Ramon Boixeda. Les beceroles successives. Edicions 62, 2019.
[Font: Francesc Serés @FrancescSeres]
Los niños deberían aprender a leer y a escribir no por medio de sustantivos (casa, mamá, árbol, montaña), sino de nombres: Luis, Susana, Juan, Filiberto. Si digo montaña, todo el mundo sabe de lo que hablo, imaginará una montaña y hasta podrá dibujarla, pero si digo Patricia, la gente preguntará: ¿Qué Patricia? Tan palabra es Patricia como montaña, tan existentes son las Patricias como las montañas, pero mientras todas las montañas se parecen entre sí, y por eso pueden dibujarse, ninguna Patricia se parece a otra. Aprender a escribir con vocablos que carecen de un referente preciso, que no remiten a ningún objeto y a ninguna idea y que, como las piedras de los ríos, han perdido su significado a fuerza de tanto frotamiento, les enseñaría a los niños a valorar el sinsentido de las palabras, a repetirlas sin más, con perplejidad o alegría, lo que afinaría su capacidad conjetural, idiomática y, de paso, su oído. Y para no caer en el abstraccionismo y dotar a los nombres de una seriedad fuera de toda duda, ahí están los nombres de los muertos. Las clases de escritura se trasladarían a los cementerios, donde los niños se pasearían entre las tumbas para deletrear y memorizar los nombres de los difuntos. Nada como esos nombres grabados en las lápidas (los más puros que hay, porque con ellos ya no se llama a nadie) para intimar con el sonido de las palabras, ese sonido que los actuales métodos de enseñanza de la escritura, basados enteramente en la equivalencia del signo escrito con la cosa que representa, subordinan demasiado pronto a la tiranía del concepto. Nada mejor que ellos, que resplandecen como una cosa autónoma conforme se apaga la memoria del difunto, para probar la arbitrariedad del lenguaje y recordarnos que, a pesar de la palabra montaña, ninguna montaña se parece a otra, que todo es diferente de todo y que la vida está hecha de nombres propios. Sólo esos nombres, al no tragarse la mentira de la equivalencia y de la semejanza, nos proporcionan a base de lenguaje la salida del lenguaje, el atisbo de la realidad del mundo.
Fabio Morábito. «Los nombres de los muertos». A: El idioma materno. SextoPiso, 2014. P. 27-28.
L’Antologia de Spoon River és això: un cor de veus que ens parlen des del cementeri. Més de dos-cents finats ens ofereixen, des de la tomba, una síntesi poètica del que ha estat la seva existència: una síntesi de vegades frustrada, de vegades enriolada, i d’altres vegades paradoxal, exemplar, amarga, venjativa o il·luminadora. Els morts que passen comptes amb la seva vida: aquest és el recurs a partir del qual Lee Masters traça el seu gran fresc de la vida en aquesta localitat imaginària que reconstrueix els pobles d’Illinois on Masters va néixer i créixer. Un llibre de poesia que té molt de novel·la coral i que té també una indubtable qualitat dramàtica.
Miquel Àngel Llauger. «Els morts de Spoon River ja parlen en català». Núvol. 18|6|2012.
Antologia de Spoon River. Traducció de Jaume Bosquet i Miquel Àngel Llauger. Llibres del segle, 2012.
ALEJANDRA VELÁZQUEZ
200 lápidas conforman el Cementerio de libros prohibidos en Kuwait
noticiasya
28|11|2018
[...] En agosto de este año, el gobierno de Kuwait admitió que tiene más de 4300 libros desde 2014 en su lista de libros prohibidos con títulos que van desde enciclopedias, novelas clásicas, literatura contemporánea y adaptaciones de cuentos infantiles de Disney.
Kuwait es el país con mayor nivel de alfabetización en la región árabe y fue también conocido como un templo y refugio para el arte, la ciencia y la intelectualidad, dándole hogar a artistas y pensadores que eran perseguidos en otros países.
[...] Mohammad Sharaf, diseñador, artista visual y activista realizó una pieza que prestó ante la prohibición de libros; una instalación situada en los terrenos aledaños a donde, año con año, se realiza la feria internacional del libro en Kuwait; ahí, Sharaf hizo un “cementerio de los libros prohibidos”.
Más de 200 lápidas rinden honor a obras como “El Infierno de Dante”, “El Jorobado de Notre Dame” y “Cien Años de Soledad”, libros clásicos y “vacas sagradas” de la literatura universal que, al igual que miles más, están prohibidos en el país por ser ofensivos, promover ideas paganas o insultar al islam, religión mayoritaria en Kuwait.
La pieza permaneció por horas mostrando las cientos de lápidas con su nombre y una flor. En la entrada, un escritorio con documentos y el sello de “extraído” reflejan cómo, cual si fuera una biblioteca fantasmal, los libros fueron “sacados” del país para ser enterrados.
La motivación para su obra, dice el artista, fue demostrar que se puede protestar de forma pacífica y, aunque sospecha que tendrá problemas legales por su arte, sabe que valió la pena y que logró crear conciencia en miles de personas.
FERNANDO IWASAKI
Paseo mundial por las tumbas de la cultura
El país semanal, núm. 2193
Habituados a los reportajes que invitan a los turistas a visitar museos, ciudades, monumentos, paraísos naturales e incluso restaurantes en países remotos y exóticos, deseo romper una lanza por un tipo de viaje que ninguna agencia o revista especializada recomendaría jamás. A saber, las peregrinaciones literarias hacia los cementerios donde se encuentran las tumbas de artistas, poetas y escritores. París atesora maravillas —todos lo sabemos—, pero el fetichista literario sabe además que en Montparnasse reposan Baudelaire, Cortázar, Cioran, Vallejo, Beckett, Ionesco, Susan Sontang y Carlos Fuentes; que en Montmatre puede visitar a Stendhal y Zola, o que en Père-Lachaise le aguardan Balzac, Proust, Oscar Wilde, Teresa Wilms, Isadora Duncan y Miguel Ángel Asturias, entre otras personalidades del cine, la música o la filosofía.
Para cualquier lector español de poesía sería un placer dejarle un lirio a Cernuda en Coyoacán (México), a Salinas en Ballajá (Puerto Rico) o a Machado en Collioure (Francia). Por otro lado, ciertas peregrinaciones literarias pueden hacernos recorrer largas distancias dentro de un mismo país porque en Chile Neruda está en Isla Negra, Huidobro en Cartagena, Donoso en Zapallar y Gabriela Mistral en Coquimbo, enormes distancias que nada tienen que ver con las que separan en Suiza las tumbas de Joyce en Zúrich, Borges en Ginebra y Nabokov en Montreux. Aunque, puestos a hacer kilómetros, le sugiero al devoto lector que una vez en Nueva York cumplimente a Melville en el Bronx, que baje un día hasta Baltimore para ver a Edgar Allan Poe y que apenas pueda suba hacia Providence para encenderle una vela negra a Howard Phillips Lovecraft.
No ha sido fácil disponer de un catálogo mundial de tumbas literarias, pues reconozco haberme perdido buscando a Pierre Loti por Hendaya y a Lafcadio Hearn en Tokio. Así, hasta hace poco una de las fuentes de consulta más útiles era el bellísimo Tumbas de poetas y pensadores (Siruela), de Cees Nooteboom, libro exquisito y constelado de maravillosas fotografías.
Sin embargo, acabo de descubrir una web extraordinaria —www.findgrave.com— que en realidad es una suerte de red social que desde 1995 ha levantado el inventario de más de 170.000 tumbas de celebridades, entre las que encontramos actores (4.680), actrices (3.007), arquitectos (1.780), abogados (283), exploradores (531), magos (13), músicos (4.944), criminales (761), filántropos (169), políticos (14.956), deportistas (6.015), científicos (1.468), hombres de negocios (1.313) y por supuesto poetas y escritores (4.164), entre otras categorías, donde no hay periodistas aunque sí animales famosos, pues gracias a www.findgrave.com he sabido que Rin-Tin-Tin está enterrado en Lile, Lassie en Los Ángeles, la mona Chita en Palm Harbor y la oveja Dolly en Edimburgo.
Al parecer, las tumbas más buscadas por viajeros y devotos son las de George Washington, Benjamin Franklin, William Shakespeare y Walt Disney —en ese orden—, pero por fin tenemos una cartografía de cementerios literarios y gracias a ella espero que otros peregrinos literarios peruanos puedan visitar al Inca Garcilaso en Montilla, a Aurora Cáceres en Madrid y al poeta brigadista Carlos Oquendo de Amat en Navacerrada.
Todo comenzó cuando Carol y Luis Garrido, dos admiradores de William Blake quisieron visitar su tumba, en Londres.
Allí, se dirigieron al cementerio de Bunhill Fields, en el centro de la capital, pero sólo encontraron una lápida que indica que los restos de William Blake y su esposa, Catherine Sophia, descansan "cerca de aquí".
Una inscripción "tan imprecisa", que la pareja, intrigada, quiso "conocer el lugar exacto", explicó Luis Garrido al diario británico The Guardian.
Luego de haber examinado archivos y planos durante dos años, la pareja consiguió dar con el lugar exacto en el que se encuentra la tumba olvidada del autor de "Jerusalem", muerto en 1827.
Un triunfo para esta pareja de admiradores del poeta. Luis Garrido, que creció en Portugal, confesó a The Guardian que había "decidido estudiar inglés expresamente para leer los poemas" de Blake.
La Blake Society realizó una recaudación de fondos y logró alcanzar 30.000 libras esterlinas, que sirvieron para financiar una lápida.
Esta se desveló este domingo, día del 191º aniversario de la muerte de William Blake, durante una ceremonia en presencia de sus admiradores, entre ellos los escritores Philip Pullman y Tracy Chevalier, así como el exarzobispo de Canterbury, Rowan Williams.
Admiradores del poeta William Blake hallan su tumba en Londres. El espectador. 12|8|2018.
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| Caterina Albert i Paradís, 11 de setembre 1869 - 27 de gener 1966. |
«El cementiri vell de l’Escala es va clausurar el 1970. El cos de Caterina Albert, traspassada el 1966, devia ser dels últims que va acollir. Tal com va escriure ella mateixa, el cementiri és “tot ell parat de blanc, color de pau”, amb un bon nombre de làpides pintades d’aquest color i, doncs, anònimes. El dia que hi vaig anar, la tramuntana havia tombat els testos, que reposaven a terra en un equilibri incert —com baldufes.
L’Escala ha anat envaint el cementiri amb indiferència, que és una forma de l’oblit. Avui dia ja no es troba als afores, sinó voltat d’apartaments, a pocs metres d’un càmping, d’un centre d’atenció primària i de la comissaria de policia. Les fileres són de dos nínxols, de vegades de tres: és un cementiri baix, en contrast amb l’altura dels edificis que l’envolten, que tenen les persianes abaixades i tot de cadires de plàstic al balcó esperant que arribi el bon temps.
Al costat de la porta, una inscripció l’anomena Cementiri marí. De seguida ve a la memòria el poema de Paul Valéry. Però al cementiri de l’Escala no hi sabem trobar “le calme des dieux”, ni pau, ni silenci, ni tan sols ombra. Algunes gavines el sobrevolen, però el mar amb prou feines es veu i el soroll que predomina és el dels cotxes que transiten pels carrers del voltant. Des de l’entrada, l’antiga perspectiva marina ha quedat anul·lada per un edifici d’apartaments. Els vius han anat envoltant els morts i els han tancat amb cadenat, com si no en volguessin saber res.
Caterina Albert no està enterrada a terra, ni en un panteó, sinó en el nínxol número 117, que reuneix tres làpides. La de baix és la més carregada; la del mig mostra una noia esculpida en relleu que recorda el Desconsol, l’estàtua de Josep Llimona. La làpida superior, la més austera, inclou tan sols el nom i cognoms de l’escriptora, el pseudònim entre parèntesi, la creu i unes branques esculpides en relleu. El nínxol no està situat de cara al mar, sinó de costat, apuntant a la casa més bonica del carrer Gregal, com si busqués la bellesa en una altra banda ara que el mar ha desaparegut del cementiri.
Caterina Albert va escriure narracions i va pintar quadres, però la recordem per la novel·la Solitud, que un segle després continua convocant l’interès del lector. La protagonista, Mila, recorda la Jane Eyre de Charlotte Brontë. Com ella, busca el seu lloc en una època difícil: és una dona que viu lluny de la família, sense ingressos propis, casada amb un cretí. Eren uns anys en què per assumir la solitud, és a dir, per separar-se del marit i iniciar un nou camí, calia que succeís algun fet funest, dels que Caterina Albert sabia narrar tan bé. De fet, el pseudònim de Víctor Català pot ser causat per la truculència d’algunes escenes, que van esverar els lectors de l’època quan encara no sabien que l’autor era una dona. En el cas de la Mila, l’escena truculenta és la gota que fa vessar el got. La novel·la acaba amb un acte de llibertat que és sobretot l’inici d’una aventura incerta: “Sense res més que la roba de l’esquena, la dona, èrtica i greu, amb el cap dret i els ulls ombrívols, emprengué sola la davallada”. El cap dret prové de la dignitat finalment manifestada, mentre que els ulls ombrívols deuen recordar el que ha succeït. La davallada de la muntanya no és fàcil, però la conduirà a una regió potser més benèvola, que l’autora s’estalvia de descriure. En la memòria del lector, la Mila es manté congelada en aquesta baixada simbòlica. A la novel·la, la muntanya ja no simbolitza la puresa d’esperit, com era el cas de Terra baixa, d’Àngel Guimerà, sinó el perill dels instints desbocats. Entenem que la Mila té possibilitats de trobar un lloc en una ciutat moderna i civilitzada, on és factible aprendre un ofici i redissenyar el futur.
Tal com va reconèixer l’autora, la muntanya que apareix a Solitud és una literaturització —una pirineïtzació— del massís del Montgrí, situat entre l’Escala i Torroella. L’ermita de Santa Caterina, aixecada en una petita vall interior, va inspirar la del llibre. El passejant que la visiti trobarà una vall humida, més aviat fosca, però tan sols haurà d’enfilar-se al turó situat a llevant per descobrir el Mediterrani, que hi és però no es veu a simple vista. Dels divuit capítols del llibre, el mar no apareix fins al catorzè. La Mila i el pastor pugen fins a la Creu, des d’on albiren una àmplia perspectiva dels encontorns. És a la Creu on la Mila veu per primera vegada aquella gran extensió d’aigua de la qual ha sentit a parlar tant: “La mar! La cosa mai vista…! La mar gran dels peixos, dels naufragis, de les serenes, de les grotes virolades, de les petxinetes i llerons…!” Però vist des de la muntanya, el mar no és com ella l’esperava, no “es retirava de res amb la mar gran de sa imaginació, plena de faules portentoses”.
És en el mateix capítol catorzè quan es produeix una altra gran desil·lusió, ja que la Mila descobreix que el pastor, pel qual sentia una certa inclinació sentimental, té seixanta-tres anys, i per tant deixa de ser una alternativa plausible al cretí del seu marit. Finalment, és en aquest capítol quan veuen de lluny el poble de Murons, estès el peu de la muntanya. Per a la Mila, és una vila antiga, pròspera i matisada. Per al pastor, en canvi, representa el pecat: “Ah! Les viles, les viles…! Que en fan de mal, al món! Cataus de pesta i de dolenteria… M’estimi més un roc de la muntanya que tot aquei sementer de cases… Sense les viles cauria pas tant d’animeta a l’infern, ni viurien pas amb tant desassossec les familis…”
Qui sap si la Mila va trobar finalment el seu lloc, o si va sofrir noves proves i nous dolors. Mentrestant, al cementiri vell de l’Escala, el mar ha estat ocultat per la ciutat. Ara ja no cal anar a buscar-la; és ella la que s’alça per espiar a tocar dels murs emblanquinats».
Vicenç Pagès Jordà. «Caterina Albert. El mar i la ciutat». A: Tombes i lletres. Judit Pujadó & Xavier Cortadellas (coord.); fotografies de Judit Pujadó i Eduard Punset. Sidillà, 2011. P. 55-57.
Cees Nooteboom, que ha viajado por todos los continentes y ha recorrido el mundo de la literatura, visita a sus «muertos amados» allá donde se encuentren para entablar diálogos con ellos, para verificar sus palabras, su inmortalidad. Peregrinó a la tumba de Neruda en Chile, a las de Vallejo y Cortázar en París, a la de Antonio Machado en Collioure, a la de Stevenson en Samoa y a la de Kawabata en Japón; a las de Keats y Shelley en Roma, en el «cementerio de los extranjeros», donde también reposan el hijo de Goethe y uno de los hijos de Wilhelm von Humboldt; a las de Thomas Mann, James Joyce y Elias Canetti en Zurich; a las de Balzac, Proust y Nerval en el cementerio de Père Lachaise de París; a las de Brecht y Hegel, que están enterrados en un pequeño camposanto en Berlín. Las reflexiones que ha despertado en él esta gran variedad de las últimas moradas de grandes poetas y pensadores, los versos y palabras que le han inspirado son, como siempre en Nooteboom, merecedores de ser leídos y extremadamente sugerentes.
L’amor no cau mai. Clementina Arderiu i Carles Riba van fer esculpir aquesta divisa a la tomba del cementiri de Sarrià on reposen. A Tombes i lletres els homenatgem, juntament amb 40 escriptors més de la nostra literatura, clàssics o en camí de convertir-se’n. Hem buscat les tombes de tots ells arreu dels Països Catalans, les hem fotografiades i hem convidat 41 autors a escriure un text. El resultat és aquest llibre, 41 textos que parlen de cadascun d’ells, plens d’històries, de records, de versos, de ficcions i, sobretot, de reconeixements. Perquè la gent morim, però els escrits queden. És per això que el lloc on reposa algú capaç d’imaginar un món propi i capaç de fer-lo arribar i sentir als lectors, no és mai un lloc mort, és un lloc de silenci ple de paraules que podran reviure un i mil altre cops.
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| 24 d'agost 1899 - 14 de juny 1986 |
«Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas», escribió Borges en una inolvidable parábola acerca de sí mismo y de su propia escisión, tal vez la más grande y la más poética página que se haya escrito jamás sobre la relación que existe entre vivir y escribir. El autor de ese apólogo, que habla en primera persona, dice no ser el famoso escritor que aparece en todos los diccionarios biográficos del mundo y en las cubiertas de muchos libros...
[...]¿Quién de ellos es el que ha muerto hace algunas horas?, ¿el anónimo y melancólico señor del bastón, que tal vez no conoció el amor y se perdía en los meandros de las calles y de la tarde, desapareciendo en la sombra como un día que se acaba?, ¿o bien el autor de libros que, jugando inexorablemente con las nostalgias de aquel desconocido, nos ha proporcionado la ilusión de que algunos volúmenes, con sus lomos bien encuadernados que relucen en un anaquel, pueden justificar una vida inalcanzable en su misterio? Los teletipos han anunciado al mundo la muerte del actor, de quien expresaba la pasión del hombre, del desconocido héroe de la historia, el gusto por el café o por Stevenson, no sin contaminar esas predilecciones con una punta de falsedad, y las necrologías hacen referencia también al otro, al protagonista de las voces de las enciclopedias y de los ensayos críticos. Éste seguro que se habría divertido viendo las pruebas generales o asistiendo al estreno del duelo por su fallecimiento. Del frágil individuo de ochenta y siete años —de sus miedos, de sus pesares, del frío o del sudor de sus últimas horas— no se puede decir ni imaginar nada.
Toda la obra de Borges está impregnada por la melancólica conciencia de que la literatura no puede salvar la vida y de que un poeta, en una poesía acerca de un tigre, sólo consigue decir «palabras, palabras, palabras», un tigre de sílabas y de papel, y busca en vano al otro tigre, al que no está en el verso sino en la selva.
Pero Borges es grande precisamente porque logra evocar la vida, su plenitud y su vanidad, expresando la falta de adecuación de la literatura para representarla y haciendo propia esa inadecuación, asumiendo todos los riesgos del vacío y la aridez y consiguiendo así expresar la verdad de la ausencia moderna, del significado que no se deja atrapar y de las cosas que no se dejan aferrar.
[...] Se ha ensalzado a Borges como a un funámbulo del artificio y a un prestidigitador de la relojería literaria y los mecanismos literarios que se tienen como fin a sí mismos. Ésa es una mala pasada que el sapiente actor, para distraer su melancolía, ha jugado a muchos de sus émulos y admiradores, sofisticados, es decir, toscos y destinados a simular miserablemente la dolorosa e irónica ambivalencia de su poesía, que parece fácil de imitar como la kafkiana, pero al igual que ésta es inimitable y no muestra desde luego el triunfo coqueto del sofisma, sino la aventura y el extravío de la inteligencia en la trama elemental del mundo.
El mismo Borges, en muchas páginas repetitivas, se parece a sus flojos plagiarios; no es ciertamente un intelectual y ni siquiera es verdaderamente culto, porque su enorme erudición es un centón de motivos más acumulados que verdaderamente asimilados, pero sabe ser, a ratos, un gran poeta de lo elemental, de esa sencillez suprapersonal que nos afecta a todos y cada uno, y sabe expresar la luz de una tarde, la caída de la lluvia, la cercanía del sueño, la sombra de la casa natal o la frescura del agua que regocija en un espléndido relato, las especulaciones de Averroes.
[...] La vida de Borges parece toda ella resumida en su escritura, en una bibliografía: su nacimiento en Buenos Aires, sus estudios en Europa, el culto de las memorias patrióticas y militares argentinas, su breve compromiso vanguardista pronto abandonado en favor de un escéptico clasicismo, la redacción de sus obras maestras dedicadas a los laberintos de la existencia, a las paradojas metafísicas, a la repetición circular del acaecer, a la épica de los suburbios bonaerenses. Pero su muerte nos impresiona, más que como un luto por la literatura, como la muerte de ese Cada Uno de las representaciones sagradas medievales. Nos lleva a pensar, como no ocurre con otros escritores, en nuestra vida, en nuestro amor y nuestra muerte.
Su desaparición no induce a escribir necrologías edificantes ni a atribuirle todas las virtudes. Tenía sus miopes y estrechas durezas de reaccionario, sus cerrazones, pecados y miserias de las que responder a sus dioses. Pero todo eso le hace ser hermano nuestro, espejo de nuestro destino. Hace algunos años, en Venecia, se sentía embarazado cuando le daban las gracias por lo que había escrito; sabía que no podía vanagloriarse de sus palabras y que la grandeza de su obra, misteriosa y tal vez casualmente conseguida por el otro, por el actor, formaba ya parte del mundo y no le pertenecía a él más qua a mí o a cualquier otro. En sus últimos años, la gran libertad de la vejez le llevaba a disfrutar incluso con las chucherías de la vida, a haraganear por premios y congresos literarios incluso de escaso interés, regocijándose con los huecos de tiempo que le quedaban y persiguiendo esa cosa infinita e irrecuperable que todo hombre, como él había escrito, sabe que ha recibido y perdido.
1986
Claudio Magris. «La literatura no salva la vida. En la muerte de Borges». A: Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad. Traducció de J.A. González Sainz. Anagrama, 2001. P. 47- 54.
L’Antologia de Spoon River és això: un cor de veus que ens parlen des del cementeri. Més de dos-cents finats ens ofereixen, des de la tomba, una síntesi poètica del que ha estat la seva existència: una síntesi de vegades frustrada, de vegades enriolada, i d’altres vegades paradoxal, exemplar, amarga, venjativa o il·luminadora. Els morts que passen comptes amb la seva vida: aquest és el recurs a partir del qual Lee Masters traça el seu gran fresc de la vida en aquesta localitat imaginària que reconstrueix els pobles d’Illinois on Masters va néixer i créixer. Un llibre de poesia que té molt de novel·la coral i que té també una indubtable qualitat dramàtica.
Miquel Àngel LLauger. «Els morts de Spoon River ja parlen en català». Núvol. 18|6|2012.
Edgar Lee Masters. Antologia de Spoon River. Traducció de Jaume Bosquet i Miquel Àngel Llauger. Llibres del segle, 2012.
«En efecte, el nínxol té un dit de pols. Els racons acumulen triangles menuts de terra compacta, però ni més ni menys que l'any passat, i que l'anterior. Trec un clínex de la bossa i el passo amb dos dits pel solc de les lletres que diuen el nom de ma mare, unes lletres de pal que regalimen granets de sorra minúsculs, penso, com de platja.-A on vas amb mocadorets, dona? Que vols un drap?L'Àngela de ca l'Alegre s'acosta armada amb un raspall d'escombra, porta un pulveritzador a punt de disparar i li pengen dos draps de cada espatlla.-Que no t'ha donat re, ta tieta, per llimpiar?No tinc temps de dir ai, que ja està fent raspallades a la superfície de la làpida, aixecant un núvol localitzat de pols. Té, veus?, i ara aplica quatre ruixades disperses d'un líquid rosenc: Això va molt bé, mira, i la creu, ara ho veuràs. Agafa el drap i comença a treure un llustre enèrgic dels paral·lelepípedes de la creu: Mira, mira, com brille, mira: noveta, semble, i les argolles, veus? Flas, flas, ruixa el coll d'una de les anelles, i ara l'altra, i els treu la lluïssor que m'imagino que ni fa vint-i-sis anys, el matí de maig que s'estrenaven, no havien tingut.»
Marta Rojals. Primavera, estiu, etcètera. La Magrana, 2011. P. 10.
“Fue abogado en ejercicio, político ultraconservador y alcanzó a ser proclamado secretario de la Real Academia de Buenas Letras, mantenedor de los Juegos Florales, concejal del Ayuntamiento de Barcelona y miembro de la Junta de Cementerios y de la Associació Catalanista d’Excursions Científiques Locals. Historió la supresión de los cementerios parroquiales dispuesta por el obispo Climent (…). Toda esta actitud mental fue complementada por los tratados de botánica funeraria y de derecho funerario”. (Joan Perucho. "La defunción de Barallat". La Vanguardia, 18-3-2002)
“La aportación definitiva o inmortal de Celestino Barallat fue que en los cementerios no se deben plantar árboles frutales como los manzanos, perales, naranjos, mandarinos, higueras, albaricoques, cerezos, nísperos, ciruelos, palosantos, etcétera. Pues ingestionar sus frutos podría dar lugar a la absorción de los jugos sagrados, o de las esencias vitales, de nuestros abuelos o antepasados. Fue muy aplaudida la disposición tras su lectura en la Real Academia de Buenas Letras de la ciudad de Barcelona”.