dissabte, 5 de març de 2016

l'univers simenon


Georges Simenon nació en Lieja el viernes 13 de febrero de 1903. Apenas pasaban diez minutos de medianoche. Hacía frío. Y humedad. Su padre, Désiré Simenon, sin embargo, lo inscribió con fecha falsa, como si hubiera nacido el día antes, el 12. Los malos presagios del número 13 hacían temblar de superstición a su mujer, Henriette Brüll, que pidió evitarle al niño la marca de una desgracia segura. La vida de Simenon, desde el principio, estuvo marcada por los imperativos de la ficción: había que empezar con buen pie para que hubiera una buena historia. Él lo supo siempre, durante toda su vida, y lo practicó en los cientos de relatos que firmó (¿han probado a leer seguidos unos cuantos párrafos iniciales de algunas de sus novelas? La experiencia es deslumbrante). 
Lo supo hasta el último libro, publicado en 1981, ocho años antes de morir: Memorias íntimas (Ediciones B). De esos años de silencio, nos queda su entrevista con Bernard Pivot en Apostrophes. Y las avaras notícias de un escritor que se sumerge en el silencio mientras se va apagando hasta morir, en 1989. Estos días, si estuviera vivo, Simenon cumpliría cien años. Pero es difícil que esta prórroga inverosímil hubiera añadido alguna página a un universo literario que ya se había cerrado sobre sí mismo. Simenon se había instalado en una mudez, entre dolorosa e irónica, como la que a veces sorprendía al comisario Maigret, cuando su voluntad obsesiva de observación le llevaba al extremo de renunciar al pensamiento, como si la vida sólo pudiera transmitirse de verdad a través del aire y la respiración: "Era un Maigret que parecía hincharse desmesuradamente, volverse denso y pesado, como insensible, como ciego y mudo, un Maigret al que una persona cualquiera o un interlocutor que no estuviera al corriente habría podido tomar por un gordo imbécil o adormilado. 'En suma, en esos instantes', le había preguntado alguien que presumía de psicólogo, 'se concentra usted en sus pensamientos?' Y él había contestado con cómica sinceridad: 'Yo no pienso nunca'" (El inspector Cadáver).
Simenon, el excesivo
Al final de su vida, consciente quizás de que el único personaje mediocre que había producido su exceso verbal era la ficción de sí mismo, megalómana y desmesurada, Simenon se refugiaba en el silencio. Dejaba 76 volúmenes de la série Maigret y 127 novelas que él primero llamó "duras" y luego sólo "novelas-novelas". La editorial Tusquets, en una iniciativa sin precedentes, empezó a editar en 1993 en castellano toda su obra, en traducciones frescas y rigurosas: ahí tienen a Simenon, al alcance de la mano. Y un consejo: no se resistan; si lo prueban, se harán adictos. En esas miles de páginas, Simenon dejó centenares de criaturas con personalidad propia y poderosa, un universo poblado mayoritariamente por seres a los que, en un momento determinado, se les rompe la vida y empiezan a descender por la pendiente. Los otros, que los acompañan en los siempre inquietantes relatos, forman una fauna variopinta: fascinantes y abominables, insípidos y ridículos, valientes y apocados. Simenon fue un excesivo de la estirpe de Victor Hugo, Tolstoi o Dickens, y su mundo literario alcanza una entidad comparable al de de Balzac en La comedia humana: un tratado de las pasiones (al modo de Descartes) sobre el hombre y la mujer de la multitud, protagonistas indiscutibles —y dolientes— del siglo XX. Simenon disecó centenares de pequeñas historias, fragmentos aparentemente banales, relatos minúsculos de vidas calladas y dolores anónimos, buscando siempre el latido de su verdad, con esa ternura que quizás sólo es posible a través de la escritura.
Así se construyó un universo que cualquiera puede reconocer en la esquina de su calle: pequeñas miserias, grandes sentimientos. La carne del deseo, el peso del hastío...

XAVIER ANTICH. «El enigma Simenon». La Vanguardia. Cultura|s. 4|2|2003.



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