dimarts, 9 de febrer de 2016

els (seus) premis


...fui a Bremen otra vez en relación con el así llamado Premio de Literatura de Bremen y no estoy dispuesto a silenciar la experiencia que viví en ese segundo viaje a Bremen. Era lo que se llama un miembro del jurado para el siguiente premio y fui a Bremen con la intención inconmovible de dar mi voto a Canetti, que, según creo, no había recibido hasta entonces ni un solo premio literario. Por la razón que fuera, para mí nadie más que Canetti entraba entonces en consideración, todos los demás me parecían ridículos. Según creo, la reunión del jurado se celebraba en una larga mesa en un restaurante de Bremen, a la que se sentaba una serie de los llamados señores con derecho a voto, entre ellos también el famoso senador Harmsen, con el que me entendí excelentemente. Creo que todos habían designado a sus candidatos, nunca a Canetti, cuando fue mi turno y dije Canetti. Yo era partidario de dar el premio a Canetti por su Auto de fe, su genial obra de juventud que, un año antes de aquella reunión del jurado, se había reeditado. Varias veces dije la palabra Canetti, y cada vez los rostros sentados a la larga mesa se habían contraído dolorosamente. Muchos de los que se sentaban a la mesa no sabían quién era Canetti, pero entre los pocos que lo conocían había uno que, de pronto, después de haber vuelto a decir yo Canetti, dijo: es que también es judío. Entonces hubo aún un murmullo y el nombre de Canetti dejó de ser tomado en consideración. Todavía hoy tengo esa frase en los oídos, ¡es que también es judío!, aunque no puedo decir quién la pronunció en la mesa. Pero todavía hoy oigo muy a menudo esa frase, que vino de algún rincón sumamente siniestro, aunque no sé quién la dijo. Esa frase ahogó en la cuna todo debate ulterior sobre mi propuesta de dar a Canetti el premio. Entonces decidí no participar en absoluto en el debate ulterior y me limité a permanecer sentado a la mesa en silencio. Sin embargo, había pasado mucho tiempo y, aunque entre tanto se habían citado infinitos nombres espantosos, a los que sólo había podido relacionar con charlatanería y diletantismo, seguía sin haber un nombre para el premio. Aquellos señores miraban sus relojes, y por las puertas batientes entraba ya el olor del asado. De forma que la mesa, sencillamente, tuvo que tomar una decisión.
Con gran estupefacción por mi parte, uno de aquellos señores, tampoco sé cuál, sacó del montón de libros que había sobre la mesa, según me pareció sin orden ni concierto, un libro de Hildesheimer y dijo, en tono increíblemente ingenuo y ya al levantarse para ir a comer: Cojamos a Hildesheimer, cojamos a Hildesheimer, cuando Hildesheimer era un nombre que durante aquellos debates de horas no se había oído en absoluto. Ahora se había oído de pronto el nombre de Hildesheimer, y todos se recostaron en sus sillas, aliviados, y dieron su aprobación al nombre de Hildesheimer, y en unos minutos fue elegido Hildesheimer nuevo ganador del Premio Bremen. Probablemente ninguno sabía quién era realmente  Hildesheimer. Al instante se comunicó también a la prensa que, tras aquella sesión de más de dos horas, Hildesheimer era el nuevo ganador del premio. Los señores se levantaron y se dirigieron al comedor. El judío Hildesheimer había recibido el premio. Para mí aquello fue lo mejor del premio. No he podido callármelo.

Thomas Bernhard. «Premio de Literatura de la Libre y Hanseática Ciudad de Bremen». A: Mis premios. Traducció de Miguel Sáenz. Alianza, 2009. P. 52-54.



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