dissabte, 4 de febrer de 2017

hores en una biblioteca


[...] No sería difícil demostrar por medio de un conjunto de hechos contrastados que la gran época para la lectura es la que va de los dieciocho a los veinticuatro años de edad. La mera lista de lo que entonces se lee colma el corazón de las personas mayores de pura desesperación. No es solamente que leamos tantísimos libros, sino también que hayamos podido leer precisamente esos libros. Si se desea refrescar la memoria, tomemos uno de esos viejos cuadernos que rezuman, en un momento u otro, la pasión de los comienzos. Es verdad que la mayoría de las páginas han quedado en blanco, aunque al principio encontraremos un determinado número hermosamente seguido de una caligrafía perfectamente legible. Ahí hemos anotado los nombres de los grandes escritores por orden de mérito; habremos copiado espléndidos pasajes de los clásicos; habrá también listas de libros por leer; lo más interesante de todo es que también habrá listas de libros en efecto leídos, como atestigua el lector con un punto de vanidad juvenil al añadir una marca en tinta roja. 
[...] Aquellas viejas listas siguen estando ahí y nos hacen sonreir y tal vez suspirar un poco, si bien daríamos lo que hiciera falta por rememorar también el humor con que se celebró esta orgía de lecturas. Felizmente, este lector no era por cierto un prodigio, y a poco que pensemos podremos los más de nosotros recordar las etapas sucesivas de nuestra propia iniciación. Los libros leídos durante la niñez, habiéndolos distraído de algún anaquel que en principio debiera habernos resultado inaccesible, tienen aún esa irrealidad y esa atrocidad de la visión hurtada al amanecer cuando se propaga sobre los campos apacibles, cuando toda la casa duerme todavía. Asomándonos entre las cortinas, vislumbramos el perfil extraño de los árboles que envuelve la bruma y que apenas reconocemos, aunque tal vez los hayamos de recordar durante toda la vida, pues los niños tienen extrañas premoniciones del porvenir. En cambio, las lecturas posteriores [...] es harina de otro costal. Tal vez por primera vez han desaparecido todas las restricciones, y podemos leer lo que nos plazca; las bibliotecas están a nuestras órdenes; mejor aún, tenemos amigos que se encuentran en idéntica situación. Durante días sin fin no hacemos otra cosa que leer. Es una época de extraordinaria excitación, de exaltación. Es como si fuésemos veloces reconociendo a los héroes. Se produce una suerte de maravilla en nuestro ánimo ante la certeza de que somos nosotros quienes estamos haciendo todo esto, y un deseo de dar muestras de nuestra familiaridad con los seres humanos más grandes que jamás hayan hollado este mundo...

Virginia Woolf. Horas en una biblioteca. Traducció Miguel Martínez-Lage. Seix Barral, 2016.

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La compilación de una colección de ensayos de Virginia Woolf inéditos hasta la fecha en castellano es un acontecimiento editorial de primera magnitud. La importancia de Virginia Woolf como novelista y como precursora del feminismo ha eclipsado su faceta de gran lectora y de crítica literaria fundamental, si bien a lo largo de su vida publicó con asiduidad en el Times Literary Supplement y en otras revistas literarias auténticas joyas ensayísticas por su finura en la apreciación de sus contemporáneos y los clásicos de la lengua inglesa, así como por el pulso firme con el que dialoga simultáneamente con el autor leído y con el lector futuro de sus textos. Esta compilación abarca toda su trayectoria, desde sus primeros desempeños en la crítica literaria y en el ensayo informal, o el esbozo literario, siendo todavía muy joven, hasta sus últimas y rigurosas piezas acerca de autores como Kipling, Melville, Dostoievski o Conrad.

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