La biblioteca principal de la casa de Lanús tenía un piano negro y muñecas antiguas sobre sillas de cuero, muñecas de piel verdosa y ojos que nunca se cerraban. Podía investigar esos estantes sin interferencias ni censura previa: a mis padres les daba igual o no me prestaban atención.
Estaba formada principalmente por dos colecciones de libros: la Biblioteca Básica Salvat y Club Bruguera. Los de Salvat tenían color por género (narrativa era anaranjada, dramaturgia azul), y los de Club Bruguera tenían cada uno un color distinto. Y estaban numerados. El 1 era A sangre fría de Truman Capote, y era rojo. Las colecciones estaban completas. Mi padre tenía pasión por lo coleccionable: también compraba fascículos para encuadernar y por eso había unas cuantas enciclopedias y diccionarios en la casa, desde Lo sé todo hasta el Larousse.
Con esas dos colecciones me armé un canon de favoritos. En mi formación lectora nunca hubo, y no hay, bibliotecas públicas, librerías o libreros con quienes haya establecido una relación especial o memorable. Mis lecturas empezaron en la biblioteca de casa, siguieron con las lecturas institucionales en la escuela y la universidad y continuaron con una red de recomendaciones por fuera de los lugares tradicionales del libro, entre amigos, revistas no literarias como Caín y Cerdos & Peces, o entrevistas de mis músicos favoritos, que mencionaban qué leían o llevaban remeras con, por ejemplo, la cara de Poe
Mariana Enríquez. «Los transbordadores». A: Archipiélago. Una formación lectora en veintinueve islas. Ampersand, 2025. P. 9.

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