ANNA CABALLÉ
La bibliotecaria antifascista
Babelia | El País
30|5|2026
Uno de los beneficios más gratos del género biográfico es su capacidad de restituir valores del pasado —hombres, mujeres, acciones— que quedaron sepultados por la simple del paso del tiempo, que es olvido. Hay que mantenerse firme, tanto individual como colectivamente, para luchar contra él y también contra las deturpaciones que ambos comportan —el tiempo, el olvido—. En esta línea está Ana María Díaz Marcos, profesora en la Universidad de Connecticut, quien nos ofrece con su biografía de Ernestina González la oportunidad de compartir su descubrimiento casi arqueológico.
Pero ¿quién fue Ernestina González? Confieso mi ignorancia sobre la labor de aquella bibliotecaria y activista política, nacida en un histórico pueblo (o ciudad) de Burgos, Medina de Pomar, en 1896. Desembarcó en Nueva York la Nochebuena de 1936 para reunirse con su suegra, Pauline Fleischman, después de que ambas hubieran perdido al hombre que las había conectado, el ingeniero Leo Fleischman, fallecido poco antes en un hospital de sangre madrileño a causa de una explosión. Fue el primer voluntario estadounidense que murió en la Guerra Civil. Lo cierto es que Ernestina González iba a Nueva York con una misión delicada: aprovechar la facilidad de poder instalarse en Nueva York para movilizar, en lo posible, a la opinión pública sobre el conflicto español y presionarla de modo que se pudiera levantar el embargo de armas decretado por el presidente Roosevelt. La República necesitaba la ayuda militar que no encontró en las democracias occidentales, dependiendo más de lo deseado de la Unión Soviética. En todo caso, la ciudad se convertiría rápidamente en el epicentro del activismo prorrepublicano y de ella surgiría la llamada Brigada Lincoln: unos 2.800 voluntarios norteamericanos que se incorporaron como parte de las Brigadas Internacionales.
Según Díaz Marcos, la bibliotecaria poseía innumerables cualidades que la convirtieron en un agente central de la energía antifascista que irradiaba desde Nueva York: era comunista convencida, aunque nunca lo hiciera explícito, testigo del asedio de Madrid, poseía el don de la elocuencia y hablaba un inglés impecable. Es decir, que aquella mujer menuda, de aspecto adusto, se crecía —como Pasionaria— cuando tomaba la palabra, convirtiéndose en un referente crucial en los debates y actividades en torno a la guerra española.
Su biógrafa reconstruye la peripecia vital de Ernestina González, probablemente la única española que se vio obligada a declarar en el Comité de Actividades Antiamericanas. Al negarse a cooperar se la condenó a varios meses de cárcel en 1950. Una experiencia que la marcó por el desgaste que le supuso, después de tanto tiempo de verse seguida por el FBI. Y saberse vencida, pues la Guerra Fría favorecería los intereses de Franco. En 1953, Arthur Miller estrenaba Las brujas de Salem, donde el dramaturgo denunciaba el fanatismo y la caza de comunistas. Consciente de la importancia de su investigación, Díaz Marcos ubica la interesante historia política de su biografiada, el periodo entre 1936 y 1950, incluyendo la consulta y transcripción de los interrogatorios mantenidos por Ernestina con el Comité en los primeros capítulos del libro, retomando en el cuarto el curso vital desde su nacimiento y hasta su muerte, en Madrid, en 1976. Su formidable historia y su lucha política recuerdan a la de Emma Goldman. Una biografía que constituye un auténtico rescate.


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