dimecres, 8 de gener de 2020

llegint la metamorfosi (I)


A los veintitrés años hice clases, por primera vez, en un colegio. Como no había estudiado pedagogía, mi única opción era buscar trabajo en colegios privados. Por eso fui a dar a un colegio en Curicó. Debía viajar dos veces por semana para enfrentar a unos estudiantes de segundo, tercero y cuarto medio que eran completamente indiferentes a cualquier cosa que yo les dijera y que demostraban esa indiferencia tirándome papeles a la cara. Pero igual había una alumna, en tercero medio, que me ponía atención. Y yo la cuidaba, claro. Toleraba humillaciones numerosas y constantes, así que la comparecencia en la primera fila de una alumna que me escuchaba con atención me parecía una cierta cortesía del destino, acaso una señal esperanzadora, aunque suponía que la alumna ponía atención en todas las asignaturas, no solo en mi clase: que me escuchaba porque esa era su costumbre, no porque yo lo mereciera o le interesara especialmente lo que decía.
Una mañana abrí la sesión preguntándoles si habían empezado a leer La metamorfosis. Por supuesto sabía la respuesta: nooooooooo, que dio paso a la dispersión de gritos y a una intimidante serie de conversaciones simultáneas. Conocía y deseaba esa respuesta, porque craneaba la prueba más difícil del mundo, la prueba que coronaría mi momentanea pero radical venganza con una hilera sangrante de rojos en el libro de clases. La única que respondió que sí había leído el relato de Kafka fue por cierto esa alumna semirrespetuosa que siempre me escuchaba. Le pregunté si le había gustado y respondió de inmediato, categóricamente, que no, que cómo iba a gustarle un libro sobre un tipo que una mañana despierta convertido en un bicho. Es asqueroso, me dijo: eso nunca pasó, es totalmente irreal. Es que es una metáfora, le dije, después de tragar un poco de saliva. Me preguntó por qué, o quizás me preguntó de qué. ¿Tú nunca te has sentido como un bicho?, la interpelé. ¿Nunca has sentido que tus papás no te pescan, que eres un estorbo para los demás? La niña se puso a llorar. Y no como en las películas. En las películas las lágrimas salen de a poco, de a una, como los tímidos afluentes de un río tímido. Pero ella se echó a llorar como lloran los niños: primero una expresión confusa y breve de desconcierto y luego la explosión de mocos y lágrimas. Me impresionó su reacción, aunque lo único de verdad impresionante era mi salida de madre. Demasiado tarde pensé que quizás la niña acababa de perder a un familiar y que otros diez o veinte escenarios podrían haber multiplicado por mil la crueldad de mi frase. No era así, al parecer, pero había tocado una vena. Y había trasladado mi sensación de lastre. Porque era yo el que se sentía como un bicho. Era yo el que con mayor intensidad que nadie en esa sala deseaba estar en otra parte. Era yo el que cada vez que podía se encerraba en el baño de profesores no a llorar pero sí a fumar, que es un placer genial y sensual y todo eso, pero que a veces se parece bastante a llorar. Aquí termina la historia. Me gustaría decir que la niña se volvió adicta a la lectura y que ahora cursa un posdoctorado en Kafka o en Clarice Lispector o en Robert Musil o por último en Haruki Murakami, pero no creo. No lo sé, la verdad. Lo único que luego supe de esos niños fue que tres o cuatro años después una de mis alumnas —otra, de las más desordenadas— figuró entre las finalistas de Miss Chile. Igual me sentí orgulloso, no me acuerdo si salió segunda o tercera.

Alejandro Zambra. Tema libre. Anagrama, 2019. P. 30-31.

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