dimecres, 16 de desembre de 2020

cârtârescu al cau

 

DLITE 7

Distanciamiento físico impuesto vs. autorreclusión. ¿Es que el distanciamiento social podría funcionar como norma de la escritura? ¿De qué manera? ¿Y como norma de la lectura?
Mircea Cărtărescu: Si se trata de la pandemia, esta no ha cambiado muchas cosas en mi vida, aparte de que casi me mata. Por lo demás, solo he salido menos a tomar una cerveza con los amigos y he mirado más Netflix. Pero no creo que solo de la pandemia trate esta pregunta, sino también de las condiciones que se necesitan para escribir. Sobre qué necesitas para poder escribir y qué te impide escribir. En Una habitación propia, Virginia Woolf muestra qué importante es, para la dignidad, la independencia y el desarrollo interior de una mujer, un espacio que le pertenezca solo a ella, en la que pueda ser no la máscara social impuesta por los prejuicios de los tiempos, sino ella misma. Un espacio así necesita también el artista. Una habitación en la que pueda estar solo. Un equivalente de tu cráneo, donde puedas estar solo contigo mismo. Y como el espacio es, al fin y al cabo, espacio-tiempo, necesitas asimismo tu recinto temporal, en el que también puedas estar solo. Para mi ha sido siempre un privilegio tener un espacio-tiempo solo mío y les estoy infinitamente agradecido a los que me lo ofrecieron, a veces sacrificando algo de su propio espacio-tiempo. Tuve mi habitación en la casa de mis padres, junto a los que viví hasta los 30 años aproximadamente. Luego viví con mis propias familias, en diferentes pisos de edificios obreros, donde, si no tenía habitación propia, escribía en la cocina, durante años. Sin embargo, en general tuve donde cerrar una puerta detrás de mí y me fue reservado el escaso espacio suplementario, con comprensión y solidaridad. Apenas con 52 años conseguí tener una casa de verdad. A partir de entonces, el problema de las condiciones para escribir dejó de ser un problema. En esta casa, por primera vez, Ioana [Ioana Nicolaie, escritora, la mujer de MC] y yo tuvimos cada uno su “habitación propia”. Cuando escribes en tu propia habitación, disponiendo de tu propio tiempo y de tu propio café encima del escritorio, y de una puerta que se cierre ante la inmensidad del mundo, puedes decir que le llevas ventaja a uno como Faulkner, que durante mucho tiempo escribió por la noche, en el sótano de una fábrica, sobre una carretilla volcada. Solo que esta ventaja, que te brinda dignidad, no te brinda también talento o inspiración. Y genio, ni muchísimo menos.
Lo que quiero decir es que toda la reclusión del mundo y todas las condiciones para la escritura son buenas e importantes, pero estas no hacen de ti un escritor. A veces, la escritura supone heroismo, luchar con las dificultades, con los niños pequeños, con el alcoholismo, con el paro, con las enfermedades, con las editoriales que desprecian tu trabajo. A medida que te vas haciendo mayor, la lucha se libra cada vez más contra ti mismo, contra el que fuiste hace 20, hace 30 o 40 años, contra el que robó tu mundo y escribió tus libros, que exprimió tu última gota de talento y de vigor, de tal manera que ahora ya no te queda nada sobre qué escribir y tampoco encuentras reservas morales para escribir, a pesar de la prosperidad que muchos te envidian. Igual que Joyce me robó la oportunidad de escribir Ulises, el autor de Nostalgia de hace 30 años me robó para siempre la oportunidad de escribir ahora Nostalgia. Me dan ganas de estrangularlo por esto.



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