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dilluns, 31 de març del 2025

daniel defoe


En vida, Daniel Defoe pasaba por ser un hombre vil y sin honra, y no cabe descartar que él mismo se viera así. Sin embargo, era creyente y tenía unos principios morales según los cuales inventarse una historia era un pecado grave. Para este puritano, escribir una novela equivalía a faltar a la verdad, a pretender corregir la obra de Dios y a burlarse del lector que, salvo que sea un imbécil o un niño, lee para instruirse y no para entretenerse con quimeras. Por otro lado, treinta años de periodismo le habían enseñado que no siempre hay materia que copiar, sino que a veces hay que reordenar, inventar incluso. Su ética profesional desaprobaba la ficción pero toleraba lo que en la jerga de la prensa se llama trucaje. A este acomodo debemos unos libros cuyo éxito comercial acogió satisfecho. Seguramente la gloria eterna de al menos dos de ellos le alegró como alegran las inversiones inciertas que luego resultan mucho más rentables de lo esperado. En cambio, me cuesta imaginar que esa gloria le inspirara orgullo literario, aunque fuera a título póstumo.

[...] Con la edad, a muchos novelistas se les agota la inventiva, y se ven reducidos a escribir sus memorias, biografías y crónicas. Defoe siguió el camino inverso. Dio rienda suelta a su imaginación al acercarse a los sesenta años, porque no pudo antes. Aquel hombre incansable estaba cansado. Le faltaban fuerzas para salir a buscar información sobre el terreno y hurgar en las basuras como había hecho durante tanto tiempo. Miraba con envidia los éxitos editoriales del momento, como por ejemplo la historia de Alexander Selkirk, el náufrago al que encontraron en una isla desierta y que había apasionado a toda Inglaterra. Fue así, para explorar de manera fraudulenta un filón comercial, como escribió las memorias de Robinson Crusoe.

El ideal literario de Daniel Defoe era Papillon: una historia real que ilustraba la valentía del hombre y la hostilidad del mundo, narrada con elocuencia por su protagonista. Como la fórmula le había salido bien una vez, no se abstuvo de volver a usarla: después de Robinson elaboró las Memorias de un caballero, que paseaban al lector por la Europa de la Guerra de los Treinta Años; las del Capitán Singleton, que le hacían descubrir la sociedad de los piratas; las de una ladrona callejera en Londres, Moll Flanders; las de una aventurera de alto vuelo, Lady Roxana; las de un burgués londinense en tiempos de la gran peste; y otras que omito.

Ninguna de estas obras se publicó con su nombre. Parece ser que temió devaluarlas. Era un falsificador más que un mistificador; no quería que le mostraran a plena luz del día y le admiraran, sino engañar al lector sobre la mercancía. Quizá procede de ahí el realismo extraordinario de sus libros...

 

Emmanuel Carrère. «Moll Flanders, de Daniel Defoe». A: Conviene tener un sitio adonde ir. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama, 2017. P. 51-52.


dimarts, 12 de desembre del 2023

judici universal: de foe

 

DE FOE

Fui allí abajo, en el infecto planeta que Dios aniquiló por fin, hombre culto y falaz. Aquí no tengo necesidad, para salvarme, de hacer de tartufo puritano ni de abogado que miente para encubrir sus miserias y salvarse del collar de cuerda enjabonada. No quiero ni puedo esconder nada. Diré, por fin, toda la verdad y nada más que la verdad. De un gran bloque de mentiras me libró la piedra sutil del sepulcro. Ahora, por vez primera, respiro libremente el aura de la plena sinceridad. Me siento feliz pudiendo arrojar mis vestidos y disfraces terrenos, mis innobles disimulos, todos los falsos nombres y los falsos pudores y rubores de mi vida desgraciada.

Aquí es lo contrario de lo que sucedía en la tierra inmunda: se salva aquí arriba el que confiesa abiertamente toda culpa y toda vergüenza. Allí abajo había que mentir o morir.

Siento un cierto deleite reconociendo que fui insolvente, libertino, libelista, espía, arrivista y negociante, intrigante y cambiachaquetas, hipócrita y venal, y justamente fui perseguido y después castigado con la cárcel y con la picota.

De una sola cosa creo que me puedo gloriar: de haber puesto ante el hocico de mis contemporáneos la relación verídica de su vida fingida y porcina.

A los sesenta años, ya rico de miserable experiencia, comencé a escribir libros, historias de aventuras que tuvieron inesperada fortuna. Y entonces me vengué a mi modo de aquella bestial raza humana que había favorecido y estimulado mi perversidad y que para vivir me había constreñido a que aceptase los oficios más infames.

En mis novelas quise decir a todos cuál era, bajo los trapos de la respetabilidad, su verdadera naturaleza. Sólo escribí vidas de prostitutas, de ladrones, de filibusteros, de rufianes, de rateros, de aventureros charlatanes, de cortesanas fastuosas, de apestados y de locos. La gente se divertía creyendo que, por diversión, ponía ante la vista las suciedades del bajo mundo del vicio. Pero se equivocaban. Mi juego era otro. Quería dar a entender con aquellos novelescos pretextos de vidas desordenadas que toda la vida humana no es más que un estercolero, un lupanar, una liga de mala vida. Los grandes no eran, para mí, más que aventureros afortunados; los honorables comerciantes no otra cosa que filibusteros; las bellas damas de la buena sociedad nada distinto de las prostitutas; los prudentes y venerados burgueses nada más que apestados clandestinos.

No lo entendieron ni entonces ni luego, pero toda mi obra no fue más que una completa condena de la especie humana, la picota para toda condición de hombres. La llave de todos mis libros es el más famoso y menos comprendido: la historia del hombre que vivió feliz durante muchísimos años en una isla solitaria ayudado tan sólo por un pobre salvaje, lejos de todos los demás hombres y del hedor mortífero de aquella civilización.

Éste es el único desquite de mi repugnante vida: haber sentido, al final, repugnancia de la humanidad y haber intentado que todos la sintieran. Si esta náusea final puede ser un atenuante para la futura sentencia podrá juzgarlo Aquel que lee, mejor que nosotros, en nuestras almas.

 

Giovanni Papini. Juicio universal. Traducció de Isidoro Martín. Planeta, 1959. P. 617-618.

 

dimecres, 30 de desembre del 2020

raccord (cinema)



«A poco de empezada la historia, Robinson Crusoe nada totalmente desnudo hasta los restos de su barco.
En el mismísmo párrafo Defoe le hace llenarse los bolsillos de galletas».

David Markson. La soledad del lector. Traducció de Laura Wittner. La bestia equilátera, 2012. P. 22.

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