dijous, 4 d’abril de 2019

un retrat

Tots els retrats que es pinten amb emoció no són retrats del model, sinó de l'artista.
Oscar Wilde. El retrat de Dorian Gray.

Txékhov retratat per Osip Braz, 1898.

A Chéjov le angustiaba indescriptiblemente el único retrato pictórico que le hicieron en vida. Fue en 1898, seis años antes de morir. «Parece como si acabara de oler un rábano picante», le escribió desde Niza a una amiga acerca de la expresión con la que aparece plasmado en el cuadro. La imagen, archiconocida, se ha reproducido hasta la saciedad en cubiertas y artículos dedicados  al maestro del cuento. En el lienzo de un metro por ochenta aparece de tres cuartos, sentado en una clásica butaca Voltaire tapizada en terciopelo verde esmeralda. Rictus serio, incluso adusto. Acodado en los brazos del sillón, apoya la cabeza sobre la mano izquierda: el pulgar queda oculto detrás del ángulo de la mandíbula, mientras que el índice, tenso, le tapa el lóbulo de la oreja. Los dedos restantes se repliegan sobre su muñeca, como tres varillas de un abanico abierto. La laxitud de la extremidad superior derecha contrasta con la mano del mismo lado, rígida y casi cerrada en un puño. Tiene el tronco ligeramente inclinado a la izquierda, pero la cabeza está más bien recta. Pese a su frontalidad, la mirada del médico-escritor es ambigua. Los ojos, intensos y a la vez esquivos, se escudan detrás de su célebre pince-nez, como si posara apático y dominado por la toská. En esa emoción intraducible, una suerte de melancolía específicamente rusa con ciertos ecos de saudade, confluyen inquietudes anímicas como el miedo, la nostalgia, el aburrimiento o la aversión. 
Género espinoso, el retrato es un combate de subjetividades, la del retratado y la del retratista. Este último, pincelada a pincelada, juzga a su modelo. Cada uno quiere imponer su mirada, más aún si ambos son artistas.

Marta Rebón. En la ciudad líquida. Derivas, interiores y exilios. Caballo de Troya, 2017. P. 339.

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