dimecres, 24 d’abril de 2019

faulkner, welty, o'connor, walcott, morrison et al.


JAVIER APARICIO MAYDEU
La raza como familia feliz
El País
17|9|2018
Jesmyn Ward ofrece en su segundo National Book Award, 'La canción de los vivos y los muertos', una novela de carretera con el trasfondo del conflicto racial americano
Para buena parte de la crítica norteamericana, la hipérbole puede con los eslabones de la tradición, y cualquier nuevo talento indiscutible tiene a Faulkner o a Homero de parangón. Dejemos a Homero dormir entre la niebla del mito. Avecinemos, en cambio, a Faulkner, en las turbias aguas de cuyos épicos dramas familiares se refleja la áspera narrativa de Jesmyn Ward (Misisipi, 1977), que en La canción de los vivos y los muertos, su segundo National Book Award —con Quedan los huesos logró el primero en 2011—, emula y enaltece las disrupciones y trances familiares que retrata el autor de ¡Absalom, Absalom!, a la vez que reproduce buena parte de su prosa lírica, trufada de síncopas y recursos plásticos para simular a un tiempo sentimiento y movimiento. La autora también le guiña aquí un ojo identificando los capítulos con el nombre de sus narradores, como Faulkner hizo en Mientras agonizo, un drama con el que la novela que nos ocupa mantiene incontestables afinidades, como con la prosa también sureña de la gran Eudora Welty, a la que homenajea en un epígrafe trayendo a la memoria del lector la importancia de la memoria del autor, y de Flannery O’Connor, trufadas una y otra de soledad, desasosiego y tiniebla moral.
Ward es más visceral, no impugna la violencia verbal y sin asomo de duda la usa en su discurso novelado en defensa de la justicia social que se le debe aún a su raza y por la que clama como han hecho dos premios Nobel en extremo afines a su modo de entender la narrativa como necesario acicate para avivar la memoria necesaria de una ominosa herencia: Walcott —al que cita en un epígrafe— desde el verso y Toni Morrison desde la novela, de forma manifiesta en Beloved y en Una bendición, escarbando entre esclavitudes, orfandades y pesadumbres y tejiendo un halo de realismo mágico que confesó haber descubierto en Gabo y que en Ward no nos parece que se manifieste con la claridad con la que algunos críticos lo proclaman.
El título original de esta última novela de Ward, cuya contundencia emocional ha aclamado Margaret Atwood, Sing, Unburied, Sing, pertenece a la letra y al espíritu del góspel, del himno redentor. No en vano la historia de los desdichados hermanos Jojo y Kayla; de su madre, Leonie, atormentada por la muerte prematura y violenta de su hermano Given, el golpe que la condujo a la droga y a las visiones fantasmales; y de la sordidez de la vida cotidiana de sus abuelos en la granja, ella con cáncer, él con la cicatriz de la injusta condena a prisión de los hombres de la familia, no es sino una historia de tristeza fecundada por un grito de rebeldía y enriquecida por episodios de aprendizaje como el testimonio del sacrificio de una cabra que relata Jojo cuando las negras nubes no han hecho sino comenzar a atravesar el cielo de esta novela de inclemencias marcada por la crudeza de sus monólogos alternados y de un lenguaje coloquial, intenso y gráfico, sumamente elaborado, que la brillante traducción ha sabido reproducir.
Menudean las comparaciones —algunas competirían bien en un ejercicio de estilo de taller de escritura creativa—, seducen muchas descripciones (“el cielo es un enorme brochazo azul”, “Una tormenta repentina inunda la habitación de tiempo. Lloro”, “Me parece oír un susurro, como una palabra que vuela”), de la naturaleza agreste y de la naturaleza humana, y asombra la soltura con la que fluye una prosa que, como siempre que hay talento y no solo acierto, recuerda que la literatura está hecha de palabras, y la buena, con palabras bien elegidas y mejor ordenadas.
De la mano de los monólogos de Jojo, de su madre y de su amiguito Richie, el lector va entrando en un laberinto emocional en el que se entretejen la ingenuidad reprimida de los niños y los dolorosos avatares de una madre enferma de dolor y de un onirismo patológico que es irreal pero no es mágico y que inunda su relato contribuyendo a la claustrofobia, la realidad alternativa y el contraste entre realidad atroz y lirismo etéreo que marcan a fuego esta novela. Ward pone en evidencia la confusa linde que separa un destino agorero de un proceder extraviado, los entresijos de un conflicto racial que la novela trata de revelarnos como endémico (“Cuando te miran te ven diferente. Da igual lo que tú veas. Lo que importa es lo que ven ellos”) y la apremiante necesidad de conciliar el rencor con la esperanza.
Tabaco de mascar, un rosario, una mosquitera, jaurías humanas, un pastel de batata y un roble encorvado, delirios de flaqueza, cuervos plateados y un asesinato racial sobre fondo muy oscuro, casi negro. Ese es el atrezo de la tragedia privada nacida de la condena pública que Ward ha querido contarnos en forma de novela de carretera, una madre y dos hijos huyendo del futuro vulnerable para recoger al padre del presidio que simboliza un pasado deleznable. Un trayecto en connivencia que vale mucho más que el destino de convivencia que persigue.
Los lodazales de la granja que habitan Jojo y Kayla no son, a la postre, tan cenagosos como los de su memoria familiar de la raza mancillada.

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