dijous, 21 de març de 2019

a sibèria


Me abastecía de libros en la biblioteca centenaria de la facultad. El lema de la Universidad de Barcelona es Libertas perfundet omnia luce —La libertad lo llena todo de luz (los franquistas, no es de extrañar, eliminaron de un plumazo el sujeto de la frase, introducido por el rector republicano—, pero, si por algo destacaban sus añejas y polvorientas salas cuyas paredes escupían humedad, era por su pobre iluminación. A las horas en que solía acercarme al mostrador, atendían dos auxiliares: una joven con los hombros salpicados de pecas y un chico de expresión grave y ojos ratoniles. A menudo esperaba a que el último estuviera libre para extenderle los papelitos con las peticiones de títulos. Mientras lo observaba repasar la lista de libros, veía que los ojos, vivarachos, le bailaban en las órbitas. Cuando supo que estudiaba literatura rusa, me preguntó con retintín: «¿Tolstói o Dostoievski?». Noté que escudriñaba hasta el último recoveco de mi tez en busca de algún rasgo, quizá, de ascendencia eslava. Al parecer, le intrigaba esa determinación mía de adentrarme en una cultura en principio tan lejana. Para proveernos de manuales de ruso, no quedaba más remedio que ir al búnker. Por alguna razón, la bibliografía de este idioma había ido a parar a un módulo prefabricado de chapa, confinado a la entrada trasera de la universidad. Un lugar desangelado donde solía instalarse un aire estadizo. Gélido en invierno, los estudiantes que decidían quedarse a estudiar en las mesas allí colocadas tenían que hacerlo con los abrigos puestos: los de Eslavas, por lo visto, éramos los parias de la filología.

Marta Rebón. En la ciudad líquida. Derivas, interiores y exilios. Caballo de Troya, 2017. P. 115.

dimecres, 20 de març de 2019

el dia que los angeles va perdre un milió de llibres


PABLO XIMÉNEZ DE SANDOVAL
El día que Los Ángeles perdió un millón de libros
El País
18|3|2019

La periodista y escritora Susan Orlean investiga el incendio, aún sin esclarecer, que arrasó en 1986 la Biblioteca Central de la segunda ciudad estadounidense
Hay un capítulo del nuevo libro de Susan Orlean (Cleveland, Ohio, 1955) que empieza diciendo: “Qué se perdió”. A continuación, hace una descripción tan sucinta como sobrecogedora de lo que desapareció bajo las llamas en el incendio de la Biblioteca Central de Los Ángeles, el 29 de abril de 1986. Un Quijote de 1860 ilustrado por Doré, todos los libros sobre la Biblia, todas las biografías de la H a la K, toda la historia del teatro, todo Shakespeare, cinco millones y medio de patentes registradas desde 1799  -con sus dibujos y descripciones-, las etiquetas de 20.000 fotografías... En total, 400.000 libros destruidos y 700.000 seriamente dañados. Es el mayor desastre de una biblioteca en la historia de Estados Unidos.
Orlean escribe para The New Yorker desde hace casi tres décadas. Desde entonces ha publicado una decena de libros, entre ellos el que inspiró la película El ladrón de orquídeas. Este mes estrena en español La biblioteca en llamas (Temas de hoy) un libro en el que, partiendo de la investigación sobre aquel incendio, cuenta la historia de Los Ángeles y escribe una carta de amor a las bibliotecas y a los bibliotecarios, una pasión que le inculcó su madre.
Orlean recibió a EL PAÍS en su casa de las colinas de Hollywood, a donde se mudó desde Nueva York en 2011. Tiene vistas a los estudios Universal. Cuando llegó a la ciudad, quiso conocer la Biblioteca Central, una especie de búnker art déco en la esquina de la Calle Cinco con Flower. Allí se enteró de la historia del incendio. Ocurrió cuando ella tenía 30 años, ya era escritora y reportera, y hasta que no se mudó a Los Ángeles no se enteró de la historia. No es la única a la que se le pasó por alto aquel suceso, porque no fue una gran noticia fuera de Los Ángeles. El mundo estaba pendiente de la catástrofe de Chernóbil, que había sucedido tres días antes y de la que se empezaba a conocer su alcance.
“El desastre de Chernóbil fue una razón importante” para que el incendio pasara desapercibido, dice. “Si hubiera sido portada del New York Times mucha gente habría pensado en ello. Pero no ocurrió, y el momento del suceso se perdió”. El mayor desastre de una biblioteca en Estados Unidos es menos conocido que, por ejemplo, la destrucción de la biblioteca de Sarajevo en la guerra de Bosnia. “Al contrario que Sarajevo y otras bibliotecas perdidas, no fue una acción de guerra. No había un conflicto”. Finalmente, no se recuerda porque nadie relaciona a esta ciudad con libros, afirma Orlean. “No se piensa en Los Ángeles como una ciudad intelectual y literaria. Nadie sabía que Los Ángeles tenía una de las bibliotecas más grandes del país, ni siquiera sus habitantes. No es nuestra identidad como ciudad”.
Curiosamente, a Orlean lo que más le impresiona de lo que se perdió son los fondos aparentemente más mundanos, los de consulta de todos los días. “Las colecciones que se habían ido acumulando durante años nunca se podrán rehacer. La colección de libros de cocina, por ejemplo, se había ido adquiriendo desde que se abrió la biblioteca (en 1873). Eso no puedes ir y comprarlo de nuevo. Los periódicos y las revistas son totalmente irrecuperables. Me impresionan los libros de cocina, porque eran libros que la gente normal podía consultar a diario”.
Una pira lista para arder 
El libro es un homenaje a las bibliotecas, como lugar de saber y de estar, como centro donde observar la vida de una ciudad. “Soy optimista”, dice Orlean sobre el futuro en la era de Google. “Creo que en un momento donde cada vez más gente trabaja para sí misma y lo que quiere es un lugar al que ir, estar con gente, las bibliotecas son ideales. Son el espacio de coworking original. No tenemos muchos sitios así en este país, simplemente para salir de casa y estar en el mundo. Yo escribí parte del libro en la biblioteca y fue fantástico. Creo que a los jóvenes les gusta estar con gente. Las bibliotecas van a prosperar como sitio de estar”.
Orlean también convierte la historia de la biblioteca en una historia de Los Ángeles y su expansión desaforada a principios del siglo XX. La biblioteca se desbordó a sí misma, creció sin control y sin espacio, y en los años ochenta era una pira lista para arder. Sobre las 11 de la mañana de aquel día sonó una alarma antiincendios. Un hilo de humo pálido empezó a salir de la torre donde se guardaba la ficción, entre la A y la L. Con las horas, la temperatura en las estanterías abarrotadas llegó a los 1.300 grados. Era como “estar observando las entrañas del infierno”, dice un bombero en el libro a Orlean.
Todavía hoy no hay una verdad judicial sobre lo que pasó. Un joven extraño llamado Harry Peak fue detenido. La policía está convencida de que fue él. Durante la investigación, Peak dio todo tipo de versiones sobre lo que había pasado aquella mañana en la que estuvo en la biblioteca y alguien le vio salir corriendo. Pero no hubo forma de reunir pruebas contra él. Orlean, después de investigar durante años, confiesa que no tiene una teoría propia.
“Siento la misma ambivalencia que expreso en el libro. No es que tenga una opinión en secreto que no quisiera compartir. Dependiendo del día de la semana, a veces pienso ‘igual no fue provocado, igual fue un error de diagnóstico desde el principio’. Otras veces pienso ‘no, Harry estuvo allí, encendió una cerilla, estaba jugando y se asustó y se fue de allí’. Lo que no creo es que él quisiera crear esa destrucción. Luego pienso, ‘sí, lo hizo, sabía demasiado", comenta. "Pienso que todas las teorías son creíbles. Realmente, según estaba investigando, me di cuenta de que era un poco tonto pensar que yo iba a resolver un incendio que pasó tantos años atrás”. Solo hay un personaje clave de la historia que no habla en el libro: Harry Peak. Murió en 1993 y se llevó con él la verdad sobre el día que Los Ángeles perdió un millón de libros.


dimarts, 19 de març de 2019

pedrolo, a sol i serena



X. SANTESMASSES
L’escultura de Manuel de Pedrolo ja presideix Aranyó
Lleida.com
8|3|2019
L’escultura de Manuel de Pedrolo ja presideix la plaça d’entrada a l’Aranyó, localitat natal de l’escriptor. La peça és obra de l’artista Enric Porta Sàrries. La imatge està ubicada just a l’entrada de la plaça i encarada cap a Cervera, població d’on prové el llinatge familiar de l’escriptor des del segle XVII. Segons va explicar l’alcalde, Xavier Pintó, els treballs d’adequació de la plaça s’allargaran encara durant unes dos setmanes i compten amb una inversió d’uns 12.000 euros. També es preveu que es dugui a terme el trasllat de les restes mortals de l’escriptor fins al cementiri de la localitat.
La instal·lació de l’escultura s’ha dut a terme aquesta mateixa setmana i entre els primers turistes que la podran veure es troben les 2.400 persones que diumenge participaran en la vintena edició de la Marxa dels Castells de la Segarra. Segons Pintó, l’obra suposa un reconeixement a l’escriptor i servirà com a reclam turístic. Val a recordar que al castell de Concabella hi ha ubicada l’exposició permanent i el centre d’estudis Manuel de Pedrolo.


dilluns, 18 de març de 2019

notes de la traductora


DOLORS UDINA
‘La pasión’, treinta años después
ctxt
Revista contexto
Núm. 211
6|3|2019
Que traducir es escribir una obra de nuevo es una obviedad que no hace falta repetir. Tal vez no sea tan obvio que, una vez escrita en la nueva lengua, el traductor la revisa una y otra vez, y lo hace con tanto o más empeño que el autor para lograr en la traducción el mismo efecto del original, para afinar los matices y la voz de la obra y llegar a hacerla suya. Revisar quiere decir escuchar el texto potencial, reformular cada frase para encontrar el mejor ritmo: con cada borrador sucesivo, el texto se acerca a la forma ideal que habitará cuando la transformación sea completa. Cuanto más difícil sea un texto, cuantos más significados encierre su versión original, más a fondo tendrá que bucear el traductor para que las posibilidades del texto afloren y le dicten la palabra y el ritmo adecuados. Hay frases que parecen sencillas pero que obligan a oír todas sus posibilidades antes de darlas por buenas. Hay muchas frases que piden reformulaciones hasta encontrar su adecuación: pienso en Alice Munro, una autora cuyos cuentos se leen con facilidad, que parece que escriba a bote pronto, pero que sin duda revisa sus textos concienzudamente. Una frase tan sencilla, o al menos tan corta,  como “Someone knelt, and the blood came leaping out like banners”, me obligó a escribirla cinco veces cambiando el orden de las palabras, sopesando el significado de cada una en el contexto para llegar a una solución final que parece evidente: “Algú s’agenollava i la sang li brollava de la boca com serpentines” (“Alguien se arrodillaba y la sangre le brotaba de la boca como serpentinas”). O pienso también en una frase aún más corta, “I had the company”, la última frase a modo de epitafio de la autobiografía del poeta Robert Creeley, cuyo sentido está claro pero que me llevó a escribir 23 posibilidades (no exagero, eran variaciones de este tipo: “Sempre he tingut companyia”, “La meva vida ha estat acompanyada”, “Hi havia la companyia”, “Tenia companyia”, “He viscut en companyia”, “He tingut companyia”…) hasta decidirme por “No m’ha faltat companyia”.
Traducir es una manera de leer, una manera lenta, seguramente la más lenta posible, de leer lo que traducimos con mirada crítica, de profundizar en la lectura del original y leer y releer la versión que hacemos para dar con el ritmo perfecto y encontrar los significados ocultos. Es esta profundización del texto traducido, esta sensación de dar nueva vida a un texto para integrarlo en su nuevo sistema literario lo que alimenta la pasión del traductor. Enfrentarse a la traducción impresa después de dos, tres o cuatro revisiones del texto, es el momento sublime en que el oficio puede convertirse en arte. Hay libros que me emocionan como lectora y otros que me desafían como traductora, pero, cuando dedico el tiempo necesario a traducir y revisar un libro, siempre hay algo que me intriga y me hace sentir la satisfacción de dar nueva vida a un texto, de proporcionarle una nueva lengua y una nueva tradición donde habitar.
No es raro recibir el encargo de retraducir una obra (normalmente clásica) que alguien tradujo años atrás. Hace cinco o seis años tuve la suerte de escribir en catalán Mrs Dalloway, que había sido traducida en el año 1930 por Cèsar August Jordana, una obra fascinante que me hizo ver la importancia de ser lo bastante transparente en una traducción para mantener al lector en estado de alerta y tensión. El libro me obligó a establecer un diálogo con el texto –un diálogo en el que participaron varias versiones de la obra en francés, italiano y español– que me impulsó a traducir la escritura y no sólo el texto. Aunque consulté en algún momento la versión de Jordana, no me atreví a leerla antes de empezarla. Sólo al final, cuando ya estaba embebida en la obra y no temía dejarme llevar por su música, decidí leer la versión anterior para reconocer sus aciertos y los estragos que habían causado en ella los casi cien años transcurridos. Contar con algunas críticas de la traducción antigua me llevó a profundizar en aspectos de la mía. Traducir a Virginia Woolf, captar el sentido y el ritmo de sus palabras para repetirlas en otra lengua, provoca una sensación de desamparo: tienes delante la vida, con las incongruencias de la realidad, pero revestida de una belleza incomparable. El desamparo ante un libro tan brillante va acompañado del asombro ante la capacidad del lenguaje de producir tan alta literatura. Si en un libro digamos normal el número de veces que reviso el texto, en definitiva el número de versiones, es de cuatro o cinco, en el caso de La senyora Dalloway llegué hasta nueve. Sólo revisitando una frase una y otra vez podía dejar de repetir la pauta mental que me llevaba a soluciones ya pensadas y rechazadas y abrir la puerta a una nueva serie de posibilidades. Ha sido la experiencia literaria de traducción más apasionante e iluminadora de mi carrera.
Es más raro –y no hay duda de que tener un buen número de años de dedicación lo propicia– que te encarguen una nueva traducción de una obra que ya tradujiste treinta años atrás. La obra es The Passion, de Jeanette Winterson, una de las primeras novelas que traduje apenas un año después de que se publicara el original (1987). Cuando recibí el encargo, pensé que sería fácil revisar la anterior, corregir algunos errores que pudiera haber y darle, por decirlo así, una nueva juventud, pero en el fondo me estimulaba volver a enfrentarme a un texto que tiene mucha sustancia (y mucha vida, diría) para ver cómo lo leía tantos años después. Es evidente que el momento y las circunstancias en que hacemos una traducción tienen incidencia en el resultado y me intrigaba descubrir cómo sería mi intervención en un mismo texto. Sin duda la traducción antigua decía lo mismo, o “casi lo mismo”, que el original; puede decirse que era una traducción correcta, pero al rehacerla sopesé mucho más cada palabra para reconocer la importancia que tenía dentro del texto y captar mejor el sentido general de la obra. En cuanto a la lengua, pude constatar cómo ha cambiado el catalán literario en estas décadas –en los años ochenta del siglo pasado, después de años de ser un idioma más familiar que de estudio, el catalán escrito quedaba un poco alejado del hablado, no había alcanzado el grado de naturalidad actual– y, desde luego, cuánto he aprendido personalmente, algo que en cierto modo compensa el disgusto de envejecer. Desde luego hay una diferencia entre traducir una obra justo cuando sale en el idioma original o hacerlo años después, cuando ya has leído varias obras de la autora y tienes más consciencia de su importancia dentro de la literatura de la lengua original, en este caso la inglesa. Pero creo que la diferencia principal entre la primera versión publicada y esta última a punto de ser publicada es la importancia que he aprendido a dar al proceso de revisión y a la necesidad de revisitar una y otra vez cada una de las frases para conseguir que una traducción pueda ser considerada una obra literaria y entrar a formar parte de una tradición propia.


diumenge, 17 de març de 2019

prevaricar, verb intransitiu



[El reglamento, Tony Peake. Font: Eli Ramirez @eliramirez82]

dissabte, 16 de març de 2019

inventari de la cel·la 443


TINA VALLÈS
Inventari de la cel·la 443
Vilaweb
14|3|2019

El 2 de març de 2019, l’investigador Pablo La Parra Pérez va penjar a Twitter la «Relación de libros y objetos pertenecientes a Salvador Puig Antich», un document produït a la Model de Barcelona el 6 de març de 1974, quatre dies després del seu assassinat a mans de l’estat franquista, ara fa quaranta-cinc anys, i que forma part del fons Puig Antich de la Biblioteca Pavelló de la República (a la Universitat de Barcelona), on es conserven tots els seus papers personals donats per Carme Puig Antich (consultables aquí, en pdf):
Quaranta-cinc anys després de la seva mort, els llibres i els objectes que l’acompanyaven a la cel·la 443 sembla que encara hi siguin, en llegir-los en aquest inventari mecanografiat, i se’n poden treure conclusions (segur que no totes encertades). Se’n dedueix, per exemple, que Puig Antich devia llegir Proust en francès —i que qui va escriure aquesta llista no en sabia gaire, perquè Albertine disparue esdevé Albertine Duspane— i Freud en castellà, i aquests són els dos autors de qui té més llibres. També hi ha clàssics com l’Eneida, la Ilíada i l’Odissea —que per com se citen els devia llegir en castellà—, i dos diccionaris de llengües mortes, de llatí i de grec. Els llibres de psicologia, de psicomotricitat, d’interpretació dels somnis, d’incomunicació, fan imaginar un Salvador introspectiu i reflexiu, escoltant-se a ell mateix i preparant-se per al que hagués de venir. I després hi ha un títol que tal vegada no acaba d’encaixar amb la resta i que l’imagino com una mena de distracció entre assaigs i recerques de temps perduts: Viaje a Cotiledonia, de Cristóbal Serra (1965), una novel·la que és un llibre de viatges a la manera de Swift però trencant-ne les convencions, com afirma l’escriptor i editor Ramon Mas: «El que ens ofereix són una sèrie d’informes breus i estrambòtics en referència a les diverses cultures i races que conviuen a la terra dels cotiledons, on el narrador assegura haver viscut una llarga temporada.»
Confesso que no coneixia Cristóbal Serra, que no he llegit aquest llibre que sembla força introbable (tot i que el 2015 se’n va fer una adaptació a novel·la gràfica, a càrrec de Pere Joan i Edicions del Ponent) i que no sé si ho faré, perquè no sol ser la mena de literatura que m’interessa, però he imaginat Puig Antich llegint-se’l a la cel·la, potser rellegint-lo, nou anys després de ser publicat, i m’he preguntat si se l’havia comprat ell, qui n’hi havia parlat, i on és ara aquest exemplar. I si el trobo, algun diumenge al Mercat de Sant Antoni, potser me l’enduré i el fullejaré i penso com deu ser llegir una novel·la tan lliure, tan poètica i tan estrambòtica tancat a la cel·la 443 de la Model i amb el futur incert pessigant-te el clatell. També m’agradaria saber què devia subratllar, si subratllava (no veig que surtin llapis ni bolígrafs a la relació d’objectes), dels assaigs de Problemas del nuevo cine (1971) amb Umberto Eco, Pier Paolo Pasolini, etcètera. I tants altres interrogants que planteja aquesta llista, teclejada segurament per un funcionari del tot ignorant del que podia donar de si aquest inventari.
Hi ha vint-i-cinc llibres en total, se’ls devia endur tots de cop? O els hi van anar portant els familiars? Com decideixes quins vint-i-cinc llibres t’enduus a la cel·la? Amb quin criteri? Potser Puig Antich va llegir Proust per primer cop a la presó, potser va pensar ara tindré tot el temps que em cal per llegir-lo amb la morositat que demana, o potser en va fer una relectura, perquè quan sents que la vida se’t pot acabar en qualsevol moment, encetes llibres nous, noves lectures, o tornes als teus clàssics?
I encara hi ha els objectes, comences a llegir les peces de roba que tenia i el vas vestint i desvestint i veient el pas de les estacions entre aquelles quatre parets. Et demanes qui es devia fumar aquells sis paquets de Ducados que va deixar. La pastilla de xocolata Dolca, estava sencera? És l’únic comestible que tenia a la cel·la, potser se n’enduia un tros a la boca i se’l deixava fondre entre llengua i paladar mentre escrivia cartes? Podríem saber quina olor feia si mescléssim els perfums del sabó Moana i el Rexona i el xampú Geniol, i si es rentava les dents l’alè el tenia de dentífric Neodens barrejat amb la fortor inesborrable del Ducados, això segur.
«El temps que passa (la meva Història) diposita residus que es van apilant: fotos, dibuixos, carcasses de bolígrafs-retoladors ja secs de fa temps, carpetes, gots perduts i gots no retornats, embolcalls de cigars, caixes, gomes, postals, llibres, pols i llepolies: el que jo anomeno la meva fortuna.» És el «Petit pensament plàcid núm. 2» del llibre Espècies d’espais de Georges Perec (la traducció del fragment és meva).
Era inevitablement perequiana, la llista de Salvador Puig Antich, i són la seva fortuna tots aquests llibres i objectes. Els objectes que tenim, sobretot si els hem triat per endur-nos-els a un lloc tan determinant com pot ser-ho una presó, ens defineixen, i quan desapareixem ells es queden i són com la carcassa del que vam ser, com aquella pell de serp abandonada després de la muda. Es queden i parlen per nosaltres, els llibres a mig llegir, els subratllats, el xampú mig ple, el llapis sense punta, les sabatilles de retaló, uns caramels a la butxaca d’uns pantalons, són pistes de per on hauria pogut seguir la vida, marques d’on s’ha aturat. Quatre dies després que matessin Salvador Puig Antich, un funcionari de la Model, o més d’un, devia entrar a la cel·la 443 i prendre nota de tot el que hi havia, i si imagino aquesta escena li poso guants i li demano que si us plau ho deixi tot tal com estava, la pell de serp encara amb la forma de qui l’habitava, perquè la puguem veure, imaginar, viva una estona més.

divendres, 15 de març de 2019

una catàstrofe en fragments


SERGI SÁNCHEZ
Una catàstrofe en fragments
elPeriódico
25|4|2017

Una de les cançons més maques dels Talking Heads titula la nova novel·la de Maggie O’Farrell. A This must be the place, la veu de David Byrne explica una història d’amor en què el pas del temps i l’afecte, tenyit de nostàlgia, per un espai en comú, un refugi, un paradís perdut («A la llar és on vull ser/ Però crec que ja hi soc»), es transformen en metàfores del desencant i l’afecció, del moviment de la vida i la fixesa impertorbable d’un miratge sòlid, que té aspecte d’estàtua en un jardí abandonat.
Aquesta és una història entre dos que O’Farrell multiplica sense descans, agita cap endavant i cap enrere, la canvia de lloc per veure com li va una llum nova. La literatura, ens diu l’escriptora irlandesa, no pot ser lineal si vol atrapar els piropos de l’atzar en tota la seva puresa; si pretén agafar-nos tan desprevinguts com als seus personatges, cecs en un món ple d’escales.
ELS PROTAGONISTES / Així caminen, per separat i sense bastó, Daniel i Claudette quan els coneixem. Ell, lingüista, ha deixat els seus dos fills als EUA per reinventar-se al seu costat al racó més remot d’Irlanda quan un fantasma del passat el reclama a través de la ràdio, i les seves ones expansives l’empenyen a retrobar-se amb aquell que va ser i continua sent, un home autodestructiu. Ella, que va fugir del seu destí d’actriu famosa, l’espera sabent que alguna cosa va malament, que alguna cosa anirà pitjor. Tots dos són els protagonistes d’Aquest deu ser el lloc, cosa que no significa que siguin els personatges més apassionants d’aquesta novel·la.
ELS SECUNDARIS / A dir veritat, la seva arriscada estructura es dedica a dispersar la imatge que tenim d’ells a través d’una miríada de secundaris –fills i filles, empleats i companys de viatge casuals– que s’apoderen d’un capítol rere l’altre, en temps dispars, donant-los prou espai perquè vulguem saber més de la seva vida. I encara que la seva funcionalitat narrativa està al servei d’un matrimoni que s’enfonsa, O’Farrell sap donar-los una veu pròpia, fins al punt que els episodis que protagonitzen –penso en el de Niall i el seu èczema i les seves notes al peu, i en el de Rosalind, a Bolívia, verdaderament commovedors– es podrien llegir com un relat curt, autònom, igual de fascinant que si els llegim com a part indivisible d’un tot. Ni tan sols el capítol en què veiem una col·lecció de fotos de records de Claudette que se subhasta al millor postor sembla una sortida de to: per a O’Farrell els trossos del gerro no només es compten en paraules sinó també en imatges.
Els salts temporals no són un capritx. Aquesta és la història d’una catàstrofe en fragments, així que la discontinuïtat ens permet entendre que, en realitat, ningú canvia encara que tot canviï al seu voltant. «Els matrimonis no s’acaben per una cosa que es va dir, sinó per una que no es va dir», li adverteix Rosalind a Daniel en cert moment. Aquesta esquerda que obre el silenci és també l’esquerda del temps.




dijous, 14 de març de 2019

cobertures



Biblioteca Nacional de España
Exposició: La seducción del libro. Cubiertas de vanguardia en España 1915-1936.
Del 26 de febrer fins al 5 de maig de 2019

El libro siempre ha sido un vehículo esencial de información y difusión de la cultura.
En las primeras décadas del pasado siglo XX, y gracias a los progresos técnicos en el campo de la impresión, el precio del libro se abarata y llega de esta forma a un mayor número de potenciales lectores.
Las ediciones se enriquecen con cubiertas de atractivo diseño que logran así llamar la atención y convertirse en un reclamo seductor en las librerías.
Gracias al esfuerzo editorial realizado en España a comienzos del siglo XX, disponemos en la actualidad de un patrimonio bibliográfico de excepcional valor para entender la historia y la cultura de la España de aquellos años.
Es un tiempo convulso en toda Europa en que se producen importantes acontecimientos históricos, políticos, científicos y sociales que cambiarán el orden hasta entonces establecido.
Esa etapa coincide con un momento de efervescencia artística a nivel internacional por el surgimiento de los diferentes movimientos de vanguardia. Estos movimientos revolucionan la concepción del arte en una apuesta decidida por nuevos lenguajes que rompen con los moldes del pasado.
A ellos se adhieren los artistas que trabajan en España y esta renovación del lenguaje plástico queda reflejada en las cubiertas de los libros que se encargan de ilustrar.
De esta forma, las cubiertas se convierten en un recurso más de extraordinaria importancia para la difusión de las nuevas concepciones artísticas.
El libro es igualmente un ejemplo perfecto del compromiso de intelectuales y artistas con la modernidad y de su valentía a la hora de defender posiciones de vanguardia en la sociedad de su tiempo.
Con esta exposición que se presenta en la Sala de las Musas del Museo de la Biblioteca Nacional de España, se pretende reivindicar y poner en valor, por un lado, el trabajo de tantos y tan excelentes artistas españoles volcados en abanderar la renovación cultural en España y por otro, el esfuerzo realizado por los editores que comparten con ellos el mismo propósito.
La exposición muestra una amplia representación de las cubiertas de vanguardia del siglo XX.  No están todos los artistas que deberían estar pero sí una muestra representativa de ellos.
Este renacimiento cultural denominado por el historiador José Carlos Mainer como “La Edad de Plata”, queda tristemente truncado por el estallido en 1936 de la Guerra Civil.
Artistas y editores constituyen  los dos grandes ejes sobre los que pilota el conjunto de la exposición y sobre los que se articulan los diferentes apartados que la componen.
Están presentes los acontecimientos históricos más notables que jalonan esta época, desde la lucha obrera al surgimiento del nazismo pasando por la situación política en España.
Quedan reflejados los fuertes vínculos que se establecen entre España y el continente americano, el triunfo de la aviación, el nacimiento de las nuevas urbes y el desarrollo de la arquitectura racionalista que lleva aparejado, así como el cambio del papel de la mujer en la sociedad y su lucha por conquistar derechos y libertades.
Se destacan también, junto a la renovación tipográfica que utiliza sencillas formas geométricas y modelos inspirados en los principios de la Bauhaus, la técnica del fotomontaje en su vertiente crítica más ácida y el cine como nuevo arte experimental.
Todo ello es interpretado por los artistas según sus lenguajes propios vinculados a los diferentes movimientos de vanguardia.

dimecres, 13 de març de 2019

el setciències de torn


Un fisgón que lucía una boina se ha acercado al mostrador y me ha dicho: «He pensado que debería decirle que en la sección de trenes tiene un libro titulado The Railway Man [el hombre del ferrocarril]. No va sobre trenes, necesita colocarlo en la sección pertinente».
No, lo que necesito es darle una paliza. Hay un determinado tipo de cliente que se relame indicándote que un libro se encuentra en la sección equivocada, como para demostrarte que saben más de libros que tú. Por lo general, cuando un libro se encuentra en la sección equivocada se debe a que algún cliente lo ha colocado ahí, no un miembro del personal.

Shaun Bythell. Diario de un librero. Traducció de Antonio Lozano. Malpaso, 2018. P. 152.

dimarts, 12 de març de 2019

el cantó fosc de dickens


Letters reveal Charles Dickens tried to place his wife in an asylum.
University of York. Clic!

RAFA DE MIGUEL
El lado más oscuro de Dickens
El País
10|3|2019

El hombre más famoso de la era victoriana, el "poeta de la ciudad moderna", el novelista más importante de la historia inglesa, Charles Dickens, cometió uno de los actos más crueles y abyectos que se pueda imaginar: intentó encerrar a su mujer, Catherine, con la que había compartido 20 años de matrimonio y 10 hijos, en un manicomio, para poder disfrutar en libertad su romance con la actriz Ellen Ternan.
John Bowen, profesor de Literatura del siglo XIX en la Universidad de York, al norte de Inglaterra, ha dado con la carta que demuestra la crueldad con la que Dickens intentó despachar el momento más turbio de su vida. "Durante años existió la sospecha de que lo había intentado, pero ninguna prueba definitiva. Y por supuesto es algo muy difícil de asimilar. Hizo cosas admirables, pero en su ruptura matrimonial tuvo un comportamiento horrible, e hirió a mucha gente", explica Bowen a EL PAÍS en conversación telefónica.
Catherine Dickens vivió las dos últimas décadas de su vida en una pequeña residencia en Camden, al norte de Londres. Allí trabó amistad con un matrimonio vecino, Edward y Lynda Dutton Cook. Ella era pianista. Él, un hombre de letras, crítico teatral y novelista. En su último año de vida, en 1879, mientras aliviaba sus terribles dolores con dosis de morfina, Catherine sintió la necesidad de contar su versión de lo sucedido. Hasta entonces, Dickens, celoso hasta el extremo de su buena imagen y reputación, había logrado trasladar la imagen de un matrimonio deteriorado por los "desórdenes mentales" de una mujer que no prestaba atención ni cariño a sus hijos. Gran publicista de sí mismo y con buenos e influyentes amigos, el escritor plasmó un retrato despiadado y falso en una carta que filtró convenientemente a la prensa. La famosa "carta violada" que convenció a sus admiradores pero escandalizó también a muchos de sus contemporáneos.
Edward Dutton Cook nunca quiso hacer públicas las interioridades de una familia y de un hombre que para entonces ya era un tesoro nacional. Pero se las contó a través de varias cartas a su amigo el periodista William Moy Thomas. "Al final, [Dickens] descubrió que ella ya no era de su agrado. Había dado a luz a 10 hijos y perdido gran parte de su belleza. Se había hecho vieja. Intentó incluso encerrarla en un manicomio, ¡pobre mujer! Pero a pesar de lo nefastas que son nuestras leyes en lo que se refiere a probar la locura, no consiguió su propósito", escribió Dutton Cook.
"Cuando descubres este lado sombrío de Dickens, interpretas la obra posterior a 1858, el año de la ruptura matrimonial", explica el profesor Bowen. 'Grandes esperanzas', uno de sus libros más universales, es una novela llena de culpa, de vergüenza. Su personaje principal [Philip Pirrip Pip] se siente incomprendido y es alguien que ha herido a mucha gente".
Bowen, que pudo acceder al contenido de las cartas de Dutton Cook, hoy custodiadas en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, conoce bien los documentos de la época y ha deducido, con casi total seguridad, la identidad del médico que se negó a cumplir con los deseos de Dickens. Thomas Harrington Tuke, superintendente del Asilo Manor House, en el barrio londinense de Chiswick, entre 1849 y 1888, era un viejo conocido del escritor. Llegó a asistir al bautizo de uno de sus hijos. La amistad se enfrió poco después, sin motivo aparente, y Dickens se prodigó en dedicarle insultos como "asno médico" o "ser miserable".
Las leyes de la época ofrecían poca protección para aquellas personas a las que sus familias decidían encerrar de por vida por su supuesta enfermedad mental. Sobre todo, si se disponían de las conexiones adecuadas. Y Dickens las tenía. Su amigo y biógrafo, John Forster, secretario en el Comisionado para la Locura, un organismo público creado en 1845 para supervisar los manicomios, o el doctor John Connolly, con gran influencia en ese ámbito, movieron tierra y cielo para complacer a su amigo.
"A la luz de lo que sabemos ahora, esta historia tendría que ver mucho con el movimiento del Me Too", sugiere Bowen. "Pero también con esa luz de gas que muchos hombres proyectan sobre sus parejas para hacerles creer que son ellas las culpables. Aunque hay una parte positiva en todo este relato. Un doctor fue capaz de decir que no. No son muchos los médicos o abogados capaces en esa época de plantar cara a los ricos y poderosos. Casi como esos testimonios que escuchamos estos días de algunas personas contra el presidente de Estados Unidos, Donald Trump".

dilluns, 11 de març de 2019

llibres inacabats


SERGI PÀMIES
Llibres inacabats
La Vanguardia
8|3|2019

El 26 de febrer El País va publicar l’obituari del professor de literatura y filosofia Carlos Mellizo Cuadrado. L’escrivia Miguel Ángel Aguilar i, a l’última línia, explicava que Mellizo havia mort mentre dormia, sense patir, acompanyat del llibre que estava llegint, Coleridge, de Stuart Mill. Dintre de la desgràcia, la imatge em va semblar preciosa: un filòsof morint-se llegint el llibre d’un filòsof dedicat a un filòsof, un triple salt temporal que certifica la coherència de l’atzar. I, gràcies a Aguilar, vaig pensar que no tenim l’oportunitat, gairebé mai, de saber quin és l’últim llibre d’una vida i que és una informació que diu molt de la persona morta, sobretot quan no la coneixes.
Hi ha, això sí, reculls documentats d’últimes paraules, com les que s’atribueixen a Txékhov: “Fa molt de temps que no prenc xampany”. Des d’un punt de vista de la informació cultural, saber quin és l’últim llibre, l’última pel·lícula o l’última cançó d’una vida ens situa en el context dels interessos de la persona morta amb una pinzellada eficaç. És veritat que, igual que les últimes paraules, no és una informació vinculant, perquè sovint les circumstàncies d’una mort estan sotmeses a imponderables que no permeten fer una tria serena. Però en persones que, com Mellizo, tenen el privilegi de morir sense patir els estralls d’una agonia que transforma el caràcter, és una dada valuosa.
Dels condemnats a mort, per exemple, se n’acostuma a explicar l’últim àpat. I no cal ser víctima de pena capital per subratllar la importància de l’últim desig de menjar bé o el que més t’agrada. El meu oncle Joaquín va demanar, la nit abans de morir, que li preparessin un parell d’ous ferrats. És un detall menor d’una vida però, en canvi, n’explica millor el caràcter que segons quines dissertacions biogràfica. Digueu-me morbós, però són detalls que m’agrada saber quan descobreixo la vida d’algú que no conec a través d’un obituari o quan comparteixo la tristor d’haver perdut un conegut. I saber quin llibre estava llegint, quina cançó va escoltar per última vegada o quina pel·lícula va veure els humanitza. També és una manera d’apaivagar l’impacte de la mort i d’intentar contenir-ne l’ona expansiva. Recordo que quan em vaig assabentar de l’assassinat d’Olof Palme, fa més de quinze anys, quan vaig saber que l’havien matat sortint del cinema, el primer que vaig preguntar-me va ser quina pel·lícula havia anat a veure, com si això m’ajudés a digerir la notícia (parlo de memòria però crec que era Els germans de Mozart). I, a més a més, aquesta via d’informacions també podria renovar algunes preguntes tòpiques en els qüestionaris frívols, tan habituals a l’univers mediàtic.
L’altre dia, en un programa matinal d’emissora musical, encara vaig sentir la pregunta: “¿Què t’emportaries a una illa deserta?”. La podríem adaptar i, amb un esperit més macabre, preguntar: “Si t’haguessis de morir al llit, sense patir, ¿quin llibre t’agradaria estar llegint?” Avanço la meva resposta: el poema Tot l’enyor de demà, de Joan Salvat-Papasseit.

diumenge, 10 de març de 2019

vespasiano da bisticci, profeta


Tal y como Jen Campbell nos recuerda en The Bookshop Book, la llegada de los tipos móviles de Gutenberg, y con ellos de los primeros libros para «el mercado a gran escala», provocó que «Vespasiano da Bisticci, un famoso librero de Florencia, se indignara tanto con el hecho de que los libros ya no fueran a escribirse a mano que cerró su negocio en un ataque de rabia, convirtiéndose así en el primer individuo de la historia en profetizar la muerte de la industria del libro».

Shaun Bythell. Diario de un librero. Traducció de Antonio Lozano. Malpaso, 2018. P. 80.

dissabte, 9 de març de 2019

l'art de llegir


Pierpaolo Rovero. New York Reads.


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