dijous, 20 de juny de 2013

rebels enfront revolucionaris


Lo que distingue al rebelde crónicamente indignado del revolucionario consciente es que el primero es capaz de cambiar de causa y el segundo, no. El rebelde dirige su indignación de pronto contra esa injusticia, de pronto contra aquella; el revolucionario es un hombre que odia con método, que ha reunido toda su capacidad de odio en un solo objeto. El rebelde siempre tiene algún rasgo quijotesco; el revolucionario es un burócrata de la utopía. El rebelde es entusiasta; el revolucionario, fanático. Robespierre, Marx, Lenin eran revolucionarios; Danton, Bakunin, Trotski eran rebeldes. Generalmente, son los revolucionarios los que modifican el curso material de la historia, pero algunos rebeldes dejan en él una huella más sutil y, sin embargo, más duradera.

Arthur Koestler. Memorias. Traducció de J.R. Wilcock i Alberto Luis Bixio. Lumen, 2011. P. 290.

2 comentaris:

  1. Fantàstica la seva autobiografia en 2 vols publicada fa bastants anys. Aquestes memòries són posteriors, no?

    La personalitat del personatge, fascinant. Fins els anys 40 interessantíssima. A partir dels 50, dubtosa i inquietant.fantàstica

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    1. Es tracta, justament, d'una reedició d'aquests dos volums que cites -La flecha en el azul i La escritura invisible- en un de sol, Lluís (per molts anys!, que tots els sants tenen vuitada, diuen). 943 pàgines la mar de distretes. Aquest no el tenim a la biblioteca.

      I per si algú no n'ha sentit a parlar mai del personatge:

      Un oficial de la inteligencia británica que entrevistó al escritor para valorar la posibilidad de concederle un visado, lo describía en su informe como «1/3 genio, 1/3 canalla y 1/3 lunático». Arthur Koestler es, sin duda, uno de los personajes más excepcionales e inclasificables del siglo XX: un Jano fascinante y repulsivo.

      Periodista, escritor de novelas políticas y psicológicas, activista del comunismo y del anticomunismo, científico y paracientífico, judío sionista y antisemita, centroeuropeo desarraigado, pronorteamericano al que en el fondo desagradaban los Estados Unidos y británico de adopción. Con unas vivencias intensas y controvertidas tanto en el plano político e intelectual como en el personal, su biografía constituye un regalo para cualquier biógrafo. Si su trayectoria política se ajustó en sus extremos al convulso siglo, su evolución intelectual desbordó los cánones de la «normalidad» y su vida se compone de tantas escenas singulares y de tantos excesos que incurre en la teatralidad intrínseca. Koestler mismo, además, pareció transfigurarse en actor consciente e histriónico de su propia existencia: gestor y manipulador de su imagen y experiencias que transformaba en excusas personales, personajes literarios o razones políticas. Y esto es algo que su biógrafo Scammell refleja brillantemente, a veces malgré lui.
      Casi todo en torno a él resulta teatral. Su vida se halla cuajada de circunstancias y hechos excepcionales, de belleza trágica o extrañamente cómica. Una traumática operación infantil de amigdalitis sin anestesia que le arrebató la confianza protectora de sus padres; un viaje en Zeppelin al Polo Norte; su ingestión del veneno que le había facilitado Walter Benjamin y que a Koestler no lo mató; la estancia en una prisión española donde escuchaba diariamente los fusilamientos de los condenados (preludio del propio); una esperpéntica velada con existencialistas en París, donde los comensales se tiraron «los tejos», hubo discusiones políticas, peleas de migas y borracheras lloronas; ese libro providencial que le cayó en la cabeza, y lo salvó, cuando intentaba suicidarse con gas; o su indignación cuando su admirado mentalista doblador de cucharas, Uri Geller, fue cuestionado por la «cobardía» de unos científicos británicos. Hasta la adquisición –en sus últimos años de obsesión por los fenómenos paranormales– de un carísimo aparato para pesar a personas en proceso de levitación y, por supuesto, el colofón: su propio suicidio planeado y en pareja.

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