dilluns, 15 de desembre de 2014

paresidos rasonables


Louis Bouilhet (esquerra) i Gustave Flaubert.

[Nota de la copista: Mario Vargas Llosa, parlant del mètode de treball de Flaubert]
«Hasta octubre de 1853, este horario rígido cambiaba ligeramente los fines de semana, que Louis Bouilhet venía a pasar con él a Croisset. Los amigos permanecían encerrados todo el domingo en el escritorio, leyéndose y criticándose mutuamente —de manera implacable— el trabajo de la semana.
Gustave tenía confianza total en la opinión de Bouilhet y solía acatar los consejos de éste, quien, a lo largo de la redacción de Madame Bovary, fue una segunda conciencia crítica para Flaubert. Pero Gustave y Louis dedican también muchos domingos a comentar con detalle —y a corregirlos, rehaciendo estrofas enteras— los poemas que les envía Louise Colet. Esa venida de Bouilhet, a quien Flaubert quiso siempre entrañablemente, era una de las pocas distracciones de su vida monacal, un asueto que esperaba con avidez durante la solitaria y extenuante semana. Cuando Bouilhet partió a París, en octubre de 1853, el domingo se convirtió en un día idéntico a los otros».

Mario Vargas Llosa. La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary. Punto de lectura, 2011. P. 77.
1869. Mort de Louis Bouilhet, a qui una vegada havia anomenat «l'aigua Seltzer que em va ajudar a digerir la vida». «Perdent Bouilhet, havia perdut la meva comare, l'home que veia més profundament en els meus pensaments del que ho feia jo mateix».

Julian Barnes. El lloro de Flaubert. Traducció de Núria Ribera. Ed. 62, 1995. P. 34.

*
En autobús al reino de los muertos, desde el centro de Rouen lentamente, cuesta arriba, a visitar a Flaubert. [...] Todos los difuntos que uno busca yacen entre ejércitos de otros difuntos. Aquí enterró Flaubert en 1869 a su amigo Louis Bouilhet, que sin él hubiera sido olvidado. Pero en esta amistad no hubo jerarquía, ni tampoco después. Con Bouilhet, Flaubert enterró no sólo, como él dijo «una parte de mí mismo», sino también a su eterno confidente, al hombre al que consideraba su accoucheur, palabra cuya traducción más exacta es quizá «comadrón». A él le escribió algunas de sus más hermosas cartas, con él pudo pasarse tardes enteras divirtiéndose como un loco como con nadie más. «Bouilhet y yo nos hemos pasado toda la tarde del domingo imaginando cuadros de nuestra decadencia. Nos veíamos viejos, indigentes, en el Hospital de los Incurables, barriendo las calles...Empezamos riéndonos y acabamos casi llorando» (carta a Louise Colet del 16 de noviembre de 1852). Dos años antes, el 13 de marzo de 1850, había escrito a Bouilhet desde Siria una jovial carta de la cual se eliminaron, en 1922, para la edición de sus Oeuvres complètes, pasajes enteros que desaparecieron en la tumba de la censura, a causa de sus vívidas descripciones de experiencias con meretrices y de noches locas. Dice un fragmento que no fue incluido hasta la edición de la Pléiade de 1973:
Nos acostamos sobre su cama, hecha de cañas de palma. Un pábilo ardía en una lámpara de forma antigua colgada del muro. En una pieza vecina, los guardias charlaban en voz baja con la sirvienta, una negra de Abisinia que tenía en ambos brazos las huellas de la peste. Su perrito dormía sobre una chaqueta de seda.
Se lo chupé con rabia. Con el cuerpo sudoroso, estaba cansada de danzar, tenía frío. La cubrí con mi pelliza de piel, y se durmió con los dedos entre los míos.

Cees Nooteboom. «Gustave Flaubert 1821-1880». A: Tumbas de poetas y pensadores. Traducció de María Condor. Siruela, 2007. P.106-108.




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