dimecres, 19 d’abril de 2017

bertrande de rols


Lewis adopta decididamente el punto de vista de Bertrande, de quien va trazando un retrato «en progreso» lleno de matices, desde que, antes de la partida de Guerre, su afecto por su marido se había convertido «en una profunda y gozosa pasión», hasta que su reencuentro con él inaugura un breve periodo de total felicidad (y abundancia: las cosas en la granja también van mucho mejor desde el regreso) que, poco a poco y duda a duda, será reemplazado por una insidiosa sospecha que se irá convirtiendo en desgarradora certeza, al tiempo que se apodera de ella un odio y un desprecio hacia sí misma tan profundos como habían sido su seguridad y su amor por su cónyuge. Y es que Bertrande nunca había sido tan feliz ni se había sentido tan amada como por el marido que había regresado transformado de la guerra, mucho más amable, cariñoso, tierno y diligente que el que la había abandonado. Por eso su sufrimiento es mayor: porque su cuerpo y su felicidad la empujan en una dirección, mientras que ella sabe con la certeza incontestable del sentimiento y del cuerpo. Hay un instante en la evolución de nuestra heroína, cuando todavía puede convivir con la sospecha, en que se dice a sí misma que, «si hubiera estado en su mano poder escoger» entre reconocerse a sí misma lo que siente o volverse loca, habría preferido la locura.
La simpatía de Lewis por su protagonista —una mujer inteligente y sensible, agobiada por un sistema social y legal que reposa en los hombres y por una moral que es, a la vez, su guía y su prisión— es evidente, aunque sutil. La autora se las arregla para mostrarnos la evolución de Bertrande, desde su papel en la familia como parte de una estructura patriarcal, hasta su plena madurez sentimental y afectiva, cuando se hace patente su titánica lucha con la naturaleza de una verdad en la que no quiere creer (y que la llevará a la desgracia y la ruina personal) y la perplejidad ante el hecho de lo sencillo que resulta engañarse a sí misma, un subtema —como el de la apariencia y la realidad o el de la identidad y la impostura— que también ilustra el desconcierto de los familiares y testigos en la última parte del relato.
Para contarnos la historia, Lewis elige el realismo psicológico, enraizado en un lenguaje claro y preciso salpicado de leves arcaísmos que confieren al relato cierta atmósfera historicista, y realza el extraordinario sentido de lugar y tiempo que la caracterizan. A ese lenguaje «natural» y siempre atento al detalle significativo no es ajena la práctica poética de la autora, adscrita en los inicios de su carrera a la estética imagista (como Amy Lowell o Hilda Doolittle) y a lo que Ezra Pound calificaba como sus «destellos luminosos». En efecto, Lewis brilla particularmente en las descripciones  —a menudo, brevísimas impresiones— de la naturaleza, del paso de las estaciones, de los sutiles signos del transcurso del tiempo en la cotidianidad de la vida campesina...

Manuel Rodríguez Rivero. Pròleg a: Janet Lewis. La mujer de Martin Guerre. Traducció de Antonio Iriarte. Reino de Redonda,  2016.


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