dimarts, 17 de novembre de 2015

l'obsessió per fomentar la lectura


La obsesión por incentivar la lectura nos está llevando a piruetas inimaginables tiempo atrás, cuando lo máximo que las entidades culturales hacían eran campañas con imperativos tipo “Anímate a leer” o “¡Nunca sin tu libro!”. Una vez vi por la calle a una muchacha con una camiseta en la que, a la altura de las tetas, se leía: “Read books not t-shirts”. Me pareció el mejor eslogan que había visto hasta entonces.
Y de hecho la gente lee. Lee y escribe más que nunca. En el ordenador y el móvil, pero, leer, leen. Pero lo que los incentivadores quieren es que sean libros. A mí, por la cuenta que me trae, me parece bien, siempre que no recurran al sonsonete de “el placer de la lectura”, porque hay libros que, más que placer, provocan diarrea y convendría hablar de “el disgusto de la ­lectura”.
A lo que íbamos. El próximo 3 de diciembre lanzarán desde Cabo Cañaveral un cohete espacial con libros. Va destinado a un astronauta, Scott Kelly, que lleva en órbita desde marzo y, cada tanto, envía desde su cuenta de Twitter fotografías de la Tierra. Son preciosas. ¿Se aburre ya de las fotos y quiere un poco de lectura? No es exactamente así. Sucede que, una vez más, para “incentivar la lectura” entre los chicos (y, en este caso, además, el interés por la ciencia), leerá libros desde la estación espacial. Es parte de un programa que hace años que está en marcha: Story Time From Space. El astronauta lee, una cámara lo graba, lo cuelgan on line y los niños terráqueos se conectan a internet y lo escuchan. “¡Genial! ¡Mira, mamá, estoy escuchando un libro que un señor lee desde el espacio!”.
Otra pirueta. En Tokio acaban de inaugurar un hotel de esos que muchos llaman hostels (para no llamarlos albergues, que les parece vulgar). Combina el alojamiento con una biblioteca con más de mil setecientos libros, además de cómics (los inevitables mangas, supongo). El plan es que pronto los libros sean más de tres mil. En coherencia con esos principios se llama Book and Bed. Las habitaciones son pequeñas pero preciosas, con enormes estanterías llenas de volúmenes. Las camas, simples, están medio escondidas tras los anaqueles repletos. Eso sí: ofrecen wifi gratuito para todos aquellos que, entre párrafo y párrafo de la novela que lean, quieran pasarse unas cuantas horas navegando por internet. Una cosa es que el hotel se presente como amante de los libros y otra muy diferente que sus propietarios sean tontos.

Quim Monzó. «El libro de la selva». La Vanguardia. Magazine. 15|11|2015.


Book&Bed, Tòquio.



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