dimecres, 27 de novembre de 2019

últimes paraules


Hay escritores a los que la muerte les alcanza perfectamente preparados y acicalados. Por ejemplo, al poeta japonés Kiyu, que antes de morir escribió: «Anochece:/ también a mí, rocío de quienes me procrearon,/ me ilumina el crepúsculo». A otros, en cambio, les sorprende de cualquier manera: «Doctor, ¿no cree que habrá sido el salchichón?» fueron las últimas palabras de Paul Claudel.
Es de suponer que lo que se cita a veces como «últimas palabras» son agudezas de chistosos sin muy buena intención. Pero si perduran es porque estuvieron bien inventadas. Por otro lado, en ocasiones se les ha otorgado una seriedad que no poseyeron. Ni el «¡Más luz!», de Goethe, ni el «Está bien», de Kant, fueron esa especie de últimos mensajes trascendentales que se ha querido ver en ellos. Lo que pedía Goethe era que corrieran un poco la cortina de la ventana de su habitación. El «Está bien» de Kant fue un simple balbuceo de aprobación ante el caldito que acababan de acercarle a los labios. Así lo contaron los asistentes.
[...] Las últimas palabras de los escritores son todo un género literario. «Llamad a Brianchon, llamad a Brianchon», pedía Balzac en sus últimos momentos. Brianchon era un médico de una de sus novelas. Algunos murieron excitados ante lo que preveían, como Theodore Dreiser: «¡Ya voy, Shakespeare!». Otros, cabreados por lo que había sucedido, como Eugene O'Neil: «Lo sabía, maldita sea, lo sabía, nací en un hotel y moriré en un hotel». Las dos frases finales de H.G. Wells fueron: «Podéis iros. Me encuentro perfectamente». Más perspicaz estuvo Ibsen «Al contrario» dijo cuando la enfermera que le atendía acaba de asegurar que se encontraba mucho mejor.
[...] En cualquier caso, las que todos queremos para nosotros son las que han quedado registradas para la historia como las últimas palabras pronunciadas por Lord Byron antes de su muerte. Se despidió de los amigos con quienes charlaba después de cenar, se dirigió a su dormitorio y les deseó: «Buenas noches».

Iñaki Uriarte. Diarios: 1999 - 2003. Pepitas de calabaza, 2010. P. 169-170.

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