dimecres, 2 de juliol de 2014

sala de le tura públ c



...y luego fuimos a la biblioteca, que se encontraba en el edificio del ayuntamiento. A un lado de la puerta principal, en las ventanas, se leían las letras: SERV CIO DE SEÑ RAS. Al otro lado se leía SALA DE LE TURA PÚBL C. Las letras que faltaban nunca habían sido sustituidas. Todo el mundo había aprendido a leer las palabras sin ellas.
Junto a la puerta había una cuerda; colgaba de la campana que había debajo de la cúpula, y en el letrero marronáceo que había al lado se leía: «100 dolares de multa por uso indebido». 
En las ventanas del servicio de señoras se sentaban las mujeres de los granjeros, con sus pañuelos y chanclos de goma, a esperar que sus maridos pasaran a recogerlas. En la biblioteca casi nunca había nadie aparte de la bibliotecaria, Bella Phippen, sorda como una tapia y coja como consecuencia de la polio. El concejo municipal le había ofrecido el cargo de bibliotecaria porque nunca habría conseguido un empleo como era debido. Se pasaba la mayor parte del tiempo en una especie de nido que se había construido detrás del escritorio, con cojines, mantas afganas, latas de galletas, un hornillo eléctrico, una tetera y una maraña de bonitas cintas. Su hobby era confeccionar alfileteros. Todos eran iguales: una muñeca Kewpie vestida con esas cintas, que formaban una falda de aro sobre el alfiletero en sí. Regalaba uno a cada chica que se casaba en Jubilee.
Una vez le pregunté dónde podía encontrar algo, y rodeó el escritorio arrastrándose, cojeó pesadamente a lo largo de los estantes y regresó con un libro. Me lo dio, diciendo con la voz fuerte y solitaria del sordo:
—Ahí tienes un libro precioso.
¿Era The Winning of Barbara Worth?
La biblioteca estaba llena de libros como ese. Eran libros viejos, de color azul, verde o marrón apagado, con las cubiertas ligeramente emblandecidas y sueltas.
[...] En la biblioteca me sentía feliz. Las paredes de páginas impresas, prueba de tantos mundos creados, eran un consuelo para mí. Todo lo contrario le pasaba a Naomi, a quien la visión de tantos libros la agobiaba, produciéndole una sensación de opresión y recelo. Ella solía leer libros de misterio infantiles, pero al hacerse mayor había perdido la costumbre. Era lo normal en Jubilee; la lectura era como mascar chicle, un hábito que se abandonaba cuando la seriedad y las satisfacciones de la vida adulta tomaban el relevo. Sobre todo persistía entre las mujeres solteras, pero habría sido vergonzoso en un hombre.

Alice Munro. La vida de las mujeres. Traducció de Aurora Echevarría. Lumen, 2011. P. 174-176.

[Font: Librosfera]


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