en algo "magistral". Se lo escribiré así también al Sr. Braun, porque las fuerzas críticas (fuerzas auxiliares) deben concentrarse en la novela. Sin embargo, si de repente zarpan de un puerto al mismo tiempo varios barcos...Además, además, además, etc., nunca se acabaría.
A San Ernesto (como a San Luis) solo hay que buscarlo, en el mejor de los casos, en la comedia.
Pienso en usted mientras abandono mi trabajo y me preparo para hacer una excursión bastante larga; estos son los días más hermosos.
Cordialmente
Thomas Bernhard




14 de maig 2015

l'autor i el seu editor



Domar a la fiera Thomas Bernhard

Aparece en castellano la correspondencia entre el autor de ‘Trastorno’ y su editor

Las cartas desvelan la fascinante relación entre dos titanes de la cultura alemana del siglo XX

IKER SEISDEDOS EL PAÍS. Madrid 2 JUL 2012 - 19:30 CET
En noviembre de 1967, al final del sexto año de una relación de tres décadas, Thomas Bernhard, renovador de la narrativa en alemán y campeón de las más desagradables controversias, escribe en una carta a Siegfried Unseld, mucho más que su editor: “Un autor es alguien absolutamente lamentable y ridículo y, bien visto, un editor también”. Cualquiera familiarizado con la obra del escritor y dramaturgo austriaco reconocerá en esas palabras un pulso inequívocamente bernhardiano, la prosa adictiva de un escritor que, se diría, aplicó la técnica de la tierra quemada a la literatura: para resultar efectiva, la destrucción debe empezar por uno mismo.
La misiva está contenida en Correspondencia (1961-1988), extraordinario volumen de la joven editorial barcelonesa Cómplices. Se trata de una selección y traducción del alemán de Miguel Sáenz del mamotreto publicado en 2009 por Suhrkamp Verlag para dejar constancia de la relación “especial” y “personal”, se apunta en el libro, entre uno de sus autores más respetados y Unseld, que rigió hasta su muerte en 2002 los designios del sello al frente del que sucedió al fundador en 1959. Hombre cultísimo y atento exégeta de las motivaciones de sus literatos, definió al timón de aquel barco la cultura alemana de su tiempo con una nómina de autores que incluyó a Hesse, Max Frisch, Bertolt Brecht o Günter Grass.
Con Bernhard empezó a trabajar en 1961, tras el envío de una carta fechada por el escritor en Viena: “No lo conozco a usted, solo a personas que lo conocen. Sigo mi propio camino”. Desde aquellas líneas hasta la desaparición del autor austriaco en 1989, a causa de una sarcoidosis padecida durante décadas, los senderos de ambos transcurrieron paralelos, o más bien mecidos por los vaivenes del humor de Bernhard.
“Y como puedo llamar al mío el mejor editor de Alemania”, se lee en una carta de 1966. En 1972, la cosa ha cambiado —“Cada vez me imagino más a la editorial como una anónima potencia enemiga”—, mientras que 1973 resulta un perfecto simulacro de la fluctuante relación. “Naturalmente, esta carta no me resulta fácil, pero tenía que escribirla. Marca un punto final”, sentencia Bernhard al principio de un año que termina con efusividad navideña: “Pienso que no debemos separarnos (…) con la mayor atención, con todas mis posibilidades, quiero caminar con usted”.
La mayoría de los desencuentros se deben al asunto central del libro: el dinero. Las obsesiones contables del escritor ya protagonizaron el volumen Mis premios, rescatado por Alianza en 2009 (pese a haber dejado prohibido en su testamento que se publicase nuevo material tras su muerte, el desfile de inéditos no cesa; para otoño se espera en el mismo sello la edición de Goethe se muere). En la intimidad de la relación con su editor la fijación pecuniaria llega al paroxismo. Bernhard se escuda en el coste de mantener sus ¡tres! casas (nada desdeñable parque inmobiliario para un autor de culto), así como en su negativa a girar con la rueda del mundillo literario; a aceptar “las tentadoras ofertas de los abyectos periodistas y del entorno ensayístico más abyecto aún”.
De ahí que suplique adelantos, aplace devoluciones de préstamos, exija resultados (“Que una editorial como la suya no haya podido vender más que mil cien ejemplares de Trastorno es tan absurdo que nadie puede creérselo”) y denuncie agravios, como en esta carta de 1985: “Cuando pienso en el gigantesco esfuerzo publicitario que ha hecho durante tres meses con el libro del Sr. [Martin] Walser mientras que por mis Maestros antiguos no ha hecho casi nada, se me pasan las ganas de seguir colaborando”. Ante las embestidas, Unseld, consciente de la inveterada lucha de clases del mundo del libro —a él dedicó El autor y su editor (Taurus), que abría una frase de Goethe: “Todos los editores son hijos del diablo”— reacciona con razonable generosidad y paciencia. “¿Cuándo eliminaremos de nuestra correspondencia y relación la tediosa cuestión del dinero?”, se pregunta en 1969. Y él se responde tres años después: “La señora Ninon Hesse [viuda de Herman] me dijo que en cuestiones de dinero había que tratar a los amigos como si fuesen enemigos”.
En efecto, Correspondencia es sobre todo un libro acerca de las fluctuaciones de la amistad a través del tiempo y del espacio. Bernhard remite cartas desde su casa en Ohlsdorf, desde Viena, Palma de Mallorca o, en 1985, el hotel Plaza de Madrid, que halla “espantoso” en la comparación con el Ritz (“probablemente el mejor del mundo”). Unseld escribe desde Fráncfort del Meno, sede de Suhrkamp, pero también de Dubróvnik, Salzburgo, Zúrich o Albufeira —“¡Falta alguien en la playa! (donde, según Alberti "acaba el mar y principia la tierra”), exclama en una postal de 1980—. En las notas al pie, que constituyen un libro en sí mismo, se recogen apuntes de los resúmenes de viaje de Unseld, dictados al regreso de los encuentros con el escritor, ceremonias de apaciguamiento cuando la relación epistolar adquiría tintes prebélicos.
“Recojo este encuentro con Thomas por separado, fue demasiado insólito, o totalmente típico de Bernhard”, se lee en 1973. En otro, del año siguiente, se detalla el estreno en Viena de la obra de teatro La partida de caza, con el escritor convertido en “el más importante autor de Austria pero también el más discutido”. “Después del segundo acto abandonó el teatro y, cuando recogió su abrigo en el guardarropa, el hombre que lo atendía le dijo: ‘¿Tampoco a usted le gusta la obra?”
“Unseld es la gran revelación del libro”, opina el traductor Sáenz, autor de una sobresaliente biografía Bernhard (en Siruela). “Sin su paciencia y su fino manejo, hoy quizá no contaríamos con una obra sobresaliente”. El apoyo incondicional del editor durante décadas fue más allá del mero sostenimiento literario y superó desagradables traiciones como la que supuso la decisión del escritor de vender en los setenta a la salzburguesa Residenzverlag su célebre serie de relatos autobiográficos.
De esa controversia hay material en Correspondencia, como de otras sonadas polémicas del levantisco Bernhard: de sus encontronazos con los festivales de Salzburgo al secuestro judicial de su novela Tala en Austria en 1984; de su perpetuo choque con la crítica al enorme escándalo que supuso en la Viena de 1988 el estreno de Heldenplatz, última obra dramática, en la que arrojaba a la cara de sus compatriotas el júbilo con que recibieron a Hitler.
En el desagradable torbellino de la última provocación llega lo inevitable. En noviembre de 1988, tres meses antes de la muerte de Bernhard, Unseld gira un telegrama, el último, en el que escribe en minúsculas: “Para mí no solo se ha alcanzado un límite doloroso sino que se ha traspasado (…). no puedo más”. A lo que el escritor responde: “Bórreme de su editorial y de su memoria”.
El editor no hizo ni una cosa ni otra. Cuando murió Bernhard (y se supo su última voluntad: prohibió vender o representar sus textos en Austria), Unseld escribió un obituario en Die Presse: “La vida de esa persona encantadora fue un ejercicio en la cuerda floja, apuntaba a lo total y lo perfecto, sabiendo que lo total y lo perfecto no era soportable”.