dimecres, 15 d’octubre de 2014

la història clínica


Esta obra excepcional recoge y estudia ejemplos de historias clínicas representativas de distintas épocas, desde la Grecia clásica hasta principios del siglo veinte. Su análisis permite penetrar en el pensamiento médico de los respectivos autores. La historia de un tema concreto se convierte así en el hilo que conduce a un profundo estudio de la evolución de las ideas médicas a lo largo de los siglos y aclara genéticamente la naturaleza misma de la medicina.
Publicada por primera vez en 1950, La historia clínica supuso la consagración profesional de Laín Entralgo y se convirtió en el gran modelo de una forma de hacer historia que superaba la acumulación erudita de datos con un planteamiento historiográfico capaz de desvelar los fundamentos en que se apoyan la teoría y la práctica de la medicina. Se lograba así un conocimiento del pasado que daba cuenta intelectual de la realidad y contribuía con ello a la edificación del presente, una historia capaz de iluminar y fundamentar la reflexión teórica sobre el documento esencial de la práctica clínica, tal como apunta el propio subtítulo del libro: Historia y teoría del relato patográfico. Este original y fecundo planteamiento fue el punto de partida de todo el trabajo historico-médico desarrollado posteriormente por Laín.

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Alguns exemples:

Johannes Baptista Montanus  (1498 – 1551) (p. 113).
Melancolía y apetito canino. Caso expuesto por Frisimelica. Nos muestra a un joven melancólico, blandamente educado en su primera edad, al cual de había permitido vivir a su arbitrio. Ha procedido pues, hasta ahora, según su voluntad, comiendo desordenadamente, trasladándose de acá para allá, ora de caza, ya de pesca; en lo más caluroso del estío y con lluvias, frios o tempestades. A veces, acalorado en exceso, se sumergía en aguas extremadamente frías, persiguiendo aves y otros animales. Ha cultivado con frecuencia a Venus: tuvo amores con varias mujeres, de las cuales se sospecha que le hayan dado bebedizos amatorios. Como, además, ha perdido mucho dinero en el juego, cayó en preocupación y ansiedad. Como quiera que sea, padece de melancolía, puesto que delira. Los ilustres médicos que le trataron en Venecia le purgaron cuidadosamente con eléboro y con otros medicamentos; pero de nada sirvió todo ello, y hasta creyeron que moriría. A lo ya expuesto, siguieron, en efecto, síntomas más graves: deliró más, padecía temores y vociferaba noche y día cosas sin sentido. Además, sufría de hambre muy extremada; y de tal modo reclamaba la comida, que la arrancaba de las manos furiosamente, con clamor y estrépito, y descansaba una vez se la habían ofrecido. Unanse a esto sus hábitos desordenados: no puede contenerse ni reposar, quiere huir y vagar de un lado para otro. Por otra parte, no depone, si no es con clister, mediante el cual vimos ayer que eliminó gran cantidad de excrementos pituitosos. Duerme, por lo demás, y no golpea ni daña a nadie. Está en los veintidós años de edad.

Thomas Sydenham (1624 - 1689) (p. 168).
Una dama tan honesta por su nacimiento como por sus costumbres, me llamó hace poco para tratarla. Después de un parto, se levantó del lecho antes de tiempo, cesaron los loquios y comenzó a sufrir espasmos histéricos. Traté de provocar el flujo loquial con los medicamentos antes indicados; pero en vano: la violenta afección histérica resistía al tratamiento. Pensé, pues, que para prevenir su salvación lo mejor era no hacer nada y encomendar todo al tiempo, clemente príncipe y corifeo de los médicos. Mi consejo le fué muy bien hasta el día décimocuarto: la visitaba a diario, y ni una sola vez la encontré peor que la vez precedente. Después de ese día, ciertas mujercillas que la asistían, y a las cuales había yo impedido, no sin esfuerzo, que, con idea de ayudarla, perjudicasen a la enferma, impulsaron al marido a que sin demora hiciese sangrar a su esposa por una vena del pie. Hecho esto, aumentaron tanto los paroxismos histéricos, que a las pocas horas sobrevinieron espasmos; y no más tarde que el día siguiente, la muerte, descanso de toda pena.

Rudolf Allers (1883-1963) (p. 616)
Una mujer de cuarenta y cinco años se lamenta de que sólo puede tomar el alimento en pequeñas cantidades; nunca puede ingerir toda la comida; no soporta alimentos sólidos, porque todo intento le produce malestar y vómitos. Por consejo de su médico se efectuó una radioscopia, basándose en la cual se le recomendó una operación, puesto que presentaba un estómago en reloj de arena y otros trastornos. No obstante, por un motivo que no hace al caso, la enferma, antes de aceptar la operación, prefirió solicitar mi opinión. Adquirí la impresión de que se trataba de una personalidad sumamente neurótica, con tendencia a lamentarse y a llorar, y que el centro de sus pensamientos era su propia persona, mientras que sus molestias anímicas y corporales giraban en torno a sus relaciones con su esposo. La idea de que, a pesar de los trastornos, indudablemente orgánicos, pudiera tratarse de una neurosis, quedó fortificada cuando la paciente me comunicó que sufría, con frecuencia, desvanecimientos, tanto en su casa como en lugares públicos, en sociedad o a solas; de modo que su esposo, al regresar al hogar, la encontraba, con frecuencia, tendida en el suelo, en la cocina o en el vestíbulo. Como el internista citado a consulta no consideró excluída la psicogénesis, se decidió intentar primero una psicoterapia, que en el transcurso de tres meses consiguió una curación completa. No es posible exponer detalladamente la estructura de su neurosis; el sentido del "arrangement" neurótico resultó hallarse en una actitud de lucha contra el marido. Por motivos religiosos, rechazaba ella el empleo de medios anticoncepcionales; en cambio, su esposo, por motivos económicos, se negaba a tener un segundo hijo —el que ya tenían contaba trece años—; se habían interrumpido enteramente las relaciones sexuales; la mujer sospechaba que su esposo se satisfacía extramatrimonialmente. También había oído que su situación era peligrosa para la salud. Por otra parte, creía que se le tenían pocas consideraciones y que se le imponía un exceso de labor doméstica. Gracias a su enfermedad consiguió, en efecto, que disminuyera su trabajo; por ejemplo, el de lavar, puesto que temía caer desmayada en el cubo de la ropa, o causarse daño de algún modo (lo cual no ocurrió nunca). El sentido del síntoma era claramente el siguiente: "Mira cómo me has hecho desgraciada".

Viktor Von Weizsäcker  (1886  – 1957) (p.648).
Un hombre de 30 años se enamora de una muchacha que parece reunir todas las condiciones necesarias para hacer favorable un matrimonio. Descubre, sin embargo, con creciente apasionamiento, que las razones aparentes de esa impresión son dudosas, y que el enlace sería difícil. Mientras se consume sopesando motivos en pro y en contra, enferma de fiebre la que hace contrarios sus sentimientos, y, puesto que él es médico, es llamado para atenderla. Cuando la explora, siente súbitamente que el cuerpo de la muchacha le inspira una viva repulsión, la cual provoca inmediatamente la clara idea de que con ello se han resuelto sus dudas: el compromiso debe ser roto. En seguida enferma él de una angina difteroide, en cuya convalecencia, a raíz del primer baño de agua caliente, le aparece una urticaria general de pocos minutos de duración; luego sufre durante algunos meses una irregularitas cordis y depresión psíquica. Al fin cura, y se siente alegre de haber podido salvarse a tiempo de su error. 



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