dilluns, 22 de juny de 2015

el fill de l'acordionista


Bernardo Atxaga cierra una etapa literaria con 'El hijo del acordeonista'

· "Es un punto final y a partir de ahora intentaré remontar otro vuelo", dice el escritor
· "Hasta aquí hemos llegado"
ROSA MORA |Madrid| ELPAÍS| 6 JUN 2004

Bernardo Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951) ha tardado casi siete meses en traducir al castellano Soinujolearen semea (Pamiela), a plena dedicación y con la ayuda de su mujer, Asun Garikano. "Decir que me ha ayudado es decir poco". Aunque no ha hecho muchos cambios del original en euskera, tiene la sensación de que ha reescrito la novela. De lo que sí está convencido es de que El hijo del acordeonista, que aparecerá en castellano (Alfaguara) y en catalán (Edicions 62) en septiembre, marca un punto y aparte en su literatura. Con ella cierra su mundo de Obaba.
"Esta novela era mi utopía, hasta ahora sólo he hecho libros parciales, desde Obabakoak a Esos cielos, Dos hermanos o El hombre solo. El hijo del acordeonista es un punto final. Ahora, que se apagan las luces y calla la música, me tomaré tiempo para pararme a pensar e intentaré remontar otro vuelo. Estoy muy tranquilo. Tengo la impresión de que Obaba, ese mundo que estaba dentro de otro mundo, que comienza con los personajes de Obabakoak, se ha acabado, ya no existe".
"La vida empuja al mundo antiguo, de la misma manera que la adolescencia, no se puede detener. Es el final de un mundo y al mismo tiempo es la muerte que precede a la resurrección".
¿Qué es Obaba? "Es un lugar antiguo. Yo era hijo de una maestra rural, iba a una escuela rural, crecí junto a los campesinos y percibí sus vivencias. Un mundo en el que no hay intimidad y en el que se habla poco. En El hijo del acordeonista hablo de cómo ese mundo se disuelve en el general".
Y eso, ¿es bueno o malo? "Es un pasaje peligroso. Tiene muchos riesgos. Mucha gente no lo ha podido superar". Cita como ejemplo al boxeador Urtain. "Le conocí. Hizo deporte rural, era un héroe para los campesinos. Lo vi años después, en un motel de carretera, había engordado más de 40 kilos. En ese pasaje de un mundo a otro se destruyó". "Vivir en ese mundo antiguo, salir de él, puede significar algo tan peligroso como 20 años de cárcel. A David [uno de los protagonistas de la novela] le llevó a determinados infiernos. Y del infierno sólo se sale por amor".
La novela, que ha recibido excelentes críticas en euskera, se inicia en 1957. En la escuela de Obaba, donde van a clase dos amigos, Joseba y David, el hijo del acordeonista.
Unos párrafos después, han pasado 42 años. Estamos en 1999. David ha muerto y Joseba está ante su tumba en compañía de Mary Ann, su mujer, en el cementerio del Rancho Stoneham, en Three Rivers, California. David ha dejado un libro escrito, del que sólo se han impreso tres ejemplares: uno para sus hijas, otro para los amigos que le ayudaron a imprimirlo y otro para la biblioteca de Obaba. Joseba escribirá un libro basado en el texto de David. En él, no faltará nada de lo que en su tiempo y en el tiempo de sus padres ocurrió en Obaba.
El hijo del acordeonista no tiene una estructura lineal. "Es como un mosaico" que se desarrolla en tres épocas: los años treinta -"toco también el tema de la guerra"-, los años sesenta y setenta y el final del siglo XX.
"Es una novela bajo el signo Géminis. Para empezar, son dos los autores, Joseba y David; después está la relación de David con su padre, hay una historia de dos hermanos. Hay tres historias de amor de David con tres mujeres diferentes... Hay muchas cosas de mis otras novelas en ésta, pero se lee de manera diferente. Hay memoria, nostalgia, amistad, también la tristeza del que deja su tierra sabiendo que no volverá".
Mary Ann habla de "la vieja lengua" de su marido. "La vieja lengua había sido, para David y para mí, un tema principal", dice Joseba, "¿Desaparecerá nuestra lengua de la faz del mundo? ¿Éramos, él y yo y todos nuestros paisanos, el equivalente al último mohicano?".
"La lengua es como la marca de una personalidad y de un paisaje", afirma Atxaga. "Es dramático que se pierda una lengua. Somos un millón de personas quienes hablamos en euskera. En Quebec, por ejemplo, porcentualmente está bajando el uso del francés. Lo malo de estas situaciones es que te llevan a formar parte de una minoría, no sociológica ni política, a una minoría que sufre porque algo que es importante para ella desaparece. Cada palabra que se pierde es un trocito de la vida de la gente que desaparece".



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