divendres, 9 de novembre de 2018

frases fetitxe


JUAN TALLÓN
Nada debajo del vestido
JotDown

Estamos solos, pero a veces una frase proporciona compañía, o una certeza a la que agarrarse, o una esperanza, como la que albergan los villanos cuando se reencuentran con 007 y dicen continuamente «Volvemos a vernos, señor Bond», con el vano propósito de acabar al fin con él. La frase fetiche no siempre contiene épica, o una promesa de felicidad. A menudo llama poco la atención. Cesare Pavese, arrastrado por su desencanto, siempre recurría a una expresión incapaz de hazañas, en forma de manotazo: «¡Me importa un bledo!». También Azorín deslizaba en muchos de sus libros un «siempre es tarde» que pasaba desapercibido, aunque al final podía quedarte la sensación de que nunca llegará ese tren.
No es fácil dar con una frase así, en forma de guante, hecha a medida, que sirva para que el autor se ría por dentro. Por regla general no existe, o está debidamente escondida. Los autores incluso intentan no repetir nunca la misma, para no encariñarse. Les gusta permanecer a solas con sus millones de oraciones, sin recordar ninguna en concreto. Construir una frase fetiche que se emplee siguiendo una pauta para iluminar un momento oscuro, o proveer un sueño, parece algo tan sencillo que bien pudiera ser muy difícil. Hay en ella una especie de pistoletazo al aire. Cuando la escuchas, sabes que va a suceder algo, aunque ignores el qué. Frank Columbo, el teniente de homicidios de Los Ángeles que interpretaba Peter Falk, tejía desordenadamente sus investigaciones, mientras fumaba puros apestosos, vestía una vieja gabardina y se movía en un Peugeot 403 Grande Luxe Cabriolet destartalado. En general avanzaba sin grandes certezas, hasta que, a punto de dejar marchar al sospechoso, le decía: «Por cierto, una última pregunta…». Segundos después, esclarecía el crimen.
Una oración favorita simboliza el agujero de la cerradura por el que entra un angosto haz de luz, insignificante como una cerilla. Pero hasta una cerilla es mucho. Los personajes de Faulkner se pasan sus novelas prendiendo una en mitad de la oscuridad. La frase «encendió una cerilla» aparece en casi todas sus obras. Esa cerilla trasciende al cigarro o la pipa, y a su luz Faulkner describe el pequeño universo que alumbra, como en Sartoris, cuando señala: «Snopes encontró una cerilla en el bolsillo y la encendió protegiéndola con la palma de la mano; ayudado por su luz escogió una de las prendas, descubriendo además mientras la cerilla terminaba de consumirse un paquete de cartas en el fondo del cajón». Conviene ser cuidadoso con una frase fetiche, por pequeña y banal que resulte, pues en ocasiones encierra todas las demás.
Los autores escriben muchas veces sin una razón para hacerlo, y su frase favorita carece de cualquier intención o utilidad; es solo un juego. La literatura, como ya sostenía Roberto Bolaño, solo sirve para la literatura. En los años en que Juan Marsé y Juan García Hortelano escribían juntos guiones para Germán Lorente, el argumento era casi siempre la historia de un intelectual en crisis, en la Costa del Sol, que se hacia acompañar por un pianista. Marsé contaba que «el negro aparecía, en la parte descriptiva del guion, presentado con la misma frase: Chico Lionel al piano hacía más nostálgica la presencia de Scott Fitzgerald». No significaba nada. De hecho, confiesa Marsé a Josep María Cuenca que la frase «era una estupidez como una casa».
Hay que ser un lector atento para encontrar el párrafo amado de un escritor, pues en ocasiones coincide con su párrafo secreto. Me costó cuatro libros hallar la frase favorita de George Simenon. Cada vez que la descubría debajo de otras proposiciones más grandes sentía que la página me abanicaba. Suena así: «Llevaba un vestido y era evidente que no llevaba nada debajo». Vive en La viuda, La bailarina del Gai-Moulin, en Maigret en Nueva York y en muchas otras novelas. Búsquenla.
En algunos textos varía ligeramente, pero mantiene el espíritu. En Barrio negro, por ejemplo, se afirma que «una negrita, que no tendría quince años, se sentó bajo la galería, llevaba un vestido verde, nada debajo, tenía piernas flacas, la cintura flexible, y estaba hojeando una revista ilustrada». En Por si algo me ocurriera, la mujer «debajo del vestido no llevaba ropa interior, solamente la piel sobre la cual el tejido negro se deslizaba libremente». En El gato alguien «bebió vino tinto directamente de la botella y cuando bajó Nelly, que iba en zapatillas y casi no llevaba nada debajo del vestido negro, no se le ocurrió qué decirle». Lo mismo pasa en El efecto de la luna: «Llevaba de la mañana a la noche el mismo vestido de seda negra bajo el que ahora Timar sabía que estaba desnuda y ese detalle le turbaba hasta tal punto que, con frecuencia, se veía obligado a mirar hacia otra parte».
Las frases simples, sin accesorios, debajo de las que solo hay un sustantivo y un verbo desnudos, persiguen a uno horas, semanas, años, o toda la vida.

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