dilluns, 23 de desembre de 2019

george eliot en el seu bicentenari


LUIS MAGRINYÀ
Lo que es grande: George Eliot en su bicentenario
SModa | El País
22|12|2019

Es una figura que ha podido ser discutida, pero no desplazada: hoy prácticamente no hay lista periodística de las 25, 50, 100 o 73 «mejores novelas en inglés» que no le conceda a Middlemarch un lugar de honor, a veces el primero.

En vísperas del centenario del nacimiento de George Eliot, el 20 de noviembre de 1919, Virginia Woolf publicó en The Times Literary Supplement un elogioso recordatorio donde afirmaba que Middlemarch «con todas sus imperfecciones es una de las pocas novelas inglesas escritas para adultos», un juicio que con el tiempo se ha convertido en uno de los blurbs más repetidos de las ediciones posteriores de la novela. Sin embargo, en 1919 la voz de Virginia Woolf sonó bastante en solitario. Un intento de recaudar fondos para dedicarle un espacio en la Biblioteca Pública de Coventry, donde la autora vivió ocho años con su padre, no prosperó, e incluso su viudo, John Cross, que aún vivía, guardó silencio. Algunos piensan que mejor así. En 1888 había publicado una Vida de su difunta esposa según sus diarios y cartas al parecer tan expurgada, insulsa y beata que el cuatro veces primer ministro Gladstone dijo al leerla: «No es para nada una Vida. Son unas Reticencias en tres volúmenes». Cross, por cierto, había destruido una buena parte de sus diarios.
No fue realmente hasta 1948 cuando George Eliot recuperó el prestigio que había adquirido en vida, gracias a un ensayo del profesor de Cambridge F. R. Leavis, The Great Tradition, que la situaba en el canon de la novela en inglés junto con Austen, Dickens, James, Lawrence y Conrad. Desde entonces es una figura que ha podido ser discutida, pero no desplazada: hoy prácticamente no hay lista periodística de las 25, 50, 100 o 73 «mejores novelas en inglés» que no le conceda a Middlemarch un lugar de honor, a veces el primero. En 2019 el bicentenario se ha celebrado en la Biblioteca Británica y en la National Portrait Gallery, además de con multitud de congresos, reediciones de sus obras y homenajes en las ciudades en que vivió. Es significativo de su resonancia internacional que desde 2014 una placa conmemorativa señale el edificio de Weimar donde pasó un mes (¡un mes!) en 1854 con su pareja, el crítico literario y filósofo George Henry Lewes.
El ratón pensante
Es muy probable que la vida mental y literaria de George Eliot estuviera marcada desde bien temprano por algunas de las cualidades de su heroína de Middlemarch: «una conciencia muy activa y […] una gran curiosidad intelectual, que no había quedado satisfecha con una educación para jovencitas comparable a las cavilaciones y opiniones de un ratón pensante»; «quería, pobre criatura, ser sabia también ella». Toda la trayectoria «pensante» de la escritora está recorrida por el esfuerzo inaudito y el triunfo de la voluntad. Su padre, un acomodado administrador de fincas de Warwickshire, la mandó rutinariamente a un internado evangélico, pero parece que la jovencita que salió de ahí no consideró suficiente el tipo de educación doctrinaria y farragosa que había recibido, ni convincente la idea de que cumplir su destino fuera casarse y tener hijos. El 2 de enero de 1842, en Coventry, adonde la habían trasladado para que encontrara marido, horrorizó a su familia negándose a ir a la iglesia, en un acceso –reconocería más adelante– de «burdo liprepensamiento». Aun así, convenció a su padre para que le pagara clases de italiano y de alemán, y ella por su cuenta estudió griego y latín, las materias que distinguían a los hombres con estudios universitarios. No paraba de leer y, mientras ayudaba en casa, dedicó dos años y medio, entre migrañas y a disgusto, a traducir del alemán las 1500 páginas de la Vida de Jesús del erudito David Friedrich Strauss, sabiendo que para una mujer la traducción era una de las pocas vías de acceder a los círculos literarios. Tardó lo suyo pero lo consiguió: a los treinta y un años estaba instalada en Londres y dirigía, aunque anónimamente y sin cobrar, la prestigiosa Westminster Review, y no tardaría en conocer a lo mejorcito del momento, de John Stuart Mill a Karl Marx, de Herbert Spencer a Franz Liszt. Siguió traduciendo (a Feuerbach y a Spinoza) y escribiendo artículos, pero tan insegura se sentía (aún) por las irregularidades de su formación que no inició su obra narrativa hasta los treinta y siete años, y siempre animada por el tenaz Lewes.
Una intrusa victoriosa
En el primer relato de este primer libro que tanto le costó ponerse a escribir, Escenas de la vida parroquial (1858), el narrador se dirigía al lector de esta manera: «Deseo que despierten tu compasión las preocupaciones más corrientes —que llores por sufrimientos reales: sufrimientos que podrían ser de tus vecinos—, esas que no visten ni terciopelos ni harapos, sino atavíos normales y decentes».
Si alguien vio en estas palabras un propósito modesto, está claro que no las entendió. No es solo que su contemporáneo Dostoievski reflexionara en El idiota (1869) sobre la magnífica dificultad que supone para todo escritor representar a las «personas normales y corrientes», sino que nuestra novelista, sin harapos ni terciopelos, trató a partir de entonces todos los grandes temas habidos y por haber. A los conflictos entre la Iglesia anglicana y las facciones disidentes ya expuestos en las Escenas, siguieron novelones enmarcados en el repudio social y el infanticidio (Adam Bede, 1859), los efectos de la Revolución Industrial en las zonas rurales (El molino del Floss, 1860), las leyes electorales y los mecanismos de la política (Felix Holt the Radical, 1866), la cultura científica (que desempeña un papel destacado en Middlemarch, 1871-1872), el antisemitismo y el sionismo (Daniel Deronda, 1876). Y también, en un ámbito menos frecuentado por los hombres de letras, exploró las penurias de la educación de las mujeres, las condiciones de desigualdad, la violencia de género, la descomposición familiar, la posibilidad de rehabilitación y de una segunda oportunidad. Hasta escribió una novela histórica ambientada en la Florencia del Renacimiento (Romola, 1863).
Hizo, en fin, como una intrusa victoriosa en el territorio de los saberes victorianos, todo lo que un hombre de letras habría podido hacer, sin limitarse al «círculo de intimidad» que se creía «natural» en una mujer. Las consideraciones profundas, el tono grave y sentencioso, la omnisciencia perseverante, la búsqueda de proyección y la aspiración por tanto a la gran literatura no están reñidos en su obra con el humor y el ingenio, a veces algo crueles, el manejo persuasivo de la nunca olvidada presencia del lector, y un talento especial —que luego reencontraremos en Thomas Hardy— para encuadrar pequeños actos y gestos cotidianos en grandes sistemas de pensamiento. Después del enorme éxito de Adam Bede, su segundo libro, que emocionó a Dickens y a la reina Victoria, que encargó dos acuarelas basadas en sus personajes, temió la popularidad y hasta se preguntó si habría hecho algo mal. Su biógrafa Kathryn Hugues asegura que para ella «escribir novelas era una actividad moral, más próxima a la filosofía que a contar historias». De hecho, cuando una vez le preguntaron quién había sido el modelo de Casaubon, el erudito pedante, mediocre y despótico con el que se casa infortunadamente la heroína de Middlemarch, respondió que ella misma. En cualquier caso, la carga de la popularidad no le impidió negociar al alza, cortejada por todos los editores (incluido Dickens), el adelanto de su siguiente novela. Además de haber conquistado al público y a los árbitros del mérito literario, se había convertido en una profesional.
Rebelde, apartada, readmitida a medias
Por otro lado, todos estos trofeos públicos tuvieron que exhibirse en un espacio de vida personal y social que rebosaba pathos victoriano. Cruzar las barreras intelectuales no era lo mismo que cruzar las barreras de la moralidad. Y para eso George Eliot tuvo que rebelarse y padecer algunas consecuencias. Se rebeló contra su padre, luego contra su hermano e incumplió todos los deberes familiares: en cierto momento hasta se negó a visitar a su hermana en su agonía porque estaba demasiado ocupada escribiendo. Se rebeló también contra la sociedad y contra los códigos de la discreción. Desde 1854 vivió sin ocultarse con Lewes, un hombre casado a quien la ley no le permitía divorciarse por un curioso motivo: porque había tolerado las aventuras de su mujer, Agnes Jervis, madre de sus tres hijos, con un amante, Thornton Hunt, hijo del poeta Leigh Hunt y primer editor de The Daily Telegraph. No solo eso: Agnes había llegado a tener tres hijos más de Thornton, y Lewes, encima, también los mantenía. Las leyes de divorcio de entonces no contemplaban estos excesos, aunque la propia Agnes deseaba que la nueva pareja de su marido se convirtiera oficialmente en la «señora Lewes». George Eliot reclamó con insistencia este tratamiento, porque se consideraba una mujer casada. No lo consiguió: tuvo que conformarse con que los tres hijos de Lewes la llamaran «madre».
En estas circunstancias perdió a la mayor parte de sus amistades, su hermano la repudió, nadie la visitaba y ella tampoco tenía «a nadie a quien visitar»: un día, después de acompañar a Lewes al zoo a ver especies marinas, dijo que esperaba que los moluscos le devolvieran la visita. Con el tiempo, el éxito de sus novelas le permitió finalmente comprarse una casa en Londres, de donde había sido expulsada, recuperar hasta cierto punto la vida social y sufragar la educación de las dos hijas de su difunta hermana en un internado y de los tres hijos de Lewes en otro internado, en Suiza (su padre los visitaba una vez al año). Al morir Lewes, se casó, a los sesenta y un años y por la iglesia, con un antiguo amigo cuarentón, el banquero John Cross, del cual ya hemos apuntado al principio un par de cosas reseñables. Añadamos una más: en la luna de miel, en Venecia, saltó desde la habitación del hotel a las aguas del canal, de donde tuvo que ser recogido por unos gondoleros. El matrimonio apenas duró ocho meses porque ese mismo año George Eliot murió. Pero murió al menos con el título de «señora Cross».
Contra la mezquindad
Un tipo de épica muy británica parece resumir la vida y la obra de George Eliot: la observación de la mezquindad y la lucha contra ella. Supo tratar lo pequeño, lo estrecho y lo ahogado en gran formato y sobreponerse (o no, olímpicamente) a los riesgos de semejante lente de aumento. El aumento lo imponía lógicamente otro gran tema: la aspiración, el ideal. Su heroína característica es una joven que no tiene futuro fuera del ámbito doméstico pero que, sin embargo, desea más. Y que normalmente en el camino se equivoca. Ya hacia el final de Middlemarch, la protagonista confiesa: «No hay otro dolor sobre el que yo haya meditado tanto… el de amar lo que es grande, tratar de alcanzarlo y, sin embargo, fracasar». No todas sus heroínas fracasan, y algunas encuentran en el fracaso una imprevista forma, diríamos ahora, de madurar. Pero «amar lo que es grande» sigue estando ahí, como el mayor y más hermoso de los impulsos.

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