divendres, 31 de gener de 2020

l'autèntica diversió (la gràcia que té)


Supongo que nadie empieza a leer para convertirse en profesor o en crítico literario o en escritor. No entiendo por qué la idea de entretención ha llegado a significar, para buena parte de los lectores, banalidad. Está más que claro que no nos entretenemos todos con lo mismo. Cuando digo que una novela de Roberto Ampuero me parece aburrida, quiero decir exactamente eso: que leyéndola me aburrí. Y seguro que alguien podría objetar mi idea de la entretención. Hace tres años, por ejemplo, dejó de gustarme la literatura. Yo sé que esto suena muy dramático, pero qué le vamos a hacer, así fue, no sé cuánto duró, quizás dos meses. Llevaba casi una década escribiendo en la prensa chilena, primero en un diario, luego en otro y otro: como estamos en Chile, donde hay más o menos tres diarios y aproximadamente dos revistas, durante esos diez años escribí en toda la prensa chilena. Al comienzo era un trabajo ideal, pero se fue volviendo cada vez menos placentero: ya no toleraba la obligación de estar al día, pero sobre todo esa sensación de que, más temprano que tarde, lo que leía desembocaría en un texto. Había convertido el ocio en negocio, en obligación. Había contaminado irremediablemente el espacio de la lectura y de la escritura. Porque las columnas de cada domingo eran mis controles de lectura, mis pruebas coeficiente dos, mis exámenes semanales. Leía para opinar, para tener algo que decir a la hora del postre.
Dejé de escribir en diarios, y fue una de las mejores decisiones que he tomado en la vida. Necesitaba despojar el espacio de la lectura de toda pulsión obligatoria. A partir de entonces volví a ser un lector caprichoso, y abandoné la costumbre de terminar, a como diera lugar, los libros. Me da vergüenza decirlo así, es muy sencillo, es el criterio más sencillo imaginable, el más visceral: si me aburro, lo dejo. Por supuesto que es difícil establecer de qué me aburro, pero lo cierto es que apenas me aburro cierro el libro, probablemente para siempre.
Lo que ahora espero, como lector, es justo lo que buscaba a los nueve años: no aburrirme. Puedo decirlo de manera un poco más sofisticada: lo que busco es olvidar que estoy leyendo. Olvidarme de mí, y como soy escritor supongo que eso pasa, también, por olvidarme de que soy escritor. Lo que busco es caer en la trampa, y para ello es necesario que no sea capaz de reconocerla. Supongo que, en más de un sentido, estoy maleado, corrompido por la literatura, pero también pienso que adivino la trampa porque esos libros fueron escritos con trampa.
Como sea, me resisto a pensar que ahora soy, en esencia, mejor que el niño que a los nueve años leyó El niño que enloqueció de amor. Ahora mismo voy a releer, por primera vez, esa novela. Quiero que de nuevo me guste. Quiero que no me aburra. Quiero que me haga llorar.

Alejandro Zambra. «El niño que enloqueció de amor». A: Tema libre. Anagrama, 2019. P. 35-36.

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