dimarts, 13 d’octubre de 2015

produir buit


[...] El caso es el del artista conceptual Carl Richardson (1960-2006), quien entre 1982 y 1990 llevó a cabo un curioso proyecto que consistía en hacer desaparecer a un autor o, mejor dicho, lograr la desaparición del conjunto de su obra. Richardson, nacido en Redwood Falls, una pequeña población de Minnesota, era estudiante modelo en UCLA hasta que se unió de forma entusiasta e irreversible al grupo Action.
[...] Richardson, comulgando con las teorías de los Action hasta convertirse en uno de sus principales exponentes —quienes por un criterio de coherencia personal no se llamaban a sí mismos artistas, sino activistas— no practicó el disparo aleatorio ni el liberacionismo animal y se concentró en lo que él llamaba producir vacío, un poco como pretendía Chillida con la montaña canaria. [...] Escritor frustrado antes de entrar en los Action y mientras estudiaba empresariales con el mismo ardor que luego dedicaría al grupo, Richardson se propuso llevar a cabo un proyecto en el ámbito literario, y la finalidad del mismo era no hacer desaparecer a las personas físicas que perpetraban los libros, pero sí a los libros, dejando así un vacío, un mínimo hueco en la historia de la literatura que permitiera respirar a las obras realmente importantes, impidiendo de paso la confusión del lector improbable de las generaciones venideras.
Definido el objetivo, le faltaba por precisar el sujeto pasivo o, si prefieren utilizar el lenguaje penal, escoger la víctima. Ambicioso como era, se planteó el acabar con la obra de una figura clásica de la literatura que a su juicio no mereciera figurar con ese adjetivo, que no mereciera ni siquiera figurar, es decir, que no mereciera ser figura. Una primera aproximación práctica lo llevó a concluir que se trataba de una tarea poco menos que imposible, pues para resultar exitosa requería no sólo hacer desaparecer todos y cada uno de los libros de su autoría, también aquéllos donde se le mencionaba, también purgar las hemerotecas de todo comentario, aunque fuera crítico, eliminar nombres de calles si los hubiere, estatuas ecuestres, billetes de curso legal. [...] Tras descartar la opción del clásico y también la de algunos autores menores a los que les tenía ganas, esto es, para los que abrigaba un especial interés en que desaparecieran, nuestro artista decidió concentrarse en un autor que empezara.
[...] Para elegir la víctima no tuvo esta vez que pensárselo mucho, pues odiaba con saña incomprensible a su colega y compañero de colegio George Milton; así que, cuando recibió de Milton una invitación para la presentación de su primera novela en Redwood Falls, Minnesota, su antiguo vecino de pupitre se convirtió en ese instante en el candidato perfecto. Richardson volvió así a su localidad natal y acudió a la presentación, donde compró los veinte ejemplares que allí se vendían y supo de paso que la edición lo era de quinientos y que sólo podía adquirirse en la única librería del pueblo, que era también papelería, cafetería y, de paso, estanco.
En sólo unos días, y enviando a distintos emisarios para no despertar sospechas, se hizo con los trescientos ejemplares que Milton había depositado en el establecimiento, y le dio un adelanto al autor por los ciento cincuenta que le quedaban, con la promesa de llevarlos a California. [...] Quedaba lo más difícil, conseguir los pocos libros que [...] Milton había regalado y firmado en la presentación, donde para suerte de Richardson no había acudido mucha gente, en parte porque aparecieron carteles el día anterior en todo el pueblo suspendiéndola, que eran, como ya sospechan, obra del activísimo artista. Aquí vino la parte más arriesgada del proyecto [...] y consistió en el robo de cinco ejemplares a cinco honorables ciudadanos de Redwood Falls (entre otros a la adorable tía Lucy y a la no menos amorosa madre del autor).
[...] Como el único periódico de Redwood Falls no perpetró reseña alguna del libro [...] Richardson respiró tranquilo y procedió a la quema simbólica, pero además real en una granja de su familia, de los ejemplares incautados, filmando la operación, pues para todo artista de nuestro tiempo y también del suyo el documentar es casi tan importante como el hacer. Por un tiempo dudó, sin embargo, si debía grabarlo, dado que la filmación no dejaba de ser una prueba de la existencia de la novela, y lograr su inexistencia era el único objetivo de su acción. Se convenció a sí mismo con el argumento cierto de que el contenido del libro nunca sería conocido, pues en el video apenas puede verse la portada. Decidió dejar la operación de destruir las planchas al propio editor (la novela era pésima y a nadie se le ocurriría reimprimirla), y regresó henchido a UCLA esa misma tarde, dispuesto a contar su hazaña a los otros miembros del grupo. Pero, cuando llegó al campus, se encontró con una llamada de Milton preguntándole por la suerte de sus libros californianos y anunciándole con el mismo entusiasmo que a él le desapareció en ese mismo instante, que el editor, entusiasmado él también con la venta fulgurante de la primera edición, iba a lanzar una segunda con una tirada de veinte mil ejemplares y distribución en todo el Estado...

MIGUEL ALBERO. Enfermos del libro. Breviario personal de bibliopatías propias y ajenas. Universidad de Sevilla, 2009. P. 125-129.


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