dimecres, 12 de novembre de 2014

no envieu flors


El miércoles pasado, 29 de agosto de 1973, a las siete de la noche, murió Luz Antillón, que fue mi madre.
Cuando yo estaba en la agencia, escogiendo la caja, oí su voz que me decía:
—¡La más barata, la más barata!
Creo que si hubiera visto la que compré, hubiera dicho:
—Muy bien. Pero ¿cuánto te habrá costado? ¡A poco cuatrocientos pesos!
Los precios que tenía en la cabeza eran de 1937.
Nunca fue afecta a entierros, pero creo que el suyo no le hubiera parecido mal. El cortejo no fue a vuelta de rueda, la carroza llegó junto a la tumba y, lo más importante, nadie detuvo el descenso del féretro para decir «unas palabras de despedida».
Los empleados de la agencia, que la cargaron y bajaron a la tumba, le hubieran causado muy buena impresión.
—Muy limpios, muy bien rasurados, dos de ellos bastante guapos. ¡Pobres muchachos, qué oficio tan horrible el de andar cargando muertos!
Probablemente, para resaltar los adelantos modernos, hubiera recurrido a una comparación con los cargadores borrachos de Guanajuato.


Su muerte fue natural. Es decir, murió cuando ya no quedaba otra alternativa. Vivió ochenta y tres años muy bien, uno regular, otro enferma y dos meses gravísima.
Cuando llegó la muerte, era un epílogo necesario que ella y los que la rodeábamos estábamos esperando con ansias.
Murió como vivió, dando órdenes. Algunas de ellas completamente equivocadas, que estuvieron a punto de costarnos la vida o una hernia a los que la atendimos en su enfermedad. Por ejemplo, me dijo:
—Quiero morirme en esta cama —la que había usado cuarenta años—, no vayas a discurrir cambiármela por una de hospital.
Cumplirle este deseo causó muchas dificultades, pero ella murió en la cama que escogió.


No murió como un pajarito, porque la vida se extinguió en su organismo con muchos trabajos, ni la muerte la agarró por sorpresa: hace diez meses que quiso que la santolearan, y más de un mes que dijo a su hermana que iba a morirse al día siguiente y dónde estaban los papeles del panteón, que tenía guardados en una mica.
Pero una cosa es tener conciencia y otra tener ganas. Las que tuvo ella de morirse le entraron en los últimos días, cuando comprendió que la cosa ya no tenía ningún chiste.
Antes de eso, tenía esperanzas: ya deshauciada, le preguntaba uno «¿Cómo estás?» y ella contestaba sin falla:
—Mucho mejor.
Además de esperanzas, tenía cosas que le daban gusto —casi todas prohibidas—. Durante un año estuvo a dieta rigurosa. Cuando yo fui a los Estados Unidos, se quedó a cargo de mi mujer, inglesa, y de su doctora, austriaca, quienes mandaron hacer análisis para ver si mi madre estaba en condiciones de comerse un huevo de vez en cuando y un caldito de pollo los domingos. No se imaginaban que la enferma, mexicana, que siguió dominando a la servidumbre hasta el final, estaba comiéndose en tres semanas, un ejército de quesadillas de huitlacoche, tlacoyos, gordas de maíz quebrado, tamales de chile verde y rojo, etc. El mal que le hizo esta violación de las órdenes médicas fue mínimo. Su enfermedad había tomado ya cauces fatales y comer o no comer era lo mismo. Ya no absorbía.
—Me estoy quedando como un charal —fue su última opinión de sí misma.


Una de sus últimas empresas fue leer los siete tomos de En busca del tiempo perdido que yo nunca creí que iba a poder terminar. Solía decir:
—¡Pobre de Swann! ¡Cómo lo ha hecho sufrir esa mujer!
Un día entré en la sala y ella bajó el libro y me dijo:
—¡Ya se murió Albertine!
Otra empresa fue tejer una serie de chales con unos estambres que mi mujer le regalaba. Suspendió el trabajo en el último, azul marino, el día en que un derrame cerebral le inutilizó la mano derecha. Uno de estos chales, gris claro, se fue con ella en el féretro.


Jorge Ibargüengoitia. «Ensayo de nota luctuosa». A: Revolución en el jardín. Reino de Redonda, 2008. P. 256-259.



1 comentari:

  1. Aquesta és la necrològica de què parlava l'Enric Gonzalez l'altre dia:
    Cinco días después de la muerte de su madre, el 29 de agosto de 1973, publicó en el diario Excélsior un artículo titulado 'No manden flores'. No había conocido a su padre, y su madre constituía toda su familia. Ibargüengoitia tenía la mejor ocasión de su vida para ponerse dramático, pero fracasó.

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