dimecres, 9 de març de 2022

la finestra de shevchenko

 



CHAPU APAOLAZA
La ventana de Shevchenko
La Razón
5|3|2022

 

El escritor Lev Shevchenko cubrió su ventana de libros para protegerse de la guerra en Kiev. La imagen ha dado la vuelta al mundo y a su ventana se la conoce ya como La ventana de Shevchenko a secas. A la gente de por allá las conocemos por su apellido con una familiaridad compadrita y a la vez solemne en la que un nombre basta: Tolstoi, Dostoievski, Limonov tienen en sí mismos un sentido casi geográfico, como el Ebro. Lo más cerca que estaré nunca de la posteridad es el capítulo del libro póstumo de Limonov en el que cuenta cuando fuimos juntos a los toros, la eternidad raseaba el albero de Las Ventas y nos bebimos unos botellines en el Bar El Ruedo. Limonov decía cosas sobre el orgullo de ser mortales.

Mortales sí, pero no tanto, me digo ante la televisión cuando se alumbra la noche de Ucrania en resplandores naranjas como la Bahía de la Concha con los fuegos artificiales de la Semana Grande solo que sin helado de Los Italianos ni jersey sobre los hombros. La muerte, tan cierta que está hecha de esquirlas, viene a coger el sueño a la ventana de Shevchenko que levantó un muro de palabras y de papel contra la onda expansiva del matonismo feroz de Putin, bardo siniestro.

Va el Occidente entero a pararse ante su ventana, una alegoría tan perfecta de cómo los libros nos salvan. Detrás de la trinchera imaginamos a Shevchenko, solo y apostado tras los sacos terreros de metáforas, hipérboles y aliteraciones a esperar las balas o lo que venga. Ahí vive un poeta, se dicen las gentes. Yo lo pienso ahora, soñando en su trinchera de papel y el edificio de Kiev asediada parece casi un patio de Juan Ramón Jiménez en la hora calurosa de la siesta, con buganvilla trepándole por la pared encalada, los tiestos cuajados de geranios y el olor de los jazmines de los poemas de Manolo Alcántara.

Hay que atender al detalle de lector de Shevchenko que ha dispuesto su barricada de libros con los lomos hacia dentro de la vivienda por si se le antoja alguno en la hora última. Cuando el escuadrón Wagner entre por el barrio con su barba y su chechena guadaña, regresará quizás al guion de «El acorazado Potemkin» de Einsenstein: Puerto de Odesa, año 1905, un barco de guerra se ha sublevado. El ejército carga contra el pueblo. Miles de personas bajan en desorden una escalera interminable. Una madre con su hijo muerto entre los brazos queda sola frente a los soldados que disparan sus cargas. De pronto, ella cae también y el ejército baja las escaleras que también desciende un solitario carrito de bebé.

O quizás acuda al otro Shevchenko (Taras) el escritor y poeta ucraniano que antes de irse pidió esto: «Cuando muera, enterradme / en una tumba alta, / en medio de la estepa / de mi adorada Ucrania. / Así yo podré ver los campos anchurosos, / el Dnipró, sus represas agitadas / Y podré oír también / cómo braman sus aguas. / Y cuando el río arrastre atravesando Ucrania / hasta la mar azul / tanta sangre adversaria, / dejaré los campos y los montes / y volaré hacia Dios / a alzarle mi plegaria».


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