dilluns, 28 de febrer de 2022

les regles de thurber

 


Las reglas de Thurber
James Thurber
1949
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Escritor, ilustrador y humorista gráfico publicado con éxito y muy querido, James Thurber —cuyo trabajo encontró cobijo regularmente en las páginas de The New Yorker— recibía a menudo manuscritos no solicitados de aspirantes a escritor. Hasta tal punto que en su libro Thurber Country, de 1949, incluyó la siguiente lista con una introducción que decía: «He fijado unas pocas reglas imprescindibles sobre el humor después de recibir decenas de ensayos y relatos humorísticos de desconocidos a lo largo de un período de veinte años.»

1. El lector debería poder descubrir de qué va la historia.
2. Se debería intuir el tema general en las primeras quinientas palabras.
3. Si el escritor ha decidido cambiar  el nombre de su protagonista de Ketcham a McTavish, Ketcham no debería seguir asomando la cabeza en las últimas cinco páginas. Una buena forma de eliminar esta confusión es leer la obra otra vez antes de mandarla y eliminar Ketcham por completo. Ketcham es un incordio.
4. Las palabras más significativas no deben partirse al final de línea. Después de un corte silábico, la atención del lector no puede volver a captarse.
5. Tampoco hay forma de recuperarse de nombres como Ann S. Thetic, Maud Lynn, Sally Forth, Bertha Twins y similares.
6. Evitar historias cómicas sobre fontaneros que son confundidos con cirujanos, sheriffs aterrorizados por las armas de fuego, psiquiatras que se vuelven locos por sus pacientes, médicos que se desmayan nada más ver sangre, chicas asolescentes que saben más de sexo que sus madres y enanos que resultan ser padres de luchadores de ciento setenta kilos.

Le tengo una manía especial a la gente que escribe la primera frase sin nada en mente y luego trata de crear una historia en torno a ella. Estas frases, normalmente fáciles de detectar, son como las siguientes: «El señor Ponsonby nunca había puesto el perro en el horno antes»; «—Tengo un árbol de vino, ¿quieres verlo?—dijo el señor Dillingworth» o «Jackson decidió de repente, y en realidad sin razón alguna, comprarle un triciclo a su mujer». Nunca he seguido la suerte de tales personajes en los cuentos que he recibido más allá de la frase inicial, pero, como tú, me hago una ligera idea de lo que puede o no ocurrir en El horno que ladra, El árbol de Borgoña y Un triciclo para mamá.

Shaun Usher. Listas memorables: sucintas o detalladas, personales o públicas: más de ciento veinte listas confeccionadas por gente anónima y personajes célebres de la historia. Salamandra, 2015.


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