dimecres, 29 de maig de 2013

cròniques berlineses

Per a en Ramon Ferrer.

Este volumen reúne una selección de los artículos que Joseph Roth dedicó al Berlín de los años veinte. En ellos el novelista y periodista recrea con mano maestra la peculiar atmósfera que reinaba en la capital alemana durante la República de Weimar. Ningún ambiente de la ciudad le es ajeno, se interesa tanto por los grandes almacenes, los parques públicos y la naciente industria del espectaculo como por los medios de transporte, los barrios pobres en los que vivían los inmigrantes judíos, los baños turcos y los garitos frecuentados por delincuentes de medio pelo. «Yo dibujo el rostro del tiempo» afirmó en una ocasión refiriéndose a su cometido como reportero. Nada más cierto: de la lectura de estos textos, en su gran mayoría inéditos en castellano, escritos entre 1920 y 1933 y publicados en distintos periódicos, emerge el poderoso retrato de una metrópoli inquieta y deslumbrante en uno de los momentos más críticos de su historia. [De la contracoberta]

*   *   *
«LO QUE VEO es el rasgo ridículamente anodino en la faz de la calle y del día. Un caballo que, con la cabeza gacha, busca en el interior de un saco lleno de avena, está sujeto a un carruaje e ignora que en el principio de los tiempos los caballos venían al mundo sin carruajes; un niño que juega con unas canicas en el borde de la acera, observa el metódico follón de los adultos y, colmado del instinto de lo inútil, no sospecha que representa el súmmum de la creación, sino que, por el contrario, ansía alcanzar la edad adulta; y un guardia que cree ser la única cesura en la confusión del acontecer y el pilar de no sé qué poder regulador. Enemigo de la calle y puesto allí para vigilarla y cobrar el debido tributo a su sentido del  orden. Veo a una muchacha en el marco de una ventana abierta, que es parte de la pared y anhela liberarse de su abrazo, que es su mundo. Un hombre que, confinado a las sombras de un anguloso lugar recoge trocitos de papel y colillas. En lo alto de la calle, como lema de la misma, un soporte publicitario en forma de columna, encima una pequeña veleta que cambia de opinión según el viento. Un hombre grueso, con un puro y una americana clara, que parece la encarnación de una mancha de grasa en un día de verano. La terraza de un café, sembrada de las damas más variopintas aguardando a que alguien las recoja. Camareros vestidos de blanco, porteros vestidos de azul, vendedores de periódicos, un hotel, un ascensorista, un negro.
Lo que veo es el hombre anciano con la fina trompeta de falsete, de hojalata, en el Kurfürstendamm. Un mendigo cuya tragedia llama tanto la atención porque no hace ruido. La trompeta de falsete, la pequeña trompeta de hojalata, es a veces más potente y surte más efecto que todo el Kurfürstendamm. Y el ademán de un camarero en la terraza del café que quiere matar una mosca es más trascendental que los destinos de todos los clientes de la terraza. La mosca ha logrado escapar, y el camarero se lleva una desilusión. ¿Por qué, oh camarero, tanta hostilidad con una mosca? Un mutilado de guerra que ha encontrado una lima para las uñas. Alguien, una dama, ha perdido la lima en el lugar que ahora ocupa el mutilado. El mendigo empieza a limarse las uñas. Con esta casualidad, que ha puesto en sus manos una lima, y el gesto trivial de limarse las uñas, ha ascendido simbólicamente mil niveles en el escalafón social. Un perro que se apresura tras la pelota que unos niños hacen volar y se detiene ante el objeto que descansa inerte en el suelo, sin alcanzar a comprender cómo un chisme de goma tan absurdo y descabellado es capaz de dar botes de manera tan graciosa y animada, es el héroe de un drama pasajero. Sólo son importantes las pequeñas cosas de la vida.
¿Qué me importa, a mí, paseante que marcha en diagonal por un avanzado día de primavera, la gran tragedia de la historia universal que recogen los editoriales de los periódicos? Ni siquiera me importa el destino de un hombre que podría ser el héroe de una tragedia, de un hombre que ha perdido a su mujer o recibido una herencia, de un hombre que engaña a su esposa o que guarda relación, a fin de cuentas, con cualquier cosa patética. En vista de los acontecimientos microscópicos, todo pathos es en vano, se pierde sin sentido. Lo diminuto de las partes impresiona más que la monumentalidad del conjunto. Ya no necesito los gestos ampulosos, que intentan abarcarlo todo, del héroe del teatro universal. Yo soy un paseante.»

Joseph Roth. «Paseo». A: Crónicas berlinesas. Traducció de Juan de Sola Llovet. Minúscula, 2006. P. 13-15.



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