dissabte, 6 d’abril de 2013

la paraula heretada


LA BIBLIOTECA Carnegie de Jackson se hallaba en la misma calle que nuestra casa, enfrente del Capitolio del estado. «Por el Capitolio»; eso marcaba el camino de la biblioteca. Era posible cruzarlo en bicicleta e incluso patinando, incluso sin permiso de la familia.
No he conocido ningún oriundo de Jackson que no temblase de miedo ante Mrs. Calloway, nuestra bibliotecaria. Manejaba el edificio y los fondos ella sola, desde el pupitre en el que se sentaba de espaldas a los libros, de cara a las escaleras, con su ojo de dragón clavado en una puerta de entrada en la que quién sabe qué clase de persona surgiría de entre el público. Los letreros clavados poblaban las estancias; todos advertían «SILENCIO» en grandes letras negras. Ella, por su parte, hablaba con voz autoritaria; cualquiera de los presentes debía de advertirla desde cualquier rincón de la biblioteca, por encima del zumbido del ventilador eléctrico. Era el único ventilador de toda la biblioteca y estaba, cómo no, sobre su mesa, enfocando su movimiento hacia su rostro reluciente.
[...] Mrs. Calloway había trazado sus propias reglas en lo que a los libros se refería. No resultaba posible devolver a la biblioteca un libro en el curso del mismo día en que te lo hubiesen prestado; le importaba un comino que lo hubieses leído renglón por renglón, y también le traía sin cuidado que necesitases otro nuevo con urgencia. Estaba permitido, eso sí, regresar a casa con dos volúmenes prestados a la vez; esta norma regía independientemente de que fueras un niño o un adulto, y se nos aplicaba con el mismo rigor a mi madre y a mí. Así que, de dos en dos, fui leyendo los libros de la biblioteca, dándome toda la prisa que pude en hacerlo [...]
Mi madre compartía sobremanera este sentimiento de insaciabilidad. Hoy la recuerdo como si consagrase todas sus horas a la lectura, incluso mientras realizaba otras tareas. La imagen que conservo de El origen de las especies es la de un tomo reposando en una de las baldas de la despensa, bajo una liviana capa de harina; era mi madre quien cocía el pan que se comía en casa: lo metía en el horno y se sentaba junto a la ventana de la cocina, con un ojo pendiente. Recuerdo que la vi embebida en The Man in Lower Ten mientras se me secaba el pelo lo suficiente como para quitarme el cargamento de rulos que me acababa de poner, aumentando el parecido con mi ídolo de aquellos años, Mary Pickford.
Una generación después, cuando mi hermano Walter cumplía su servicio militar en la Marina, la recuerdo leyendo el número recién llegado de Time mientras interpretaba el papel del Lobo en una representación de Caperucita Roja con los niños. Levantaba la vista en el momento oportuno, con el tiempo justo de responder -en falsete, claro está-: «Para comerte mejor, querida», y volvía acto seguido a su lectura de las noticias de guerra.

Eudora Welty. La palabra heredada. Mis inicios como escritora. Traducció de Miguel Martínez-Lage. Impedimenta, 2012. P. 61-64.



3 comentaris:

  1. Com pot, aquesta Eudora Welty, haver-te descrit, Rosa, tan be, sense haver-te conegut?

    ResponElimina
    Respostes
    1. Perquè sóc un arquetipus universal, Lluís! Ja saps, el Quixot, la madrastra de la Blancaneus, Hamlet, l'avar, la bibliotecària rabiüda...

      Elimina