dilluns, 6 de juliol de 2015

una biblioteca a oamaru, nova zelanda


«El Ateneo era un edificio de dos pisos de Thames Street. La planta baja se destinaba a museo de rocas, fragmentos de huesos y jade enjaulados, y aves nativas disecadas, entre ellas un huia con el rótulo de «extinto». La planta alta, que custodiaba, al pie de la escalera, un enorme moa reconstruido y de ojos vidriosos, también declarado extinto, se destinaba a biblioteca. En ella, la bibliotecaria, llamada, supuse, de acuerdo con su hábitat, señorita Ironside, daba y recogía libros detrás de una verja de hierro. La sección juvenil (Catorce y Menos de Veintiuno Silencio Por Favor No Doblen las Páginas) consistía en una pared tapizada de volúmenes contigua a las ventanas que daban a Thames Street.
Por «libros» se entendía sobre todo los ingleses destinados a la lectura, como distintos de otros que yo conocía: el de las partituras de gaita, el de las moscas de pesca y los del sindicato, pertenecientes a papá; el Libro de Dios, gran obra cristadelfiana, con imágenes del Señor en un torbellino de nubes borrascosas; la Biblia; el Libro del Médico, con instrucciones sobre enfermedades de la infancia y un capítulo acerca de la mujer yacente que, mostraba la ilustración, «daba a luz» asida de una sábana, enrollada como una persiana en la férrea cabecera del lecho; los de autógrafos con sus hojas coloreadas al pastel; los de cumpleaños (el de madre, el Whittier Birthday); los numerosos que habíamos confeccionado para uso doméstico; los de historietas; los nuestros de texto; y, en fin, los «de costura» de tía Maggie, con páginas de franela que ostentaban, en ordenada formación, las agujas Crewel (Cruel).
—¿Qué pido en la biblioteca, mamá? —pregunté.
De pronto me sentí ignorante y encogida ante el universo de una biblioteca, sin saber qué escoger y apegada a Los cuentos de Grimm, los diccionarios escolares y los poemas que conocía, y pensando con desgana en los libros «infantiles» que se suponía había de leer: Alicia en el país de las maravillas, El viento en los sauces, Peter Pan y los relatos Just So...
Madre exclamó arrobada:
—Oh, Mark Twain (Samuel Clemens), Inocentes en el extranjero, oh, La cabaña del tío Tom, oh, David Copperfield (Dickens, oh, El cuento de Navidad, niños, hace frío esta noche, dijo el rey de los duendes).
Mi suscripción el la biblioteca fue un gaje familiar. Llevé a casa un libro «William» para Bruddie, que todos leíamos. Encontré Los cuentos de Grimm, de la misma clase que el que me prestó Poppy, de cubiertas rojas y páginas delgadas y abarrotadas de letras. Hallé uno de «vaqueros» para papá y un Dickens para mamás, que no disponía de tiempo para leerlo; pero lo tomó, lo abrió, lo hojeó, leyó en voz alta descripciones notables, y dijo: «¡Qué maravilla, niños! Charles Dickens nació pobre y llegó a ser un gran escritor.» Luego de un prolongado contacto con los hermanos Grimm, me atreví lo suficiente para dedicarme a otras lecturas: los Bumper Books for Girls and Boys, y los libros Boarding School, y continué, secundariamente, por así expresarlo, con Myrtle mi trato con True Confessions y True Romances...»

Janet Frame. Un ángel en mi mesa. Traducció de Juan Antonio Gutiérrez-Larraya, Ana M. de la Fuente y Elsa Mateo. Seix Barral, 2009. P. 76-78. 



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