23 novembre 2014

j.b.k.o.


Jackie Kennedy llegint The Dharma Burns de Jack Kerouac. Primavera 1960.
La fotografia és de Jacques Lowe.



Meet the Kennedys. Thirteen classic images by Kennedy insider Jacques Lowe. Vanity Fair.



22 novembre 2014

inicis memorables

A l'Espai de llibres, sigui allà on sigui.






















21 novembre 2014

estas ruinas que ves


[...] La novela a la que estas líneas sirven de prólogo es en mi opinión la más adecuada para emprender el camino de la aproximación a la obra de Jorge Ibargüengoitia (que por tenerlo todo en contra hasta tuvo el handicap de su apellido vasco, tan difícil de pronunciar y de recordar). 
Estas ruinas que ves es la cumbre de su narrativa, ese momento de gracia en que un autor es capaz de desarrollar en un texto breve todas sus virtudes. Una revelación. Poco importa que sea o no su obra más conseguida (ahí entra la disputa entre los diversos gustos), porque es sin duda su obra más representativa, pues en ella están todas las virtudes que se pueden hallar en sus otras obras narrativas y también en su extensa obra teatral y periodística, en la que sobresalen sus artículos publicados en el diario Excélsior, entre 1969 y 1976, y recopilados posteriormente con el título de Instrucciones para vivir en México. Esta novela es Ibargüengoitia en estado puro, cien por cien mordaz, divertido, agridulce y melancólico en el justo grado, el que da aroma al texto sin hacerlo empalagoso. Hay en Estas ruinas que ves irónicas referencias a futuros libros: su protagonista, el profesor Francisco Aldebarán, que tiene nombre de constelación, pretende escribir un libro sobre los crímenes cometidos por las dueñas de un prostíbulo que en realidad fue la siguiente novela que Ibargüengoitia publicó, bajo el título de Las muertas. Pero sobre todo, el autor construye uno de esos espacios literarios que están llamados a perpetuarse como metáfora de la realidad. [...] Ibargüengoitia ha hecho de la ciudad de Cuévano, en la que transcurre esta novela, la metáfora literaria del Guanajuato en que nació el 22 de enero de 1928.
La novela, que se publicó en 1975, cuenta el regreso del profesor Aldebarán a su ciudad natal, Cuévano, para hacerse cargo del puesto de profesor de literatura en la universidad. Es pues un viaje de retorno inevitablemente marcado por la nostalgia, pero una nostalgia desprovista de encanto, distorsionada por un humor corrosivo y sutil que lo impregna todo. El mismo título, que hace referencia a las ruinas, y el primer capítulo, en el que se da cuenta de dichas ruinas, es decir, de la descripción de la villa, convierten a Ibargüengoitia en un arqueólogo socarrón y descreído que se acerca a las ruinas del mundo que trata de describir con una irónica sonrisa pintada en los labios. Y esa sonrisa acompaña al lector durante todo el libro. [...] Ibargüengoitia recurre al humor como herramienta fundamental para contar un mundo pequeño que no es consciente de su tamaño, el de una ciudad provinciana pagada de sí misma (como todas). Pero su humor consigue un raro equilibrio entre la ferocidad y la delicadeza, quizá fruto del amor que el autor termina por desarrollar hacia alguno de sus personajes, como el protagonista o la bella Gloria o la descarada Sarita, esa mujer que no duda en decir de sí misma: «No tengo vergüenza», pero que transmite una irresistible felicidad de vivir.
En la novela de Ibargüengoitia todo se convierte en ruina, todo pierde su valor y su uso para convertirse en un trasto, como la fotocopiadora que uno de los personajes logra vender a otro a cambio del boleto de lotería premiado que éste acaba de ganar: la máquina quedará convertida en cacharro sin uso en un pasillo de la casa, útil tan sólo para almacenar libros o para otras funciones más o menos escabrosas. De igual modo, el pasado ilustre de la villa, encarnado en los familiares del protagonista, se convierte en asunto de chirigota pues toda grandeza termina por empantanarse en lo ridículo: una rama de la familia, española, termina en un tatarabuelo ejecutado ante su esposa que se niega a acompañarlo en el martirio por considerarse más mexicana, mientras que la otra alumbra a un militar independentista al que los nobles de Cuévano habían preparado un opíparo almuerzo a modo de recibimiento, pues daban por hecho su victoria sobre los españoles, almuerzo que no dudaron en compartir con el general español una vez que se vio que las tropas mexicanas habían sido derrotadas. No hay honor a salvo en Estas ruinas que ves, ni el matrimonial, ni el virginal, ni el académico, ni el patriótico. La novela recorre el estamento universitario de la ciudad con pluma vitriólica y da cuenta de mezquindades, pequeñas traiciones y componendas.
La ciudad de Cuévano se convierte así, por obra de su estamento más cultivado, en metáfora tremenda de las limitaciones de una sociedad regida por el qué dirán, por las apariencias y por la doblez, pero al mismo tiempo suficientemente viva y desenvuelta como para permitir todas las vías de escape posibles. Desde el amantazgo al alcoholismo, de las fotografías pornográficas a los murales pintados en plena borrachera, de las excursiones al campo a los rumores sobre muchachas aquejadas de enfermedades cardíacas que habrán de producirles la muerte el día que tengan su primer orgasmo. Fantaseando, mintiendo, fingiendo, los cuevanenses se las apañan para sacarle partido a una vida que a priori debiera ser inmensamente aburrida. Y siguiendo sus pasos, Ibargüengoitia traza un retrato de la vida de provincia mexicana brillante y divertido. Una verdadera joya de escritura, concisa en su forma, hermosa en el espejo de la imaginación del autor y dura como un diamante, capaz de rayar las conciencias bienpensantes y de trasladar al lector a un México inédito que nunca sentirá como ajeno. Porque este océano que nos separa no es más que un accidente sin importancia.
París, 30 septiembre, 2003.

JOSÉ MANUEL FAJARDO. Pròleg a: Jorge Ibargüengoitia. Estas ruinas que ves. Seix Barral, 2005.



20 novembre 2014

the brautigan library




La Biblioteca Brautigan, en Estados Unidos, en Burlington, en el estado de Vermont, la integran libros rechazados por los editores, obras abortadas, en suma, que han quedado petrificadas en ese estadio del manuscrito al cual se suma algo peor que el oprobio: el veredicto a menudo tan injusto como definitivo del fracaso. Libros, pues, que no existen.
[...] De ahí el interés, poético, conceptual y, digamos, humano, de la biblioteca Brautigan, un fondo de manuscritos rechazados. Inspirada por la novela The Abortion y como homenaje a su autor, Richard Brautigan, la Brautigan Library, fundada pot Todd Lockwood, es a menudo el último recurso —a veces el primero— para autores que desean que sus obras inéditas sean archivadas y leídas por personas que se desplazan a veces desde muy lejos para acceder a ellas. De hecho, la novela de Brautigan, publicada por Simon & Schuster en 1971, narraba la historia de un bibliotecario que conoce en San Francisco a una mujer con quien vive en una biblioteca imaginaria de libros no publicados. Pero además El aborto es, casualmente, al menos según la crítica, la novela menos lograda de Brautigan, mucho menos que A Confederate General from Big Sur o The Revenge of the Law: Stories 1962-1970.
Desde 1990, lectores cada ves más numerosos, de Canadá, de Inglaterra, de Francia, de Italia, de Suecia, de Rusia y de todos los estados americanos, han realizado el peregrinaje literario para descubrir tan peculiar biblioteca, nacida de la ficción.
[...] Según explica el fundador de la Brautigan Library:
Nuestro papel es ofrecer una audiencia a los escritos escondidos en los desvanes, los cajones, los armarios. El día de la inauguración, el 21 de abril de 1990, teníamos siete libros, actualmente tenemos alrededor de trescientos, y hay sitio para tres mil. Aceptamos automáticamente todas las obras en lengua inglesa. Por nuestra parte no emitimos juicio, no tenemos requisitos de presentación ni criterio particular alguno [...] Aceptamos todo, con excepción de libros ya publicados. Pero si un texto se edita después de haber sido depositado en nuestra biblioteca, puede permanecer en depósito.
El proyecto de montar esta biblioteca persiguió a Todd Lockwood durante quince años, mientras leía sin cesar la novela de Brautigan. Inicialmente, intentó reunir un comité literario. Pero el agente de Kurt Vonnegut se rio en sus narices y Garry Trudeau, el creador de la tira cómica Doonesbury, le envió una carta negándose en redondo. La carta está enmarcada en la biblioteca: «¿Por qué va a malgastar alguien horas rebuscando entre libros rechazados con la esperanza de descubrir algo que valga la pena leer?».
Naturalmente, hay maravillas, o perlas, en los estantes de la biblioteca, hasta el punto de que una gran editorial se está planteando en serio publicar una «selección de textos de la biblioteca Brautigan».

Jean-Yves Jouannais. Artistas sin obra. «I would prefer not to». Traducció de Carlos Ollo Razquin. Acantilado, 2014. P. 113- 117.




19 novembre 2014

amics, coneguts, saludats i entesos



Fragment del documental Vida y Milagros de Jorge Ibargüengoitia,
dirigit per Rodrigo Castaño l'any 2003.

Historias de vida. Jorge Ibargüengoitia. Canal Once.

[+]
· La vida sin Jorge Ibargüengoitia; 30 aniversario luctuoso. Excélsior. 24|11|2013.


18 novembre 2014

cobertures: vilhelm hammershøi




Vilhelm Hammershøi. Interior amb dona jove vista d'esquena, 1904. 
Randers Kunstmuseum (Dinamarca).

[Font: Las Lecturas de Mr. Davidmore]


17 novembre 2014

jorge ibargüengoitia, conferenciant


La conferencia dio principio con cinco minutos de retraso y con la asistencia del conferenciante, el jefe del Departamento de Literatura, el señor Crespo de la Serna y cuarenta y seis desconocidos.
Después de presentarse a sí mismo, el conferenciante explicó que no iba a leer la conferencia, por la sencilla razón de que no la tenía escrita; y que no la tenía escrita, porque consideraba que si dicha conferencia formaba parte de un ciclo intitulado “Los narradores ante el público”, y allí estaba el narrador y allí estaba el público, no hacía falta ningún papelito. Dijo que lo ideal sería que el público preguntara y el narrador contestara, pero que como creía que el público real era incapaz de hacer preguntas atinadas, iba a comenzar haciendo las tres preguntas fundamentales que hubiera hecho un espectador ideal, iba a responderlas y que después, el público real tendría derecho a hacerle las preguntas que considerara pertinentes.
Las tres preguntas fundamentales fueron las siguientes: ¿Por qué escribía el conferenciante? ¿Cómo escribía? ¿Qué escribía? La primera se refería a sus motivos, la segunda a sus métodos y la tercera a sus obras.
Al contestar la primera pregunta, el conferenciante declaró que escribía por deformación profesional. Los escritores se llaman escritores porque escriben y tienen que seguir escribiendo para seguir llamándose escritores. Los escritores son como las gallinas, que tienen que poner un huevo de vez en cuando para justificar su existencia. Éste es el motivo fundamental de todo escritor: escribe, porque es escritor; pero además, todo escritor tiene motivos secundarios: hay quien escribe por dinero, hay quien escribe por vanidad, hay quien escribe porque cree que sabe algo que los demás ignoran y que conviene que todo el mundo sepa, hay quien escribe porque quiere leer un libro que no existe.
El conferenciante declaró que lo que ha ganado por los libros que ha escrito es una miseria incapaz de tentar a un mendigo; que los elogios que ha recibido son nada comparados con las censuras que se le han hecho y que además, ha sido elogiado por sus vicios más censurables y censurado por sus virtudes más elogiables, agregó que no aspira a ser declarado Hijo Predilecto de su ciudad natal, ni a que fragmentos de sus obras lleguen a formar parte de las Lecturas selectas incluidas en el Libro de Texto Gratuito, ni a ser Miembro de Número de la Academia de la Lengua, ni a que una escuela rural lleve su nombre. Con lo anterior quedan descartados el dinero y la vanidad de sus posibles motivos secundarios. ¿Tiene entonces intención didáctica el conferenciante? Es decir, ¿cree que sabe algo que todo el mundo ignora y que conviene que todo el mundo sepa? El conferenciante está convencido de que sabe muchas cosas que la mayoría de las personas ignoran, pero no ve la utilidad de (ni tiene mayor interés en) que lo que él sabe lo sepan también los demás.
A continuación, el conferenciante confesó que escribe un libro cada vez que quiere leer un libro de Jorge Ibargüengoitia, que es su escritor predilecto.
Al responder a la segunda pregunta que él mismo se había formulado, a saber “¿cómo escribe?”, el conferenciante confesó otra deformación profesional, que le viene de haber sido dramaturgo antes que narrador. Para ilustrar los efectos de dicha deformación, hizo la descripción siguiente: El señor que está sentado en un sillón leyendo una novela es un personaje muy diferente al señor que está en un teatro viendo una representación. El primero está propenso a abandonar la lectura en cualquier momento y por razones tales como: que se aburra del libro, que se quede dormido, que oiga un ruido sospechoso en la azotea, que llegue un visitante inoportuno, que le dé hambre y tenga que ir a la cocina a preparar algo de comer, etcétera. Es decir, el escritor no sabe en qué condiciones va a ser leído su libro. El lector está en libertad de leerlo de principio a fin o suspendiendo la lectura doscientas veces en los momentos mas inapropiados. El señor que está en el teatro, en cambio, es un personaje que quiere llegar al final del acto, para salir a fumar un cigarrillo, y de la obra, para ir a su casa a cenar, a beber o hacer el amor. La diferencia de las circunstancias en que se encuentran el lector y el espectador, es la causa de que existan novelas de ochocientas páginas y de que ningún autor sensato escriba una obra teatral que dure más de dos horas y media.
Por otra parte, el novelista nunca ve el monstruo que su obra está formando en el cerebro del lector, mientras que el dramaturgo tiene que ver, a su pesar, el monstruo que su obra ha formado en el cerebro del director escénico. Si el novelista habla de un bosque de encinos, nunca verá los bosques de fresnos, de enebros, de álamos, que se han formado en los cerebros de sus lectores. El novelista puede repetir varias veces una escena que le parezca interesante, puede establecer un diálogo filosófico que en la vida real duraría varias semanas, puede describir minuciosamente un partido de ajedrez o una taza de porcelana. Y puede hacer todo esto, porque el lector, por su parte, puede saltarse un capítulo entero, leer una página de cada diez, leer todo el libro sin entenderlo o, simplemente, dejar el libro a un lado, sin causar en el autor de novelas la angustia que produce en el dramaturgo un espectador que se queda dormido y ronca o que se levanta a la mitad del segundo acto y se va del teatro.
El conferenciante concluyó su explicación diciendo que la deformación profesional de dramaturgo que tiene, le ha impedido aprovechar las ventajas del novelista y que su obra más larga, Los relámpagos de agosto, puede leerse de un tirón y en dos horas y media. Su novela es la novela de un dramaturgo.
A la tercera pregunta “¿qué escribe?”, el conferenciante respondió que su obra narrativa consiste, a la fecha, en una novela y un libro de cuentos que no ha sido publicado, por lo que iba a referirse exclusivamente a la primera.
[...] Con esta explicación terminó la primera parte de la conferencia y a continuación, el conferenciante invitó al público a hacer preguntas, que fueron las siguientes:
Un joven que estaba en primera fila: Quiero hacer una crítica de su novela y de lo que usted nos acaba de decir. Sus intereses son completamente egoístas; usted sólo piensa en sí mismo. Ha escrito una novela sólo para divertirse. Yo creo que un escritor que no se interesa en los problemas de su época está condenado al fracaso. Su novela está destinada a quedarse en el cuarto de los cachivaches.
El conferenciante: (Haciendo a un lado la circunstancia de que aquello no era una pregunta): Dígame una cosa, ¿ha leído usted mi novela?
El joven que estaba en primera fila: No.
El conferenciante: Entonces, ¿a qué vino?
El joven que estaba en la primera fila: A ver qué era lo que usted tenía que decir.
El conferenciante: Si no ha leído mi novela, no ha entendido nada de lo que he dicho en mi conferencia. Sepa usted que mi novela ha ganado un premio internacional, ha tenido una edición cubana de 10,000 ejemplares, una edición mexicana de 4,000 ejemplares, ha sido publicada en forma condensada en una revista que tira 80,000 ejemplares, ha sido traducida al checo, al rumano y al polaco, así que no se puede decir de ella que esté entre los cachivaches y si puede interesarle a un polaco es porque refleja algunos de los problemas de nuestra época. (Se oye un murmullo en la fila catorce) ¿Quién habló por allí?
Una francesa: El señor no criticó su novela, sino su conferencia, lo cual me parece lícito.
El conferenciante: No oyó usted bien. El señor se refería a mi novela, porque habló de cachivaches. Una conferencia no puede quedarse entre los cachivaches.
Hubo un silencio debido a que el conferenciante había derrotado a sus oponentes en toda la línea. El señor Crespo de la Serna pidió la palabra.
Crespo de la Serna: Yo creo que usted, sin intentarlo, ha escrito una interesante tragicomedia sobre la revolución mexicana. Su obra me parece auténtica, profunda, conmovedora y sumamente interesante.
El conferenciante: Le agradezco mucho su elogio y comparto su opinión.
Un señor que estaba en segunda fila: Yo, a diferencia de la primera persona que hizo uso de la palabra, si he leído su novela y sus críticas. Sé que usted es un hombre sarcástico y venenoso. Díganos algo sobre los nuevos movimientos en la literatura mexicana… 
El conferenciante: El escritor latinoamericano es, en general, como el Dios Jano, que tiene dos caras; con una está mirando a Europa y a los Estados Unidos, en busca de formas de expresión y con la otra está mirando a la realidad. Nuestro problema es que estamos tratando de expresar una realidad en formas que no necesariamente son las más adecuadas para expresarla. El ejemplo que se me viene más pronto a la cabeza es el de Gazapo, que pudo ser una buena novela y que resultó fallida, porque el autor quiso forzar el material que tenía en una forma que está de moda, pero que no venía a cuento.
El señor que estaba en la segunda fila: ¿Qué opina usted de Rulfo?
El conferenciante: Rulfo ha escrito dos libros admirables, pero incapaces de formar una escuela. La prueba es que el mismo Rulfo no ha escrito un libro en diez años. Por otra parte, Rulfo se está refiriendo a una realidad que sólo es conocida por analfabetos; esto produce serias equivocaciones. Una asidua lectora de Rulfo me aseguraba, el otro día, que México es una sociedad rural.
Un joven que estaba en octava fila: ¿Qué obras tiene en preparación?
El conferenciante: Una novela que está basada en un reportaje que hice sobre el caso de las Poquianchis.
Un señor que estaba en la cuarta fila: ¿Cuáles son sus escritores de cabecera, por qué y de qué manera han influido en su obra?
El conferenciante: Primero voy a contestar la segunda parte de su pregunta: mis escritores de cabecera son aquéllos con los que mejor me identifico, los que ven el mundo como yo lo veo. ¿Cuáles son? Evelyn Waugh y Céline. ¿De qué manera han influido en mi obra? No lo sé, ni me importa. Esto es cosa que algún estudiante de Filosofía y Letras descubrirá al hacer su tesis profesional en 1984. Por lo pronto puedo decirle que si no hubiera leído Black Mischief, probablemente no hubiera descubierto que en el material que tenía para escribir Los relámpagos de agosto había una novela.
Un señor que estaba en la sexta fila: Hay cosas en lo que usted ha dicho que me parecen, cuando menos, peculiares. En primer lugar, eso de que los escritores estén mirando hacia Europa y los Estados Unidos en busca de influencia. Yo leo y releo con gran placer las obras completas de Martín Luís Guzmán, en especial El águila y la serpiente, leo también con mucha frecuencia a Rubén Romero, Francisco Tario y Emma Dolujanoff tienen páginas deliciosas que reflejan, si bien no una realidad nacional, sí una realidad local. Creo que usted, al hablar de realidad, se refiere sólo al D.F. Déjeme continuar. Ha dicho usted que cuando escribe no le interesa el público. Yo creo que todo escritor aspira a que su libro sea leído por el mayor número de personas; aspira a comunicarse.
El conferenciante: Aspira a comunicarse con el papel. Yo creo que un escritor que tiene puesto un ojo en el papel y otro en el público está perdido. El querer que el libro se venda es algo que viene a posteriori, cuando ya el libro está escrito, no en el momento de escribirlo. Es como querer que los hijos tengan éxito en la vida. Escribir un libro para que lo lean millones es como querer tener un hijo para que sea como Napoleón.
El señor que estaba en la sexta fila: Pero usted está de acuerdo en que hay que tratar de que los libros se vendan no sólo en México, sino en toda la República.
El conferenciante: Sí, estoy de acuerdo en eso, pero creo que la distribución es muy mala. 
El señor que estaba en la sexta fila: En eso yo también estoy de acuerdo.
Con este concordato y después de un breve aplauso, se terminó la conferencia, a las 9:05.

[Transcripció de la conferència pronunciada el 12 d'agost de 1966 per Jorge Ibargüengoitia dins del cicle «Los narradores ante el público», organitzat per l'Instituto Nacional de Bellas Artes de Mèxic.]

Aquí trobareu la conferència completa i aquí un fragment en àudio.



16 novembre 2014

15 novembre 2014

kafka als tròpics





Hi ha una foto de Kafka infant: rara vegada la «pobra i curta infantesa» s'ha plasmat en una imatge més commovedora. Deu procedir d'un d'aquells ateliers del segle XIX que amb els seus domassos i palmeres, tapissos i cavallets, ocupaven una posició ben ambigua entre sala de tortures i saló del tron. S'hi presenta el nen de prop de sis anys guarnit amb un vestit infantil estret, sobrecarregat d'ornaments, com si diguéssim humiliant, en una mena de paisatge d'hivernacle. Al rerefons s'alcen fulles de palmera. I, per fer encara més asfixiants i xafogosos aquests tròpics encoixinats, el model porta a la mà esquerra un barret desmesuradament gros, d'ala ampla, com el que porten els espanyols. Uns ulls incommensurablement tristos dominen el paisatge que els ha estat destinat, mentre s'hi aboca el pavelló d'una gran orella.

Walter Benjamin. «Franz Kafka. Amb motiu del desè aniversari de la seva mort». A: Assaigs de literatura contemporània. Selecció d'Ignacio Echevarría. Traducció de Pilar Estelrich. Columna, 2001. P. 115-116.



14 novembre 2014

tolle lege


«Un dia que sant Agustí, agitat violentament per les vacil·lacions que van precedir la seua conversió, s'havia refugiat en un bosquet per meditar, va sentir un àngel, amb veu de nen, que li va dir en llatí: Tolle lege. Pren, llegeix! Va agafar aleshores un llibre que llegia el seu amic Alipi i hi va llegir un versicle de l'Epístola als Romans de sant Pau, que va decidir la seua conversió. Sant Agustí conta aquesta història en les Confessions.
Déu li va dir on trobaria la veritat: en un llibre. La frase Tolle lege podria ser el lema de tot gran lector, perquè sintetitza de manera peremptòria la il·lusió que l'empeny a llegir. La il·lusió o l'esperança que un dia llegirà o rellegirà un llibre, no sap encara quin de tots, que li resultarà decisiu, com una possibilitat que només a ell li és reservada.»

Enric Iborra. Un son profund. Dietari d'un curs de literatura universal. Viena, 2013. P. 364.


13 novembre 2014

monowi, pop. 1

Gentilesa de Marco A. Raya.


Monowi es una villa ubicada en el condado de Boyd en el estado estadounidense de Nebraska. En el censo de 2010 tenía una población de 1 habitante y una densidad poblacional de 1,82 personas por km². El único residente de la aldea es Elsie Eiler, de 77 años, quien se resiste a abandonar la villa por considerarlo su hogar.
Monowi estuvo más poblado en la década de 1930, cuando tenía una población de 150 habitantes. Al igual que muchas otras comunidades pequeñas en las Grandes Llanuras, perdió a sus residentes más jóvenes, ya que las ciudades que estaban experimentando un gran crecimiento ofrecían mejores puestos de trabajo. En el censo de 2000, la aldea tenía una población total de 2, y solo una pareja casada, Rudy y Elsie Eiler, vivía allí. El Sr. Eiler murió en 2004, dejando a su esposa como la única residente.
Aunque el pueblo está casi abandonado, aún ostenta el honor de conservar los 5.000 volúmenes de la colección de Rudy, fundada en memoria del Sr. Eiler y mantenida por la señora Eiler. Además, la señora Eiler también trabaja en una taberna en Monowi y atrae clientes regulares de hasta 80 kilómetros a la redonda. 
Wikipedia dixit.