dimarts, 15 de març de 2016

els incondicionals


Inscrito como nacido antes de nacer, Simenon, con el tiempo, se ha burlado de su propia muerte. Con la desaparición de ese personaje que se inventó sobre sí mismo, y que tuvo entretenidos a los profesionales del chismorreo, se ha acabado por reorientar el foco de atención, allí donde sólo queda literatura: el fresco más impresionante de los hombres y las mujeres anónimos de nuestro tiempo. En el acercamiento a ese anonimato, que otros llaman "humanidad", ha seducido a millones de lectores hasta la adicción: García Márquez se pasó casi una vida buscando "El hombre en la calle", que había leído sin retener el título (no hay quien pueda evitar perderse en el bosque simenoniano). Cortázar recordaba con detalle esos momentos de revelación que él mismo no dejó de perseguir en todos sus relatos. Hanna Arendt alternaba su lectura con Proust (y siempre recordó, agradecida, que la lectura de Maigret había alimentado su desconfianza crónica hacia la policía y le había permitido huir de Francia, cuando estaba en las listas de la Gestapo). Incondicionales fueron también Mauriac, Henry Miller, T.S. Elliot, Faulkner. Y entre nosotros, el cineasta Joaquim Jordà, que ha traducido algunos "Maigrets", y Joan de Sagarra, que le ha dedicado crónicas vibrantes. André Gide, que se confesaba afectado de "simenonitis", no entendía que el autor de novelas perfectas que era Simenon pudiera ser considerado un escritor popular. Pero ése, por encima de todos los otros, fue quizás  —y lo es todavía— su mayor mérito: haber disuelto, como nadie antes que él lo hiciera con tal rotundidad, la diferencia entre literatura culta y literatura popular. Seguramente no existen respuestas para este inmenso enigma, pero, si las hay, algo tendrán que ver con la incontenible presencia de la vida individual a la que la literatura de Simenon, en vez de poner diques, procuró respetar y dejar fluir con la seguridad de quien sabe que tiene entre manos la única cosa sagrada que existe.
Quizás, al final, Simenon contempló su propia vida y sus personajes con la lucidez de René Maugras, el parapléjico paralizado en la cama de "Los anillos de la memoria", que descarnaba en silencio la farsa de su propia existencia de aquellos momentos de verdad que habían latido con la fuerza del viento o del sol. Quizás, como él, pensara que todo cuenta. Que nada se pierde. Ni siquiera esos detalles, los más insignificantes, que han alimentado la imaginación de varias generaciones de lectores: el olor de la noche pegado a un abrigo, el temblor de una mano que acaricia el pelo, el pie descalzo, la cabeza recostada en el diván, el botón suelto de una camisa, las lágrimas escondidas. Y, sobre todo, el París preferido de Maigret, cuando la ciudad acababa de lavarse la cara. O cualquiera de esas ciudades francesas o belgas, tan tranquilas y, sin embargo, atravesadas por un caudal de historias estremecedoras que nunca saldrán a la luz. Si no es, como hizo Simenon, gracias a la literatura. Esa literatura que, al final, deja el mismo regusto que la vida.


XAVIER ANTICH. «El enigma Simenon». La Vanguardia. Cultura|s. 4|2|2003.


2 comentaris:

  1. Molt interessant, Matilde. Valoro molt Simenon escriptor en estat pur, lluny dels experiments intel·lectuals i capaç de crear interessants històries d'escriptura ràpida. Vaig llegir la seva correspondència amb André Gide que em va agradar molt. Vaig saber del seu tèrbol passat de col·laboracionista i de la seva història d'amor amb la filla estimada que se li suïcidar. Una vida amb moltes capes.

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    1. Gran Simenon, Glòria. Justament ahir, que ens vam trobar per comentar El gat, va sortir a hombros por la puerta grande. Unanimitat absoluta. Simenon és una autèntica màquina de fer lectors.

      [Sobre la història de la filla, recomano molt i molt l'entrevista que li va fer Pivot a Apostrophes. Imprescindible]

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