divendres, 16 de març de 2018

pla de lectura


«—¿Qué estáis leyendo en el colegio ahora? —me preguntó Bill.
La letra de Escarlata —respondí yo.
Se cubrió los ojos con las manos. Bud se olió el puño. 
—Es La letra escarlata —me corrigió Bud—. No «de Escarlata». No se trata de la secuela de Lo que el viento se llevó.
—¿Y te gusta? —quiso saber Bill.
—Es un poco aburrido —dije.
—Claro —dijo Bud—. Te falta el marco de referencia. Tienes trece años.
—En realidad cumplí los catorze el pasado...
—De ganas lo sabes todo, pero de verguenza, nada —comentó Bud.
—Le hace falta una buena dosis de Jack London —le dijo Bill a Bud.
—¿De Twain, tal vez? —apuntó Bud.
—Puede ser —dijo Bill—. Pero el chico es de la Costa Este. Debería leer a escritores de Nueva York: Dos Passos, Wharton, Dreiser.
—¿Dreiser? ¿Quieres convertirlo en un cínico como tú? Y nadie lee ya a Dos Passos. Dos Passos está pasado. Si quiere leer a alguien de la Costa Este, que lea a Cheever.
—¿Quién es Cheever? —pregunté. 
Los dos hombres se volvieron muy despacio hacia mí. 
—Ya está decidido —dijo Bud.
—Ven conmigo —dijo Bill.
Me llevó a la sección de ficción y sacó todos los títulos de John Cheever, entre ellos un grueso volumen con sus relatos breves que se acababa de publicar. Se llevó los libros al almacén y, rápidamente les arrancó la cubierta a todos. Parecía como si hacerlo le causara un dolor físico, como si se estuviera arrancando un vendaje. Le pregunté qué estaba haciendo. Me dijo que las librerías no podían devolver todos los ejemplares no vendidos de las ediciones en rústica a las editoriales —las editoriales no tenían sitio para tanto libro—, por lo que les enviaban sólo las cubiertas. Cuando Bill y Bud querían quedarse con algún libro, simplemente arrancaban la cubierta, se la enviaban a la editorial, que les reembolsaba el gasto realizado, «y todos contentos». Me aseguró que aquello no era robar. A mí, la verdad, no me importaba lo más mínimo.
Me pasé aquel fin de semana leyendo a Cheever, nadando en Cheever, enamorándome de Cheever. Yo no sabía que las frases podían construirse así. Cheever hacía con las palabras lo que Seaver con los lanzamientos rápidos. Describía un jardín lleno de rosas diciendo que olía a mermelada de fresas. Escribía que anhelaba un «mundo más pacífico». Cheever escribía sobre mi mundo, las afueras de Manhattan, que olían a leña (su palabra favorita) y estaban habitadas por hombres que se alejaban a toda prisa de estaciones de tren para entrar en bares, antes de regresar a ellas. Todos los cuentos giraban en torno a cócteles y al mar, y, por tanto, todos ellos parecían ambientados en Manhasset. Uno de ellos, de hecho, lo estaba. En el primer relato de la antología se mencionaba Manhasset por su nombre.
Los viernes por la tarde Bill y Bud me hacían preguntas sobre lo que había leído en clase aquella semana. Chasqueaban la lengua, horrorizados, y me llevaban a dar una vuelta por la librería, e iban llenando una cesta con ejemplares sin cubierta.
—Cada libro es un milagro —decía Bill—. Cada libro representa un momento en el que alguien se sentó en silencio (y ese silencio forma parte del milagro, no te engañes), e intentó contarnos a los demás una historia.
Bud podía hablar sin fin de la esperanza de los libros, de la promesa de los libros. Decía que no era casualidad que un libro se abriera igual que una puerta. Además, decía, intuyendo una de mis neurosis, los libros podían usarse para poner orden al caos. A mis catorce años, era más vulnerable que nunca al caos. Mi cuerpo estaba creciendo, le salía pelo por todas partes, se agitaba con unos deseos que yo no comprendía. Y el mundo, más allá de mi cuerpo, parecía igualmente volátil y caprichoso. Mis días estaban controlados por profesores, mi futuro estaba en manos de la herencia de mi sangre y la suerte. Sin embargo, Bill y Bud me prometían que mi cerebro era mío y que siempre lo sería. Decían que al optar por los libros, los libros adecuados, y al leerlos despacio, cuidadosamente, siempre podría mantener, al menos, el control de aquello...»

J.R. Moehringer. El bar de las grandes esperanzas. Traducció de Juanjo Estrella. Duomo, 2015. P. 153-154.

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