dilluns, 30 de novembre de 2020

anotar, doblegar, potser subratllar


Otro de los grandes debates respecto de los libros tiene que ver con lo que se considera legítimo o no hacer con ellos. ¿Pueden subrayarse?, ¿pueden anotarse comentarios en los márgenes?, ¿con bolígrafo o solo con lápiz?, ¿puede doblarse la esquina de una página para señalar por dónde vamos?

Mi generación ha crecido en una filosofía de respeto reverencial al libro, ya lo he contado. En mi casa, recuerdo que cada libro que se leía era previamente forrado y no estaba permitido, por supuesto, escribir o señalar nada. Yo, desde luego, he sido incapaz hasta hace poco de subrayar un libro, ni siquiera aquellos con los que trabajo o que me sirven de documentación, si no es con un lápiz. Cuando algo me interesaba dejaba un post-it o un pedazo de papel marcando la página, y si acaso una imperceptible señal, tan imperceptible a veces que me obligaba a leer de nuevo la página completa hasta que encontraba lo que me había interesado.

Ahora, sin embargo, me sorprendo cada vez más veces doblando las esquinas, o escribiendo comentarios, subrayados, notas o flechas, aunque siempre con lápiz. De momento.

George Steiner es también de los que piensa que no se puede leer un libro si no es con un lápiz en la mano, o en la oreja. Leí hace tiempo que a Stevenson le gustaba salir al campo a leer; llevaba el libro en el bolsillo izquierdo, y un cuaderno en blanco, para escribir, en el derecho. Cortázar, sin embargo, llenaba sus libros de notas y comentarios a lápiz, y con pluma, y con rotulador y con cualquier cosa que tuviera a mano. Anotaba en francés, inglés o castellano, dependiendo del idioma en que estuviera leyendo, no como Mallarmé, cuyos libros, decía solo hablaban francés.

A Cortázar le gustaba dialogar con los autores a través de los libros. Felicitarlos o discutir con ellos:«No», escribe a veces en los márgenes, «bien», «ça», «¡Voilà!», a veces comentarios más expeditivos como ese que se lee en su ejemplar de Confieso que he vivido, de Neruda, en el que se harta de corregir erratas:  «Ché Otero Silva —escribe en una página refiriéndose al editor—. Qué manera de revisar el manuscrito, carajo».

 

Jesús Marchamalo. Tocar los libros. Cátedra, 2020. P. 123-127.



2 comentaris:

  1. jordi casals30/11/20 10:22

    Per mi unes de les millors coses dels llibres de vell es trobar-hi rastres de les persones ue hi han passat abans que jo, una anotació, un troç de paper... i algún tresor com el full corresponent del calendari del pagés, o del cordill, que sempre deixo tal com he trobat; en canvi, injustament, soc incapaç de afegir-hi res ni tan sols de doblegar la punta 'una pàgina, Senyor llibre, no soc digne ....

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    1. Torna ser una mica com jugar a 'inventar les vides dels altres', sí.
      Jo sóc reverencial de mena amb els llibres, potser perquè a casa no en teníem gaires. M'he passat la vida omplint-los de paperets amb anotacions. Fa poc vaig començar a doblegar pàgines, en senyal de respecte profund i afectuós. I ara ja em permeto anotacions, amb llapis, fluixet. Amb els que són meus, s'entén.

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