dimarts, 17 de maig de 2011

els llibres de lula (i 2)

Al año siguiente, la lectura de Mi vida, la autobiografía de Isadora Duncan, me arrebató como un huracán. Me entraron ganas de agarrar a toda mi familia del brazo y levármela a conocer Chicago, París y Grecia. Sentí una enfermiza atracción por el resplandor mágico de las salas de concierto y por el hambre en las pensiones de mala muerte. Incluso llegué a crear una escuela de danza en mi barrio. Durante una semana, recurrí a la astucia y a la corrupción para conseguir reunir un puñado de encantadores niños, adornados con servilletas plegadas, que brincaban desesperadamente en nuestro jardín.
Al inicio de la adolescencia, se produce un cambio brusco en nosotros, relacionado con los libros y con lo que éstos nos aportan. El niño ya no desea sino verse arrastrado a multitud de aventuras exteriores. De pronto, las historietas, los tebeos nos resultan “pobres”, ya no nos satisfacen. Una corriente nos arrastra a las aventuras más enriquecedoras y más graves del alma. Ese cambio se produjo en mí hacia los trece años, cuando descubrí a los grandes escritores rusos. Dostoievski me abrió las puertas de un dominio inmenso y desconocido. Llevaba años viendo sus libros en los anaqueles de la Biblioteca Municipal, pero, al hojearlos, me descorazonaban los nombres enrevesados de sus personajes y los caracteres tan pequeños en que estaban impresos. Cuando por fin me decidí a leerle, sentí una emoción inolvidable, emoción que aún hoy me trastorna cada vez que abro uno de sus libros. Algo semejante al estupor, pues los veranos sofocantes e indolentes de Rusia, las aldeas recónditas de la estepa, los abueletes adormilados junto a la estufa, rodeados de niños, los inviernos blancos de San Petersburgo, todo me resulta tan familiar como la tierra en que nací. A veces pienso que la grandeza de los escritores rusos consiste en haber aceptado, más que los demás, nuestra condición vital. Ellos miran la vida como un todo, como una unidad, y saben, sin dejarse llevar jamás por el cinismo, que la muerte es inevitable.
Mi admiración por la literatura francesa no nació de manera tan violenta. Al contrario. No me gustó Madame Bovary cuando la leí por primera vez, como tampoco me gustaron las novelas de Stendhal. Tuve que releerlas varias veces para llegar a admirarlas. La poesía de Baudelaire está ligada a cualquier tipo de bebida que tuviese a mano; sentarse en la cocina con los pies apoyados sobre el hornillo, una botella de jerez al lado, y leer las flores del mal, es la mejor manera que conozco de pasar una velada invernal. Proust requiere algo distinto. Lo suyo (aunque no resulte posible ni creíble) sería leerlo de un tirón, en un estado de absoluta sobriedad. Un mar tropical, y la vida aprehendida en sus profundidades, resplandeciente y extraña, ése es su universo. Y ese anhelo suyo de describir con minuciosidad cada detalle de lun hecho sostiene su obra hasta el final, y la convierte en un fenómeno arquitectónico. La traducción que yo leí, la de Moncrieff, preserva a la perfección el estilo original.
La lengua alemana parece más difícil de traducir, al menos en verso. Tal vez por eso, soy más sensible a la prosa de Goethe que a sus poemas. Lo mismo me ocurre con Rilke. Los cuadernos de Malte Lurids, Bridgge y las Cartas a un joven poeta son, para cualquier escritor novel, libros de referencia.
Entre las novelas inglesas, siento preferencia por Cumbres borrascosas. Recuerdo las de Walter Scott con una mueca de hastío, supongo que porque me las hicieron leer en el colegio, y eran el tema de todos nuestros exámenes. Por el contrario, ningún libro de D.H.Lawrence me ha aburrido nunca. El descubrimiento, a los dieciséis años de Hijos y amantes fue como un cepo para mí. Soñé con escribir una novela similar. Incluso estuve varios meses trabajando penosamente en ella. Más o menos por la misma época, descubrí a Katherine Mansfield y a Ernest Hemingway. La extraña belleza de los relatos de Mansfield es como la música de un piano que suena a lo lejos y cesa bruscamente en medio de una frase, dejándote en un estado de impaciencia y de tristeza inexplicable. En cuanto a Las nieves del Kilimanjaro, de Hemingway, brillan para mí como una señal. Me alegro de haber esperado hasta los dieciocho años para leer Muerte en Venecia, y de haber conocido a Joyce en el colegio, a través de Los muertos, antes de leer Ulises. Las últimas páginas de Moby Dick de Melville también son inolvidables.
Sus primeras palabras: “Llamadme Ismael”, resuenan en el lector mucho tiempo después de haberlas leído. La sombría elegancia del estilo de Hawtorne posee el hechizo de un sol invernal que entra por una ventana con cristales de colores. Wal Whitman es igualmente inolvidable. Y, entre los escriotres del Sur, es con Thomas Wolfe con quien más apasionadamente estoy en deuda. Respecto a Faulkner, la lectura de El ruido y la furia cambió mi manera de pensar.
Buscando así, al azart, uno se da cuenta de que ciertos libros son inclasificables. Como Las tres vidas, de Gertrude Stein, unos relatos extensos, sorprendentes tanto en el plano técnico como en el plano emocional. En mi opinión, ninguna obra ha logrado captar mejor que “Melancta” (uno de esos relatos) la música y la sutileza del lenguaje y del pensamiento de la comunidad negra. Inclasificable, asimismo, es Isak Dinasen, novelista danesa que escribió en inglés, cuyos Siete cuentos góticos poseen la belleza altiva y helada de las flores de escarcha sobre un vidrio.
Éstos son los libros que recuerdo hoy por hoy. “Recordar” no es, sin embargo, la expresión correcta, pues implica una posibilidad de olvido, cuando, en realidad, los libros que hemos amado forman parte de nosotros, como un músculo o un nervio. Buscando así, al azar, tan sólo podemos revisar por encima los que, de una u otra manera, contaron para nosotros. He olvidado citar uno, lo sé, que hace años no me interesaba en absoluto pero que ahora leo casi cada noche: la Biblia. Otro libro que, sin duda, merece ser recordado.
Harper’s Bazaar, 1 de abril de 1941

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