dimarts, 21 de febrer de 2017

la superioritat moral del llapis


Permanezcan borrachos
Juan Tallón
La superioridad moral del lápiz
El Progreso
11|2|2017
Afilar lápices me parece todavía hoy una de las acciones más bellas que existen. Suena vagamente a violín, y su olor a madera remite al hogar. Recién afilado, el lápiz produce una ínfima felicidad, tal vez solo superada, en el hecho de ser ínfima y ser felicidad, por una libreta de estrena. El sacapuntas es una máquina perfecta, ligera, que se fue deshaciendo de componentes pesados como cables, ejes, motores, muelles, hasta quedar reducido a una sutil cuchilla fijada a un diminuto cuerpo de plástico o de acero. El futuro parece que se fuese aclarando a medida que giras la punta del lápiz en su interior.
Quizá el lápiz sea el gran objeto de la infancia, la juventud, la madurez y la ancianidad, indistintamente. Nada desgasta su prestigio. Pasan los años, las libretas, las hojas, las ideas, las notas, los dibujos y sigue haciéndonos la misma ilusión de siempre comprar un Staedtler Noris HB2, made in Germany, de franjas amarillas y negras. ¿Cómo no admirar al pueblo alemán, y hacerlo antes por ese lápiz, frágil y agudo, que por los hierros de TyssenKrupp o Siemens y su pesada inteligencia? El 81% de los alemanes utilizan lápices de manera habitual. Tal vez por eso Staedtler, nacida en Nuremberg a mediados del siglo XIX, y su gran rival, Faber-Castell, fundada más tarde en Berlín, son las dos grandes referencias mundiales de la escritura, el dibujo y las manualidades.
Años atrás, Milton Freeman sostuvo ante una cámara un lápiz negro y amarillo, e intentó demostrar cómo algo tan simple y pequeño, que servía para escribir, avalaba que el mercado libre promovía la paz entre los pueblos. "No hay una sola persona en el mundo que lo pueda fabricar", dijo. La madera de que está hecho provenía de un árbol de Washington, pero para cortarlo se necesitó una sierra, que a su vez implicó la existencia del acero, que a su vez fue derivado del mineral de hierro. El grafito del interior se obtuvo de alguna mina de Sudamérica, y la goma del extremo de Malasia, de donde el árbol del caucho ni siquiera era originario, sino que fue importado por hombres de negocios, ayudados por el gobierno británico. "Miles de personas, que no hablan el mismo idioma y que podrían odiarse si se conociesen, cooperan para fabricar este lápiz", decía.
Puedes partirlo a la mitad sin esfuerzo, aunque no derrotarlo. Su fragilidad engaña. Roto, el lápiz sigue escribiendo. De hecho, un lápiz roto son dos lápices gracias al sacapuntas. Hay que tener cuidado al dividir a tus enemigos, porque puedes multiplicarlos. Un lápiz nunca muere del todo. Se va haciendo cada vez más pequeño, y un día se pierde, o lo tiras y lo sustituyes por otro, pero allá donde acabe, no estará agotado. Aún respirará. Nadie lo lleva hasta ese límite, al borde de la desaparición total, en la que es imposible sostenerlo entre los dedos y escribir, dibujar o subrayar.
Su resistencia es superior a la del bolígrafo, que antes o después se convertirá en un plástico inútil, vacío, que te dejará en la estacada. El bolígrafo no admite el amor del sacapuntas. Nada consigue reanimarlo. Cuando muere, murió. Naturalmente, supera al lápiz en fuerza. Habla más alto. La tinta deja una marca invencible, que soporta mejor el paso del tiempo. Se ve a lo lejos. Contamina el papel. Es tosca. No conoce los caminos de vuelta. En cambio, la mina del lápiz acaricia, consiente los errores, puedes borrar su rastro, retroceder al principio, fracasar bien, empezar de nuevo, triunfar. "Por diez centavos lo compré en la esquina/ y vendiómelo un ángel desgarbado;/ cuando a sacarle punta lo ponía/ lo vi como un cañón pequeño y fuerte", escribió Alfonsina Storni al comienzo de un antisoneto en verso blanco dedicado al lápiz.
El bolígrafo mancha, grita, ahoga; el lápiz susurra y nunca dice adiós. Es un milagro de la naturaleza, que cuando se cansa se redime en el sacapuntas.
Hay algo en el lápiz, aunque solo se use para subrayar un libro, que desprende buenos modales. Quizás por ello se lleva bien con dibujantes, escritores, carpinteros, albañiles… No deja enemistades. No estropea una página ni una camisa.


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