divendres, 4 d’octubre de 2019

viatjar amb llibres


Siempre viajo con libros, incluso si se trata de viajes cortos. Al hacer el equipaje los elijo de forma más bien impulsiva, pero probablemente haya alguna lógica en esas decisiones. Suelo llevar, por ejemplo, dos o tres novelas cuya compañía me resulta necesaria. Es absurdo, es romántico, pero no puedo evitarlo: simplemente me siento más seguro rodeado de esas dos o tres novelas que he leído muchas veces y que siempre tengo cerca. Puedo olvidar mi medicamento favorito o el paño para limpiar los anteojos, pero nunca olvido esas novelas. Pienso que viajar sin ellas sería peligroso.
También llevo algún libro que no he leído nunca, algún mamotreto del que en verdad desconfío, pero igual pienso que una vez lanzado a la página ciento y tanto no podré abandonarlo; que faltaré a las citas y a las fiestas; que conoceré apenas algunas plazas y un par de monumentos de tan absorto como estaré en ese libro en el que no creía y que me ha cautivado totalmente. De más está decir que eso nunca sucede, que vuelvo a casa sin haber pasado del primer párrafo, y sin embargo no me arrepiento de haber cargado el mamotreto, porque no leerlo se ha vuelto, también, una sagrada costumbre.
[...] No cometeré la grosería de confesar la cantidad de libros que he juntado en este viaje. Basta decir que son muchos y sinceramente me pregunto cómo haré para llevármelos a casa.
[...] Para quienes viajamos con libros por supuesto que lo peor es el regreso. Ya no hay espacio para los pantalones ni para las camisas: el bolso se ha transformado en una pequeña biblioteca sellada al vacío.
Hace unos días un amigo me contó que solía desprenderse de algunos kilos de ropa para asegurarse de no pasar apuros en el aeropuerto y esta confesión me sorprendió mucho porque yo hago exactamente lo mismo. Me gusta esta solución, pues la presencia de libros para mí siempre ha estado asociada a la ausencia de ropa. Desde la adolescencia me acostumbré a comprar libros con el dinero que una vez al año me daban para renovar el clóset; conseguía algunas prendas de segunda mano como coartada y luego me lanzaba feliz a hurguetear en las librerías, de manera que siempre andaba pésimamente vestido pero felizmente arropado con la mejor literatura.
Diciembre, 2010

Alejandro Zambra. No leer. Crónicas y ensayos sobre literatura. Anagrama, 2018. P. 79-84.

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