dilluns, 14 de desembre de 2015

vivre catalogalement, el concepte


Capítulo V
LA BIBLIOTECA REAL
Después de invitarles á que tomaran asiento, el bibliotecario indicó a los visitantes que se fijaran en la multitud de libros alineados en las cuatro paredes, desde el suelo á la cornisa.
–      ¿No los oís? ¿Vuestros oídos no perciben su algarabía? Pues me han dejado sordo. Hablan todos a la vez y en idiomas diferentes. Disputan, lo analizan todo y de todo tratan: Dios, la Naturaleza, el Hombre, el Tiempo, el Espacio y el Número; lo Cognoscible y lo Incognoscible, el Bien y el Mal; todo lo afirman y todo lo niegan. Razonan y disparatan con igual facilidad. Los hay ligeros y los hay graves; los hay alegres y los hay tristes; los hay voluminosos y los hay concisos. Muchos parece que se proponen solamente no decir nada; cuentan las sílabas y hermanan los sonidos, atentos á leyes cuyo significado y origen ignoran; son los más satisfechos de sí mismos. Los hay de una especie austera y obscura, que sólo hacen especulaciones acerca de asuntos desprovistos de toda cualidad sensible y expuestos de modo que no sufran las contingencias naturales; se revuelven en el vacío y se agitan en las invisibles categorías de la nada; son encarnizados discutidores que muestran un furor sanguinario para sostener sus entidades y símbolos. Nada os digo de los que hacen la historia de su tiempo y de los tiempos ya pasados, porque nadie los cree. En junto se reúnen ochocientos mil libros en esta sala, y seguramente no hay dos que se hallen de acuerdo sobre ningún asunto, porque hasta los mismos que se copian no están de acuerdo entre sí. Con frecuencia ignoran lo que dicen y lo que han dicho aquellos de donde lo tomaron.
Señores: sumergido en esta algarabía universal, acabaré volviéndome loco de remate, como todos los archiveros que habitaron antes que yo en esta sala de voces infinitas; á menos de venir ya naturalmente idiota, como mi venerable colega el señor Froidefond, que se halla sentado junto á mí haciendo papeletas del Catálogo con tranquilo afán. La educación y la cultura no han reformado su naturaleza: nació simple y continúa siendo simple. Su homogeneidad no se ha desenvuelto en variedad, porque la unidad no produce la diversidad; y ésta, que apunto de pasada, señores, es la primera dificultad en que tropezamos al inquirir el origen de las cosas; no pudiendo ser única la causa, es preciso que sea doble, triple, múltiple, lo cual se admite difícilmente. El señor Froidefond tiene una inteligencia sencilla y un alma pura. Vive catalogando. Conoce el título y la forma de todos los volúmenes que cubren las paredes, poseyendo así la sola ciencia exacta que se puede adquirir en una biblioteca; por no haber penetrado jamás en el interior de un libro, se ha librado de la reblandecida incertidumbre, del múltiple error, de la duda espantosa, de la inquietud horrible, monstruos que la lectura crea en un cerebro fecundo. Y vive tranquilo, sosegado, feliz.

Anatole France. «La camisa». Traducció de Luis Ruiz Contreras. Gregorio Pueyo Librero-Editor, 1910.


[Font: Mundobiblio. Algunos textos de Anatole France sobre libros y bibliotecas.]
Aquí, el conte en versió original. 




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