dilluns, 2 de desembre de 2019

l'ètica i la compassió de middlemarch


J. ERNESTO AYALA-DIP
La ética y la compasión de 'Middlemarch', de George Eliot
El País
27|10|2012

Si la semana pasada empecé mi post con una cita de Forster, esta semana la empiezo con una de Virginia Woolf. Las palabras que invocaré hoy de la gran escritora inglesa se me grabaron para toda la vida: "Middlemarch (1872) es una de las pocas novelas inglesas escritas para adultos”. Sé que esto lo escribió en 1917 (una fecha que no sabría decir por qué la recuerdo), aunque, también, no sabría precisar dónde. La frase se me quedó cuando todavía no había leído ni esta novela ni ninguna otra de George Eliot. Precisamente por ello empecé con Silas Marner (novela, por cierto, a la que Harold Bloom le dedica un amplio estudio en el capítulo dedicado a George Eliot en Genios, 2002). Quería calentar motores, seguramente. Tenía que prepararme para introducirme en el laberinto moral que supone leer y decodificar Middlemarch. Haber leído antes a Jane Austen o a las hermanas Brönte, no me daba competencia suficiente. Es verdad que las protagonistas de Austen remiten a la vida de provincias inglesa, a la vida doméstica de las zonas rurales y, sobre todo, a las formas de sus convenciones sociales para su reproducción biológica y económica. Pero para lo que no te prepara la Austen es para la decodificación constante, casi en cada párrafo, de sus pronunciamientos filosóficos, sociales, éticos, además de mundanos y domésticos que segregan en dosis inasimilables en la considerada una de las grandes novelas (sino la mejor) del siglo diecinueve. Leer Middelmarch es enfrentarse a una dimensión distinta de la novela decimonónica. Por su inagotable inteligencia, por ese casi invisible sentido de la ironía (sobre el que se soporta prácticamente todo su sentido) y, por fin, por su dimensión moral absolutamente anti moralista.
Al hablar de Middlermarch estamos hablando de una novela inserta en plena época victoriana. Con todas las consecuencias que ello supone. Estamos hablando también de su protagonista, Dorothea Brooke, la heroína que tanto dio que hablar, no tanto entre sus contemporáneos como en años posteriores, los años setenta del siglo pasado. Dorothea Brooke no siempre fue bien entendida, ni siquiera por críticos de la talla de un F. R. Leavis, que nunca llegó al quid de la cuestión feminista que ese personaje traía consigo. Fue en los años setenta cuando la señorita Dorothea Brooke es recuperada para la causa de las mujeres que tuvieron que lidiar con un patriarcado blindado con la coraza de la subestimación y el paternalismo más ofensivo. Pero dicha recuperación, paradójicamente, no sirvió tanto para destacar la importancia en el discurso feminista de la heroína como para subrayar su sumisión al patriarcado. En realidad, las teóricas del feminismo comparaban el comportamiento liberal de la propia autora (George Eliot se casó a los sesenta años con un hombre veinte años menor que ella) con la resignación de Dorothea ante el destino ineludible que les tocaba, quisieran o no, a las mujeres en el siglo XIX. 
En Después de la teoría, de Terry Eagleton, libro que tengo como texto de referencia, el crítico inglés nos recuerda la tentación muy contemporánea de separar conocimiento y moral. Dice por ejemplo: “Conocer a otra persona no es como conocer los bares más ostentosos de Río de Janeiro: es un conocimiento estrechamente ligado al valor moral”. Y el mismo Eagleton nos advierte que dicho conocimiento o comprensión del otro no tiene nada que ver con el sentimentalismo. ¿Por qué afirma esto? Porque el paradigma literario de dicha afirmación lo encuentra el crítico en George Eliot, de la cual dice que es uno “de los grandes herederos del linaje ético”. Por ello ve en su obra (y me parece que Middlemarch plasma todo lo dicho en esta materia) la síntesis entre estética y moral. 
La comprensión significa también compasión, la que siente la heroína de la novela por la gente que la rodea y la que siente George por sus personajes. No hay lugar para los efectos sentimentales, tan propio de Dickens. Hay sí una milimitrada descripción de los sentimientos escondidos, solapados. Una densa red de relaciones humanas en la pequeña ciudad de provincias (por algo se subtitula la novela “Estudio de la vida provinciana”) donde se desarrollan los hechos. Y la densidad de lo cotidiano, lo real de la sociedad victoriana de entonces. Así George Eliot observa la vida, ese trajinar de existencias ajenas a las que hay entender, escuchar. 
Releo Middlemarch y vuelvo a sentir como propia la desilusión de Dorothea Brooke. Su idealismo derrotado, el deseo sublimado en una resignación de conmovedora lucidez.

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