dilluns, 20 d’abril de 2015

llegiu, idiotes


El Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM lanzó la semana pasada una campaña de fomento de la lectura, Perrea un libro, que resume sus aspiraciones en la certeza de una de una de sus intervinientes: "Todo lo que venga con el reguetón es bueno, todo lo que venga con la lectura es bueno". El vídeo contrapone la soledad de una biblioteca, aliñada con piano melancólico, con una discoteca en la que se perrea bien perreado, con su mucho de golpe de pelvis contra la desembocadura del sacrosanto y su machacona base rítmica y su señor enfadadísimo que en realidad canta al goce y al carpe diem. Baby Killa y DJ Chango han producido una canción basada en el libro Tren subterráneo, de Fernando Curiel, para apoyar la campaña.
Perrea un libro se une a otros gestos recientes —una lectura de poemas a cargo de hombres desnudos en Berlín, o los admiradores que comparten fotos de sus socialités preferidas acompañándolas de versos de Blanca Varela o Emilio Alonso Westphalen— que subrayan que, ante el fomento de la lectura, muchos se apuntan al palo de ciego. Porque sobre el fomento de la lectura, y sus caminos, y sus problemas, deberían opinar quienes pelean día a día: los profesores de colegio e instituto, los bibliotecarios. Los primeros necesitan planes realistas y herramientas de nuestro siglo, con la definición de quienes conocen la materia, y no currículos dictados por quienes no han pisado un aula; los segundos, dinero para nutrir las bibliotecas de fondos y coordinar actividades que sí que funcionan, porque ya lo han comprobado. El problema de campañas como Perrea un libro —cuyos responsables aclaran, tras el escarnio, que no buscaban animar a leer, sino impulsar el debate en torno a la lectura— reside en el paternalismo, en ese empeño por fijar una diferencia clasista entre quienes deciden leer y quienes deciden no leer. La escena final del vídeo, en la que la obra de Fernando Curiel circula entre los asistentes a la fiesta —no se me ocurre lugar más adecuado para la lectura que entre bafles y copas y cuerpos—, revela su condescendencia.
Así, con esa superioridad y con esa distancia, no se fomenta la lectura. No se fomenta la lectura en un salón de actos con cientos de adolescentes aburridos, escuchando poemas a los que jamás se acercaron antes y que les suenan escritos en un idioma raro, que desconocen; tampoco me creo que alguien lea porque se cruce con un anuncio en la televisión o con un vídeo en YouTube. No se fomenta la lectura obligando a los alumnos a acercarse a libros que nada tienen que ver con aquello que les interesa, y tampoco imponiendo títulos blandos que cuestionen su inteligencia. Sí se fomenta la lectura, creo, escuchando a los expertos verdaderos: a quienes trabajan con los futuros lectores y saben de los aciertos y los fallos. Y confiando en la inteligencia de aquellos a quienes apelamos, no tratándoles como a pobrecitos ignorantes cuya vida encauzaremos con los libros. Porque les transformarán, claro, pero la decisión libérrima de permitirlo recae en ellos.

Elena Medel. «Leed, idiotas». El País. Babelia. 18|4|2015.






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