divendres, 21 de novembre de 2014

estas ruinas que ves


[...] La novela a la que estas líneas sirven de prólogo es en mi opinión la más adecuada para emprender el camino de la aproximación a la obra de Jorge Ibargüengoitia (que por tenerlo todo en contra hasta tuvo el handicap de su apellido vasco, tan difícil de pronunciar y de recordar). 
Estas ruinas que ves es la cumbre de su narrativa, ese momento de gracia en que un autor es capaz de desarrollar en un texto breve todas sus virtudes. Una revelación. Poco importa que sea o no su obra más conseguida (ahí entra la disputa entre los diversos gustos), porque es sin duda su obra más representativa, pues en ella están todas las virtudes que se pueden hallar en sus otras obras narrativas y también en su extensa obra teatral y periodística, en la que sobresalen sus artículos publicados en el diario Excélsior, entre 1969 y 1976, y recopilados posteriormente con el título de Instrucciones para vivir en México. Esta novela es Ibargüengoitia en estado puro, cien por cien mordaz, divertido, agridulce y melancólico en el justo grado, el que da aroma al texto sin hacerlo empalagoso. Hay en Estas ruinas que ves irónicas referencias a futuros libros: su protagonista, el profesor Francisco Aldebarán, que tiene nombre de constelación, pretende escribir un libro sobre los crímenes cometidos por las dueñas de un prostíbulo que en realidad fue la siguiente novela que Ibargüengoitia publicó, bajo el título de Las muertas. Pero sobre todo, el autor construye uno de esos espacios literarios que están llamados a perpetuarse como metáfora de la realidad. [...] Ibargüengoitia ha hecho de la ciudad de Cuévano, en la que transcurre esta novela, la metáfora literaria del Guanajuato en que nació el 22 de enero de 1928.
La novela, que se publicó en 1975, cuenta el regreso del profesor Aldebarán a su ciudad natal, Cuévano, para hacerse cargo del puesto de profesor de literatura en la universidad. Es pues un viaje de retorno inevitablemente marcado por la nostalgia, pero una nostalgia desprovista de encanto, distorsionada por un humor corrosivo y sutil que lo impregna todo. El mismo título, que hace referencia a las ruinas, y el primer capítulo, en el que se da cuenta de dichas ruinas, es decir, de la descripción de la villa, convierten a Ibargüengoitia en un arqueólogo socarrón y descreído que se acerca a las ruinas del mundo que trata de describir con una irónica sonrisa pintada en los labios. Y esa sonrisa acompaña al lector durante todo el libro. [...] Ibargüengoitia recurre al humor como herramienta fundamental para contar un mundo pequeño que no es consciente de su tamaño, el de una ciudad provinciana pagada de sí misma (como todas). Pero su humor consigue un raro equilibrio entre la ferocidad y la delicadeza, quizá fruto del amor que el autor termina por desarrollar hacia alguno de sus personajes, como el protagonista o la bella Gloria o la descarada Sarita, esa mujer que no duda en decir de sí misma: «No tengo vergüenza», pero que transmite una irresistible felicidad de vivir.
En la novela de Ibargüengoitia todo se convierte en ruina, todo pierde su valor y su uso para convertirse en un trasto, como la fotocopiadora que uno de los personajes logra vender a otro a cambio del boleto de lotería premiado que éste acaba de ganar: la máquina quedará convertida en cacharro sin uso en un pasillo de la casa, útil tan sólo para almacenar libros o para otras funciones más o menos escabrosas. De igual modo, el pasado ilustre de la villa, encarnado en los familiares del protagonista, se convierte en asunto de chirigota pues toda grandeza termina por empantanarse en lo ridículo: una rama de la familia, española, termina en un tatarabuelo ejecutado ante su esposa que se niega a acompañarlo en el martirio por considerarse más mexicana, mientras que la otra alumbra a un militar independentista al que los nobles de Cuévano habían preparado un opíparo almuerzo a modo de recibimiento, pues daban por hecho su victoria sobre los españoles, almuerzo que no dudaron en compartir con el general español una vez que se vio que las tropas mexicanas habían sido derrotadas. No hay honor a salvo en Estas ruinas que ves, ni el matrimonial, ni el virginal, ni el académico, ni el patriótico. La novela recorre el estamento universitario de la ciudad con pluma vitriólica y da cuenta de mezquindades, pequeñas traiciones y componendas.
La ciudad de Cuévano se convierte así, por obra de su estamento más cultivado, en metáfora tremenda de las limitaciones de una sociedad regida por el qué dirán, por las apariencias y por la doblez, pero al mismo tiempo suficientemente viva y desenvuelta como para permitir todas las vías de escape posibles. Desde el amantazgo al alcoholismo, de las fotografías pornográficas a los murales pintados en plena borrachera, de las excursiones al campo a los rumores sobre muchachas aquejadas de enfermedades cardíacas que habrán de producirles la muerte el día que tengan su primer orgasmo. Fantaseando, mintiendo, fingiendo, los cuevanenses se las apañan para sacarle partido a una vida que a priori debiera ser inmensamente aburrida. Y siguiendo sus pasos, Ibargüengoitia traza un retrato de la vida de provincia mexicana brillante y divertido. Una verdadera joya de escritura, concisa en su forma, hermosa en el espejo de la imaginación del autor y dura como un diamante, capaz de rayar las conciencias bienpensantes y de trasladar al lector a un México inédito que nunca sentirá como ajeno. Porque este océano que nos separa no es más que un accidente sin importancia.
París, 30 septiembre, 2003.

JOSÉ MANUEL FAJARDO. Pròleg a: Jorge Ibargüengoitia. Estas ruinas que ves. Seix Barral, 2005.



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