dimarts, 4 de gener de 2022

de què va?


TAMARA DJERMANOVIC
«Crimen y castigo». A: La literatura admirable. Del Génesis a Lolita. Pasado y presente, 2018.

Un joven generoso y sensible comete un brutal asesinato, impulsado por la idea de erradicar el mal y establecer la justicia social. Pero no puede soportar el peso del crimen, y el castigo se convierte en el autocastigo de su propia conciencia. Así podría resumirse el argumento de Crimen y castigo (Преступле́ние и наказа́ние) que Fiódor Dostoyevski (1821-1881) empezó a escribir en 1865, parece ser que para salvarse de las deudas. El protagonista de la novela, Raskólnikov (el prefijo raskol- remite a 'cisma', 'escisión') no es ningún alter ego del escritor; al contrario: Dostoyevski en parte lo concibe para hacer ajuste de cuentas con sus propias ideas del pasado —y no solo del pasado— y apuntar a varios males de la época, como el nihilismo ruso, las abismales desigualdades sociales y otros problemas que proliferaban en la capital, más allá de las decorosas fachadas de los palacios peterburgueses.

No obstante, como siempre en la obra de Fiódor Mijáilovich, son los tormentos psicológicos de sus personajes lo que le interesa retratar en primer plano, y todos los demás niveles de la obra —el social, el ético-filosófico y hasta el policíaco— están supeditados al primero. Si bien «ese hedor estival tan conocido de todo peterburgués que no puede alquilar una casa en el campo» crispa aún más los ya tirantes nervios de Raskólnikov y potencia su idea de liquidar a la vieja usurera que se aprovecha de la miseia de los demás, es su constitución psicológica la que intriga a Dostoyevski y nos la quiere aproximar con todas sus inquietudes y contradicciones insalvables. Así caminamos paso a paso «con desfallecido corazón y temblor nervioso» junto al protagonista, subiendo con él por las escaleras empinadas y angostas —«de estas que llaman negras», atravesando puentes y deambulando por las calles de san Petersburgo.

Pero ¿qué es lo que atrapa tanto de esta trama donde el lector, sobre todo si es de una edad próxima a la de Rodión Raskólnikov —veintitrés años —, pasa por todos los infiernos y purgatorios por los que pasa el protagonista dostoyevskiano? Nada más publicarse la novela, el editor Katkov comentaba que durante el 1866 solamente se leía Crimen y castigo, que sólo de él se hablaba entre los amantes de la literatura, quienes a menudo se quejaban del poder sofocante de la novela y de la penosa impresión que dejaba, haciendo que hasta personas con buenos nervios enfermaran, y obligando a los de nervios menos firmes a abandonar la lectura.

Los problemas y dudas existenciales expresados a través de monólogos interiores, diálogos y tratados teóricos injeridos en la novela, como Sobre el crimen (atribuido a Raskólnikov) apoyados por una acción en muchos momentos salida de las profundidades irracionales del ser humano, no deja a ningún lector indiferente. La voz interior de Raskólnikov apela:

¿Qué es lo que más temen los hombres? Una nueva iniciativa y, sobre todo, una nueva palabra; eso es lo que temen más [...] Pero estoy hablando demasiado Por eso no hago nada, porque hablo demasiado. O quizá hablo demasiado porque no hago nada. En este último mes me ha dado por hablar conmigo mismo, tumbado todo el santo día en un rincón y pensando...

El estado de conciencia excitada por ideas inverosímiles, necesidad de soledad, altruismo unido a impulsos autodestructivos; todo ello contagia al lector y hace que se convierta en una especie de sombra del protagonista. «¡No cojas el hacha!»; «No mates a la hermana de la vieja!»; «¡No te delates!»; «¡Vete con Sonia!»; «¡Confía en amigos!»; «¡No agredas verbalmente a tu madre ni a tu hermana!»; y una última exclamación: «¡Déjame en paz!», como si acompañaran la lectura.

Otros personajes de la novela realmente son secundarios, aunque contribuyen a plantear y resolver cuestiones muy profundas que el escritor propone a través de Raskólnikov. Su madre y su hermana Dunia representan un amor y una capacidad de sacrificio incondicionales; el racional y amigable Razumíjin simboliza el sentido común del que precisamente carece el protagonista; Svidrigáilov, por su pesimismo metafísico, representa un destino sin salida por la incapacidad de redimir, que sí tiene al final Raskólnikov; luego están la vieja usurera, símbolo del mal epocal y universal, su hermana Lisa, víctima inocente y compasiva, el memorable juez de instrucción Porfìrio Petróvich, que aparece como aquellos espejos que transfiguran ante la conciencia del personaje principal, aparte del universo de toda la familia Marmeládov. Todos ellos poseen entidad y voz propia, pero en el conjunto de la obra tienen función de acompañar el duelo interior del protagonista y su monomanía obsesiva.

Respecto a la relación con la realidad de la Rusia de la época, Dostoievski trata fundamentalmente dos aspectos: la pobreza en la que vivía la mayor parte de la población rusa y el nihilismo que había contagiado a muchos jóvenes, convencidos que todos los medios eran lícitos para mejorar el estado de cosas.

Hay que saber que en ese momento la situación económica del propio novelista era pésima; a pesar de que el anuncio de la publicación de un nuevo libro suyo hizo que la revista Russki Vyesnik (El Mensajero ruso) ganara varios centenares de nuevos suscriptores, los editores le pagaban muy mal e incluso iban reduciendo los honorarios a medida que iban viendo que el texto iba a ser mucho más extenso de lo acordado. «Si me encierran en la cárcel por deudas estropearé la novela y tal vez no logre siquiera completarla; entonces, será el fin de todo», apunta Dostoyevski mientras apresuradamente escribe para cumplir con las fechas. De hecho, aparca por unos veinte días la escritura de Crimen y castigo y se pone a escribir una novela breve, El jugador, para contentar a sus editores. Este libro, donde la pasión amorosa y la pasión por los juegos de azar entretejen la acción. dictado a lo largo de veinte días a la joven estenógrafa Anna Grigóryevna, que enseguida se convertirá en la segunda esposa del escritor y en la mujer con la que pasaría el resto de su vida, es en gran parte fruto de su ansiedad para contentar a los editores y entregarles algo ya publicable.

Respecto al tema de dinero, importante tanto en El jugador como en Crimen y castigo, no puede decirse que Dostoyevski fuese pobre. Pero él mismo fue jugador muchos años y siempre estuvo endeudado; en general, todo lo que tenía se le iba de las manos.

Crimen y castigo abre el período de las grandes novelas dostoyevskianas, las que escribe después de volver de Siberia, donde estuvo entre 1849 y 1859, condenado a presidio durante cuatro años y luego seis más sin permiso de volver a la Rusia europea. Alejado de los ideales de izquierdas que motivaron su exilio, habiéndose alimentado en la cárcel de todo abanico de la tipología humana, según sus propias palabras, el escritor vuelve a integrarse por completo en la vida literaria peterburguesa. Emprende su primer viaje extenso por Europa, juzgando de excesivamente racional el modo de vida occidental, se enamora locamente de la joven Apolinaria Suslova, prototipo de todas sus heroínas infernales («Es mujer infernal, la emperatriz de todas las mujeres infernales» leemos en Los hermanos Karamázov), tiene frecuentes ataques de epilepsia...Estos momentos de su exaltada existencia están detrás de lo que publica a partir de 1860: Memorias de la casa de los muertos, Apuntes del subsuelo, El jugador, Crimen y castigo, El adolescente, Los demonios, El idiota y Los hermanos Karamázov.


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