dilluns, 12 de desembre de 2016

perdre l'alè


¿Cómo abordar la naturaleza de La mort i la primavera? Una obra que como ninguna otra de la autora reclama imperativamente no una sino varias lecturas atentas y lápiz en mano. Me temo que ante ella la inmensa mayoría de los numerosos seguidores de Rodoreda reaccionen desconcertados. Incluso puede que traduzcan su rechazo. Esta Rodoreda es sin duda la misma de Aloma, La plaça del Diamant, El carrer de les Camèlies, Jardí vora el mar, Mirall trencat o Quanta, quanta guerra...Pero al tiempo es «otra» Rodoreda que entronca más directamente con la autora de los cuentos, para mí lo mejor de su obra, por cuanto siempre he creído —y en alguna ocasión ella se había mostrado de acuerdo con mis preferencias— que ellos reflejan con más estricta fidelidad el auténtico y complejo mundo personal de Rodoreda. Como si en la narración corta ella se sintiera más a sus anchas para intentar el esfuerzo de explorar las oscuras cavernas del subconsciente y expresar con libertad, exenta de pudores, lo inexpresable. Rodoreda amaba los símbolos de la realidad mucho más que la realidad misma en su bastarda desnudez. Eso es algo que salta a la vista en todas sus novelas a poco que se ahonde en ellas, aunque, quisiera equivocarme, no todos sus lectores han sabido apreciarlo así, tal vez deslumbrados por los fulgores diamantinos de su estilo narrativo.
Pero en La mort i la primavera no hay posibilidad alguna de escapatoria.
[...] Mi impresión personal es que en La mort i la primavera Mercè Rodoreda se comprometió consigo misma a llevar a cabo uno de los más denodados esfuerzos de introspección personal que conozco. Algo comparable a lo que hizo Céline con Voyage au bout de la nuit, por poner un ejemplo cercano en el tiempo e incluso en los resultados. Eso explica que Rodoreda luchara con ella «com si m'hi anés la vida» y no vacilara en presentarla como una obra maestra: su obra maestra. ¿Lo es desde el prisma teóricamente objetivo del lector? Sinceramente, no lo sé. Creo que sería prematuro asegurarlo. En primer lugar porque, insisto en ello, no basta una primera lectura, sumido en el asombro, para alcanzar los fondos múltiples de una obra que, por la vastedad del cosmos interior que refleja y por su riqueza de signos, escapa a cualquier intento apresurado de reducción. En segundo término resulta difícil, prácticamente imposible, sustraerse de forma inmediata a su influjo demoledor y alejarse de ella lo suficiente para juzgarla con la mínima serenidad. Sus poderosos tentáculos oprimen al lector, amenazan con ahogarlo, al tiempo que uno se siente diabólicamente fascinado por ella y desarmado para defenderse de su tela de araña envolvente. Pocas veces me había ocurrido tener que detenerme periódicamente, cada pocas páginas, acuciado por la urgencia física de tomar aliento. En tales momentos la atmósfera insoportable de lo descrito me obligaba a cerrar el libro. Escuchaba a Bartók y en la música recuperaba las fuerzas para reasumir la tensión de la lectura.
Por consiguiente, quede claro que cuanto llevo escrito acerca de La mort i la primavera es un mero ensayo de aproximación superficial a la epidermis de una obra sobre la que, pese al frío sepulcral que inocula, pienso volver una vez y otra, sin esperanza de agotarla. Pero el desafío es demasiado poderoso para renunciar a él. Se trata de una novela insólita, escalofriante, bellísima, probablemente irrepetible en nuestro espacio literario...

Robert Saladrigas. «La última primavera en negro de Mercè Rodoreda». La Vanguardia. 29|5|1986.


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