divendres, 21 d’octubre de 2016

la lliçó de fouché


De vez en cuando, en ocasiones de forma imprevista, un acontecimiento, incluso menor, puede ser casi como una cristalización de época. Es cuando alguna cosa que ha pasado, casi como una brisa, se convierte en emblema de su tiempo. Siempre se sabe más tarde, claro, nunca en el preciso momento que sucede. Y es que, en el fondo, somos muy ciegos para nuestro tiempo, a pesar de que la vanidad nos impulse a pensar lo contrario.
Lo mismo sucede con los personajes de la historia, especialmente de la historia política. Las viejas formas de escribirla nos hablaban de reyes godos y católicos, de emperadores y zarinas, de primeras espadas. Más tarde, aprendimos a leer eso que algunos, con Carlo Ginzburg a la cabeza, llamaron microhistoria: la letra pequeña, los borrones, la nota a pie de página. Desde entonces, aprendimos a buscar entre los desperdicios de la historia, como decía Walter Benjamin, un poco de luz, a poder ser fulgurante. Más valía ser trapero, entre las ruinas de la historia, antes que escriba o notario. Era fácil, entonces, coger gusto a los personajes menores, a los que quedaron en la vereda. Desde entonces, se nos quedó entre las cejas una especie de recelo por los que pretendían ir de protagonistas, por aquellos que ignoraban, pobrecillos, que no eran, muchas veces, más que comparsas de aquellos otros a los que despreciaban.
La historia, así, produce algunas sorpresas. Y, con el tiempo, revela el rostro de algunos protagonistas extraños, que aparece con más nitidez cuando la época ha difuminado sus contornos más llamativos. ¿De quién se hablará, de aquí a cincuenta años, o dos siglos, cuando se intente comprender algo de las turbulencias que ocupan nuestros días? ¿Serán algo esos de los que hablamos cada día o ya serán, entonces, humo incomprensible para los que vengan detrás? Hace unos meses volvimos hacia el cardenal Mazzarino para comprender algo, no del tiempo de Luis XIV, sino del nuestro. Leyendo estos días una joya que no tiene desperdicio, he pensado que quizás no estaría mal repescar a otro de esos segundones, especialistas en esconderse tras los acontecimientos, "como la maquinaria de un reloj", por si puede ilustrarnos, de nuevo, sobre la actualidad política. Se trata de un libro que nos recuerda que, en la esfera del poder y de la política, la mayoría de las ocasiones deciden las figuras que ocupan el segundo plano, "esos tahúres profesionales a los que llamamos diplomáticos, esos artistas de las manos ágiles, las palabras vacías y los nervios fríos". ¿Apetece, verdad? Se trata de Fouché. Retrato de un hombre político, de Stefan Zweig, la última lectura, fascinante, que nos ofrece Acantilado, y una de las biografías más inteligentes e inquietantes que he leído. ¿Quién fue Fouché? Diputado de la Convención tras colgar las sotanas, en pleno furor revolucionario francés, íntimo de Robespierre, a pesar de ser un moderado. Una de las voces que pronunciará "La mort!" desde la tribuna que sentenció a Luis XVI. Y, después de moderado, el más radical de los jacobinos. Procónsul en Nantes y, pronto, convertido en el vengador y sanguinario carnicero de Lyon ("hemos derramado mucha sangre impura, pero sólo por humanidad y sentido del deber"), antes de volverse el más inclemente de los antirradicales. Cabeza de la conspiración que acabará con Robespierre. Exiliado y premiado luego con el ministerio de la Policía republicana. Comprometido con Bonaparte, que lo nombrará, primero, senador, no sin antes llenarle los bolsillos, y luego ministro, para, finalmente, tras lanzar a Napoleón a las pirañas, ponerle la alfombra a la restauración borbónica con Luis XVIII. Una perla, ya ven.
Zweig hace un retrato del personaje que, paradójicamente –aunque escribe el libro en 1929– nos lo acerca de manera inquietante. Vean si no cómo caracteriza a este camaleón, "el más consumado maquiavélico de la edad contemporánea". Ahí va una antología de perlas: Fouché aprende pronto "la técnica del saber callar, el arte magistral de la autoocultación", y "durante toda una vida se mueve entre las sombras". "Es terrible esta superioridad de su paciencia carente de nervios: quien es capaz de esperar así y ocultarse así, es capaz de engañar al más versado": "esta sangre fría es el verdadero genio de Fouché". "Ponerse siempre detrás de un número uno, atrincherarse detrás de él": "su pasión es la intriga" y "su modestia es cálculo". "Auténtico hijo de marino, espera el mejor viento para saltar sobre la ola y mantiene su barco en el puerto". "Fouché nunca se decidirá del todo hasta que una batalla esté decidida": "no conoce más que un partido, al que es y será siempre fiel hasta el final: el más fuerte, el de la mayoría". "Fouché es ambicioso en la máxima medida, en una medida superlativa, pero no ansía la fama; ambiciona sin vanidad". Y "otro rasgo esencial y muy marcado: su desfachatez. Cuando abandona traidoramente un partido, jamás lo hace lenta y cautelosamente, no se escurre saliendo sin ser visto de sus filas, sino que se marcha en línea recta, a plena luz del día, sonriendo fríamente con una naturalidad asombrosa y aplastante". "Lo único que sigue siendo importante para él es estar siempre con el vencedor, jamás con el vencido".
Zweig acaba su libro con un, pienso, discutible calificativo: "El más extraño de los políticos". ¿Extraño? ¡Qué va! Fouché es el padre de la política moderna, un visionario. A su lado, Maquiavelo languidece como un mojigato imberbe. ¡Fouché! El futuro, ese que ya conocemos nosotros, es suyo.

Xavier Antich. La lección de Fouché. La Vanguardia. 25|7|2011.


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