dijous, 19 de maig de 2011

reeves

Josyane Savigneau. Carson McCullers: un corazón juvenil. Circe, 1997.

En junio [1935], al regresar [a Columbus], conocí a Reeves McCullers en casa de Edwin Peacock. La primera vez que le vi sufrí una auténtica conmoción, conmoción ante la belleza en estado puro. Reeves era el hombre más hermoso que yo había visto en mi vida. Nos habló de Marx y Engels, así que enseguida me di cuenta de que era de izquierdas [liberal], algo muy importante, a mis ojos, en una comunidad atrasada del Sur. Los tres pasamos varios días juntos, y una noche en que estábamos solos, Reeves me llevó a casa, me encontré a mis padres tremendamente angustiados, pues eran las dos de la mañana. Afortunadamente, mi madre también estaba prendada de Reeves, que, entre otras cosas, solía llevarle con frecuencia algunos discos.
Por aquel entonces, Reeves estaba en el Ejército, en Fort Benning, Georgia. A los dos nos gustaba hacer deporte, y Reeves solía birlarle la bicicleta a Edwin para ir juntos al campamento scout, que estaba a unas treinta millas. Mamá nos preparaba comida, y los dos rodábamos juntos por aquellos caminos, parándonos de cuando en cuando a matar el gusanillo. A él le apasionaba el ajedrez, así que, después de darnos un chapuzón en el agua oscura y fría, echábamos una partida (que él siempre ganaba). Después volvíamos a bañarnos y emprendíamos el largo camino de regreso.
Yo tenía dieciocho años, y él era mi primer amor.






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