dimarts, 28 d’abril de 2015

un fan


«Hace un año que la guerra ha terminado y Brodeck, superviviente de la mayor matanza organizada de la historia, debe redactar el informe de un asesinato. Empleadillo de aldea cuyo cometido es pergeñar reportes de dudosa utilidad, tan dudosa que la distante Administración olvida remitirle su salario, Brodeck no tiene más remedio que acometer la penosa tarea que le han encomendado sus vecinos: el alcalde, el herrero, el tabernero, los granjeros, los hombres del pueblo en suma, todos ellos responsables del crimen. Lo que necesitan es un informe tan fidedigno que su lectura conlleve comprensión y perdón, pero ellos no son diestros lidiando con las palabras, menos si es por escrito; Brodeck, en cambio, ha cursado estudios en la capital y aporrea rutinariamente el teclado de su máquina de escribir. Por añadidura, él no se cuenta entre los asesinos. ¿Acaso es uno de ellos, en verdad? De origen foráneo, casado con una mujer traída de la capital (otra foránea), había sido el chivo expiatorio en los días de la ocupación y, cuando ya se lo daba por muerto, había retornado del infierno de los campos de concentración. El mismo hecho de mantenérselo al margen del crimen es ya una señal decidora. Así pues, con la impericia de alguien que no está versado en las prácticas forenses, Brodeck redacta el informe y de paso realiza un descubrimiento inesperado.
Si algo distingue de entrada a El informe de Brodeck, novela del escritor francés Philippe Claudel, es su calculada indeterminación. Sólo por ambiguos indicios podemos suponer que el escenario en que se desarrolla la trama es, tal vez, una aldea centroeuropea (¿austríaca?). Que el narrador-protagonista cuyo nombre figura en el título es judío y que su origen se sitúa en la Europa oriental (de cuyas pasadas calamidades ha sido rescatado por una mujer que, años después, sigue siendo el ángel bueno de su hogar). Que la guerra aludida es la Segunda Guerra Mundial. Que los uniformados que invadieron la aldea en cuestión eran nazis, y que el lugar de reclusión del que Brodeck ha salido -con vida, sí, pero con la dignidad quebrada- es un campo de concentración alemán. La misma naturaleza del encargo, el susodicho informe, rebosa ambigüedad. ¿Está autorizado el improvisado escriba a recabar todos los detalles que conciernen al crimen? ¿Quién habrá de leerlo, y, más decisivo aún, por qué están tan seguros los criminales de que serán perdonados? La verdad es que la faceta policial del asunto no importa demasiado, Brodeck sabe de antemano lo que hay que saber y no tiene más que ponerlo en blanco y negro. La víctima era un individuo extraño, alguien que se había instalado en la aldea poco después de la guerra, venido al parecer de la nada y resuelto a permanecer en el anonimato. Alguien a quien los aldeanos designaron con multitud de sobrenombres preñados de desconcierto, imponiéndose muy significativamente el de Der Anderer (el otro, en alemán). Su aspecto y sus maneras, su completo desinterés por encajar en el lugar: todo en él parecía esconder el propósito de suscitar recelo, de activar el atávico miedo a lo desconocido. Acaso inevitablemente, la tensión crecía conforme se prolongaba la estancia del extraño, enrareciendo el ambiente hasta lo intolerable.
El Otro. Uno que, con fatídica presciencia e inusitados -¿inocentes?- métodos, había removido la inmunda ciénaga en que reposaba la vida de la aldea, su apócrifa estabilidad y sosiego. Sin llegar a trabar conocimiento con nadie, ni siquiera con Brodeck, que había tratado de intimar con él, el individuo iba de un lado para otro con un cuaderno en que tomaba misteriosos apuntes. Un día, el Otro había decidido retribuir a la paciencia con que se lo soportaba, para lo cual organizó una exhibición de paisajes y retratos de propia mano. ¡Un artista, pues, y lo que hacía era trazar croquis del lugar y sus gentes! Inicialmente halagados y aliviados por lo que venía a explicarlo casi todo, pronto percibieron los lugareños que la iniciativa del personaje no era sino una bofetada a su autocomplacencia. Los dibujos del Otro mostraban lo que escondía la piel de cada uno de ellos, devolviéndoles una imagen repulsiva de sí mismos. ¿Qué poder era el de aquel intruso, que veía lo que todos se esforzaban en ocultar? ¿Con qué derecho revelaba lo que todos pretendían olvidar? Irritados, los aldeanos «vieron lo que eran y lo que habían hecho», y no lo soportaron. «Él era el espejo –dice un personaje-. Y los espejos (…) acaban rompiéndose».
Lo que eran y lo que habían hecho. Llevando adelante sus pesquisas, escribiendo el informe y en paralelo una crónica o memoria que, como él admite, «avanza, retrocede, se salta el hilo temporal como quien salta una cerca, se va por las ramas», Brodeck descubre que no lo sabía todo, que el significado de ciertos matices y detalles inscritos en los dibujos del Otro se le había escapado (a fin de cuentas, sus dos años en el campo de concentración suponían una laguna en su conocimiento del pueblo). Descubre, Brodeck, que la podredumbre moral de los verdugos cunde por doquier y que, en lo sucesivo, la cohabitación con sus vecinos es imposible.
Philippe Claudel ha moldeado una inquietante novela en que la indeterminación referida y el empaque alegórico del personaje conocido como Der Anderer amplifican su efecto metafórico o, si se quiere, la moraleja. Si ya en Almas grises, novela anterior, el autor se revelaba excepcionalmente dotado para la indagación en el lado sombrío de la condición humana (valiéndose además de un patrón narrativo vagamente similar: un asesinato, una crónica redactada por mano inexperta, la amenaza de un secreto terrible), El informe de Brodeck lleva a un nivel superlativo el potencial perturbador de su literatura, obsequiándonos una parábola rica en matices y planos de significado. Por medio de sutiles pinceladas y estampas hábilmente insertadas en la corriente principal del relato (precisamente aquellos saltos e idas por las ramas a que alude la voz narradora) se hace el recuento de las enormidades del siglo que debía ser el del progreso y la razón: la guerra («La guerra es una mano inmensa que barre el mundo. Es la coyuntura en que el mediocre triunfa y el criminal recibe la aureola de santo, ante quien todos se arrodillan, a quien todos aclaman, a quien todos adulan. ¿Tan insoportablemente monótona es la vida para los hombres, que desean la matanza y la destrucción de ese modo?»); la segregación y la persecución devenidas sistema («Me llevaron, como a miles de personas, porque teníamos nombres, caras o creencias distintas de las suyas»); el tormento y la deshumanización metódicos de los campos de concentración («Las siluetas y las caras huesudas que poblaban el campo eran siempre las mismas. Ya no éramos nosotros mismos. No nos pertenecíamos. Ya no éramos individuos. Sólo una especie»); la hybris retorcida de quienes se creían llamados a dominar en razón de su raza («Los Fratergekeime –entiéndase, los nazis- seguían siendo los amos, pese a que habían perdido. Eran dioses caídos, grandes señores presintiendo que no tardarían en despojarlos de sus armas y corazas. Con la cabeza todavía en las nubes, pero sabiéndose colgados boca abajo»); la vesania corrosiva del hombre despersonalizado, del hombre-masa expuesto al delirio colectivo, al odio coreografiado por los ideólogos y caudillos de turno («La muchedumbre en sí es un monstruo, un enorme cuerpo que se engendra a sí mismo. (…) Detrás de las sonrisas, las risas, las músicas y los eslóganes hay sangre que se calienta, sangre que se agita, sangre que gira y enloquece al verse revuelta y removida en su propio torbellino»). La síntesis de una época entera, ya se ve.
Súmese a lo anterior la vertiente simbólica que brota del tema del Otro y su violento final: confrontación con lo enigmático, con aquello desconocido que rompe con las convenciones establecidas, reduce a nada el autoengaño y hace aflorar los odios y los miedos latentes. Por su parte, el tema del terrible secreto que redondea el sentido de la historia y precipita su desenlace viene a potenciar el carácter de parábola del mal de la novela. Lo que se obtiene en definitiva es el equivalente de un clásico mayor de la literatura: El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad. Claudel, como Conrad, es un maestro en la construcción de una trama que progresa sin prisas, trama de ritmo sincopado y atmósfera atosigante, capaz -con todo- de mantener constantemente en vilo al lector. En ambos casos, narrativa de imágenes sobrecogedoras, palabra precisa y tremendo poder de sugestión; narrativa cuya interpretación se desdobla en planos simultáneos (en la novela de Conrad, recuérdese, hay el plano de la denuncia de la explotación del Congo y el plano alegórico del descenso a las tinieblas morales del individuo). Como en El corazón de las tinieblas, aunque muy condensado, tenemos en la novela de Claudel el trayecto azaroso y su similar degradación espiritual (véase el episodio del traslado en tren de los deportados al campo de concentración).
No hay concesiones a la banalidad ni a los facilismos en El informe de Brodeck. Al tiempo que se siente uno conmocionado por la crudeza de la historia, también se ve seducido por el sortilegio de una prosa bella y envolvente como pocas. Cabe destacar que no todo en esta novela es pesimismo y desaliento. Como candil en la oscuridad, y tan esperanzador, resplandece el episodio del anciano que acoge al protagonista en su camino de retorno a la aldea, tras su inesperada liberación. Tenemos a Fédorine, la entrañable anciana (presumiblemente rusa), alma del hogar de Brodeck y su salvadora en la infancia y en la adultez. Muy especialmente, tenemos la hermosa historia de amor que subyace a todo y que sobrevive a todo, incluso a las peores vicisitudes. El amor de Emélia, la mujer de Brodeck, es ni más ni menos que la razón por la que el protagonista no se ha doblegado en el mismísimo infierno erigido por los hombres.
En lo personal, una de las mejores novelas que he leído en mucho tiempo».

Rodrigo. «El informe de Brodeck». Hislibris. 4|abril|2012.





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