divendres, 13 de novembre de 2015

llibres perillosos



CUANDO escuché a César Aira hablar de João Gilberto Noll, yo ni siquiera sabía que existía Gilberto Noll, aunque creo que habría dado un brazo, o una manga, por llamarme Noll. Incluso Gilberto, a secas. Sonaba bien, como esas bolas del árbol de Navidad cuando caen al suelo y se rompen. Es una desgracia, pero qué música. A veces un sonido lo es todo. Debe ser difícil ser un mal escritor, o un mal saxofonista, incluso un mal ayudante de albañilería, con un apellido de esa elegancia. Noll. Aira dejó en el aire, como si la hubiese estado fumando, una de esas frases que tardan un tiempo en disiparse y que, cuando se disipan, aún dejan su olor: «Es el mejor escritor del mundo». ¡Bah!, pensé, se trata solo de una frase, igual que si dijeras «me duele una rodilla, creo que va a llover». El mundo estaba lleno de enunciados así, redondos y luminosos, como letreros de neón, pero después ni siquiera llovizna.
Me quedó mal cuerpo por la constatación inesperada de mi ignorancia. No sabia quién era Noll. También me quedé a disgusto porque cuando alguien emplea el concepto «el mejor del mundo» siempre consigue desconcertarme. Lo mejor, digamos, me pone nervioso, como la gente que nunca bebe, o que presume de ser coherente. Tal vez solo sea otra frase ficticia, inservible y ociosa, pero consigue impresionarme. Conspira a favor de que solo es un artificio una bella anécdota de Jorge Amado, que en cierta ocasión arribó a una feria del libro y reparó en un gran cartel que decía: «Jorge Amado, el mejor escritor de Brasil». Se sintió halagado, feliz, y emprendió un paseo por la feria. Un poco más adelante, sin embargo, distinguió otro gran cartel que decía: «Guimarães Rosa, el mejor escritor de Brasil». Amado se sintió entonces contrariado, pero tuvo humor para comentar, cuando se encontró con el primer conocido, que «durante cien metros» había sido el mejor escritor de Brasil.
No existe el mejor escritor. Ni el mejor saxofonista. Ni el mejor ayudante de albañilería. Ni siquiera existe el mejor libro. Ni existen los cien mejores libros. Me temo que tampoco los mil mejores libros. Esas cifras solo denotan una pasión injustificada, casi insana, por los números redondos, como cuando declaras que, si llegas a los ochenta, con todo lo que has bebido, te gustaría que...
Me temo que la gloria de verse reflejado en un catálogo que recogiese los mejores libros apenas duraría cien metros. Nunca tarda en aparecer otro catálogo en el que nadie se acuerda de ti. Ni siquiera eres vilipendiado. Pero las listas redondas y, en el fondo, totalmente imperfectas son una obsesión especialmente humana. Recuerdo el día que murió Leonor Acevedo Borges. Hacía sol, o llovía. Esas cosas nunca se recuerdan bien. Una vecina, durante el velorio, se acercó al hijo de la difunta y le susurró: «Pobre Leonor, morir así, tan poquito antes de cumplir los cien años. Si hubiese esperado un poco más...». Borges, que no creía en las listas, a menos que fuesen infinitas, respondió: «Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal». Naturalmente, ni la literatura, ni la albañilería, ni la música, ni nada, resistiría el paso del tiempo si no estuviésemos elaborando listas a todas horas. Respiramos por la lista. Nos mantienen a flote, incluso nos ahorra el dolor de olvidarnos de regresar a casa sin la barra del pan. En el caso de la literatura, evita que su compleja densidad se desparrame en un gran caos, aunque espléndido, y permite, cuando alguien te pregunte por tus libros favoritos, salir del atolladero citando veinte de golpe, como si fueran los ríos de España...

Juan Tallón. Libros peligrosos. Larousse, 2014. P. 9-10.

 Vegeu també: Descartemos el revólver. [El blog de Juan Tallón].



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