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dijous, 9 de maig del 2024

la literatura no és obligatòria


La literatura no es obligatoria. Podemos prescindir de ella y llevar una vida útil y feliz. De hecho, es una de las pocas cosas no obligatorias que van quedando, y en ese sentido se parece más a un gesto de resistencia que a la contribución al bien social que hace a un buen ciudadano. De ahí que resulte un tanto incongruente la promoción de la lectura que suele hacerse desde el poder establecido. Incongruencia atenuada por la sospecha de que los que ejercen el poder no hacen lo que predican, y es gracias a eso que ejercen el poder. 


César Aira. «¿Qué hacer con la literatura?». A: La ola que lee. Artículos y reseñas 1981-2010. Random house, 2021. P. 299.


dimecres, 3 d’abril del 2024

els llibres del passat

 

Hace muchos años que perdí el gusto de la lectura de mis contemporáneos. Una desgana invencible, mezcla de desconfianza y desinterés, me paraliza frente a las novedades. Como vivo rodeado de gente que no lee otra cosa (a los clásicos ya los leyeron) y al ser yo mismo un escritor, un escritor contemporáneo (¿qué otra clase de escritor podría ser?) al que algunos leen, esta limitación me ha preocupado y la he mantenido más o menos oculta como un secreto vergorzante. Sospecho que mucha de la gente que me rodea en realidad no ha leído el Quijote o Macbeth o la Divina comedia, pero a ellos les resulta mucho más fácil ocultar su secreto, porque aun sin haberlos leído saben perfectamente de qué tratan esos libros, y hasta pueden hablar de su técnica y estructura, y sobre todo saben que son buenísimos. El juicio está decidido, y no hay más que decir. Mientras que sobre la calidad de la última novela de Don DeLillo o Michel Houellebecq está todo por decir, y al parecer hay mucho que decir, y mientras todos parlotean a mi alrededor yo me hundo en un silencio deprimido y culpable.

Sin embargo, aquí y allá he ido encontrando interlocutores que comparten mi preferencia exclusiva por los clásicos. (Debo decir que ninguno de ellos es escritor). Y el argumento con que justifican esta preferencia es siempre el mismo: el sentimiento, que es el mío, de estar perdiendo el tiempo cuando leen lo que se escribe hoy. No tanto por un prejuicio respecto de su calidad como por otra cosa, más general y definitiva, que querría examinar y explicarme.

La aversión a perder el tiempo se explica sola: la vida es breve, hay demasiados libros. El lector de novedades, en una carrera que nunca puede ganar, está solo frente a una multiplicación a la que contribuyen todos (todos son multiplicandos, él es un resultado erróneo y solitario). Con los clásicos, en cambio, la humanidad entera se ha puesto de su parte. El afán sistematizador de la humanidad viene produciendo desde épocas inmemoriales un gran aparato coordinado en todos sus elementos (la llamada "cultura", con o sin mayúsculas), y la lectura de los clásicos es la llave de esta empresa colectiva. La asiduidad de su práctica tiene por horizonte la promesa de "completar" individualmente el sistema, volverse un hombre-civilización; es una promesa lejana, pero así de lejanas son casi todas las promesas que nos hacemos.

De ahí surge la perpleja sospecha de que la lectura no era una actividad tan desinteresada como yo había creído. Ese mérito parecer quedar más bien del otro lado. Los términos con los que los lectores más sensatos han caracterizado los beneficios de la lectura (términos que sistematizó Barthes, a su modo), "hedonismo", "deriva infinita", "sorpresa", "placer", describen más lo que hace el volátil consumidor de novedades que la tarea del metódico lector de clásicos.

El sistema que se promete completar el lector asiduo es la literatura. Lo que se completa (y un lector perspicaz podría hacerlo leyendo apenas un puñado de libros) es la comprensión de lo que hace literatura a la literatura; una vez alcanzada esa iluminación ya no sería necesario leer todos los libros, o al menos ya no sería necesario leerlos buscando nada especial. Ahora bien, es un poco ingenuo creer que los mecanismos esenciales de la literatura están mejor expuestos en los mejores libros; de hecho estos son los que mejor los disimulan. ¿No se los podría encontrar igualmente en los libros contemporáneos, buenos y malos al azar? Si los clásicos resultan de un proceso de selección, el lector de literatura contemporánea no garantizada puede decir que está participando en este proceso, y está haciendo clásicos, mientras que nosotros, los lectores de clásicos, nos limitamos a consumirlos...

 

César Aira. «Los libros del pasado». A: La ola que lee. Artículos y reseñas 1981-2010. Random house, 2021. P. 275-277.


dimarts, 12 de març del 2024

contra la literatura infantil

 

Fue famosa la aversión de Borges por la literatura infantil. Hombre de otra época, era natural que la viera como una aberración, consecuencia deplorable de la expansión de la industria editorial y de la segmentación interesada de los mercados. Pudo tener otros motivos, el más patente, la formación de su gusto literario en la tradición inglesa, que fue la principal damnificada por la industria de lo infantil. Muchos clásicos ingleses parecían predestinados a la puerilización; Gulliver, Robinson Crusoe, Alicia, La isla del tesoro, Dickens, Wells, fueron objeto de criminales adaptaciones, simplificaciones, continuaciones, que no podían dejar de herir la susceptibilidad de un lector agradecido. Ahondando un poco en este sentimiento, habría que preguntarse por la relación intrínseca entre lectura e infancia, relación original, y persistente aun en un lector tan civilizado como Borges. Uno empieza a leer porque es un niño, porque no tiene otra cosa que hacer, porque está disponible para los sueños ajenos; esos motivos se mantienen intactos en el lector adulto, y le dan una buena razón para respetar al niño que fue. Los libros siguen siendo los mismos, la biblioteca establece una continuidad sin rupturas de los sueños, las historias, y el destino. Hasta que de pronto, en algún momento del siglo XX, hay una bifurcación y el continuo se rompe. Por abyectos motivos comerciales (no hay otros, en realidad) empiezan a aparecer, para el escandalizado desconcierto de Borges, libros para los niños que ya no leerán los adultos.

Hasta ahí Borges, o la reconstrucción hipotética de su rechazo. Podemos coincidir en que el pecado original de la literatura infantil, más industria que género, está en este corte y separación de los dominios de la infancia y la vida adulta. Razonando mi propia aversión a la literatura infantil, yo agregaría que lo que la hace subliteratura es que no inventa a su lector, operación definitoria de la genuina literatura, sino que lo da por inventado y concluido, con rasgos determinados por la sospechosa raza de los psicopedagogos: de 3 a 5 años, de 5 a 8, de 8 a 12, para preadolescentes, adolescentes, varones, niñas; sus intereses se dan por sabidos, sus reacciones están calculadas. Queda obstruida de entrada la gran libertad creativa de la literatura, que es en primer lugar la libertad de crear al lector, y hacerlo niño y adulto al mismo tiempo, hombre y mujer, uno y muchos.

A esta separación le adjudico una consecuencia que lamento especialmente: que la industria editorial haya reservado para el ramo infantil las mejores flores de ingenio e invención en el aspecto físico de los libros. Los de adultos, los que yo compro y leo (y ¡ay! escribo), son objetos convencionales y aburridos, siempre iguales, hojas y tapas; las innovaciones y sorpresas las encontraremos solo en la sección infantil de las librerías, donde por supuesto no encontraremos nada que valga la pena leer. (No cuento los libros de arte, caros, pesados, incómodos, y también convencionales).

Ahí, desperdiciados en los niños, que tienen sus propios juguetes, están los juguetes que nos gustaría tener: libros acordeón, libros de tela, con ventanitas en las páginas, desplegables, transparentes, con ruido, transformables (como los que hizo el genial Lothar Meggendorfer), libros impresos con tinta invisible, libros origami, elásticos, y los maravillosos flipbooks o folioscopios.

Alguien podrá decir que la literatura, la buena literatura, hace todo eso, y más, sin necesidad de recurrir a manipulaciones del papel o el cartón. Que esos trucos son "cosas de niños". De acuerdo. Pero eso quiere decir que los niños han quedado implícitos en la literatura, y que es su presencia como origen persistente lo que hace buena literatura. La técnica puede dejar atrás su origen, el arte no. La literatura está brotando siempre de su fuente primigenia, la infancia, y toda separación es nefasta. El libro como objeto mágico es la prehistoria de la literatura, pero no deberíamos alejarnos de nuestra prehistoria. En la tarea de reintegrar el origen, un preliminar necesario es la reunificación de los estadios de la vida, o la devolución de la infancia al lector adulto, que es donde debe estar.


César Aira. «Contra la literatura infantil». A: La ola que lee. Artículos y reseñas 1981-2010. Random house, 2021. P. 270-273.


dissabte, 24 de febrer del 2024

necrològiques


Hay una anécdota famosa que data de la muerte del gran Ernst Lubitsch, director de algunas de las mejores comedias de Hollywood, y de una de las más perfectas de todas. Ser o no ser. Dos de sus amigos más queridos, ambos directores de cine también, volvían caminando del funeral, en silencio. Al fin, uno de ellos suspiró "Y bien, ¡se terminó Lubitsch!". El otro también suspiró: "Eso no sería nada: ¡se terminaron las películas de Lubitsch!".

Quizás los artistas deberían resignarse a que, en la ocasión de su muerte, se lamente más que la ausencia de su persona, el fin de su trabajo. El sentimiento se acentúa con los artistas cuenta-historias: novelistas, directores de cine, incluso ideólogos. En el caso de músicos y pintores, la obra parece quedar más, o haber sido hecha de modo más definitivo. La muerte de un pintor, de hecho, es ocasión de regocijo vergonzante para propietarios, que ven valorizarse su inversión.

Para un novelista, esa clase de pena no deja de ser un homenaje. Claro que hoy, con los progresos de la medicina, los escritores mueren viejos, y casi todos han sobrevivido largamente a sus obras. En ese caso sí, las necrológicas pueden darse el lujo de ser sentimentales sin caer en la hipocresía...

 

César Aira. «Abril es un mes razonablemente cruel». A: La ola que lee. Artículos y reseñas 1981-2010. Random house, 2021. P. 48-49.


dimarts, 13 de febrer del 2024

aprendre llengües


Los escritores deben aprender lenguas extranjeras, las más que puedan, pero no para traducir sino para leer. Lo ideal es que un escritor lea exclusivamente en lenguas que no son la suya. De ese modo creará en su cabeza y en su boca y oído el clima propicio para que crezcan las frases, esos dispositivos ajenos al lenguaje común, sin los cuales no hay literatura.


César Aira. «Encuesta: la traducción poética». La ola que lee. Artículos y reseñas 1981-2010. Random house, 2021. P. 41.

 

divendres, 12 de gener del 2024

l'incomprensible


John Cage, en una rememoración de sus lecturas juveniles, decía que había una clave muy simple para saber qué le gustaba y qué no: le gustaba lo que no entendía. Si lo entendía, lo abandonaba desilusionado. Puede parecer una provocación más, pero creo que todos hemos tenido la misma experiencia, y algunos seguimos teniéndola. Al menos podemos reconocerla los que tuvimos la fortuna de ser niños antes de que existiera la nefasta literatura infantil, y las novelas de Dickens o Julio Verne venían en traducciones castizas llenas de palabras incomprensibles que eran otras tantas puertas abiertas a lo desconocido. Y cuando se trataba de novelas de piratas (las de Salgari, mis favoritas), con su vocabulario náutico, directamente era chino, ese chino castellano, placer puro de lector...


César Aira. «Lo incomprensible». La ola que lee. Artículos y reseñas 1981-2010. Random house, 2021. P. 228.

 

dijous, 28 de desembre del 2023

la lectora submisa

 


La lectora sumisa es un cuadro de Magritte, muy simple y a la vez complejo, como todos los suyos: una mujer, con la vista fija en un libro que tiene en la mano, se echa hacia atrás con cara de espanto. No hay nada más. El fondo es liso. El título "natural" sería La lectora horrorizada, y nos haría pensar qué contiene ese libro, del que solo vemos que es un libro. El terror es una emoción insólita en la representación pictórica de la lectura. La sumisión, cercana a las convencionales concentración o ensoñación, parece más normal —pero no es el caso de esa mujer erizada y desorbitada de miedo—. Duchamp dijo que el título es "un color más" en un cuadro. Magritte hizo con ese "color más" en un cuadro. Magritte hizo con ese "color más" unos contrastes intrigantes. A veces, casi siempre, en tono de broma surrealista, a veces creando juegos de sentido de persistente ambigüedad. El más famoso, claro está, es el tan comentado Esto no es una pipa, en el que el título invade el cuadro, o directamente es el cuadro. La lectora sumisa me ha suscitado (y supongo que no solo a mí) una cierta perplejidad.
¿Por qué es sumisa esta lectora de Magritte? ¿Porque se aterroriza con un cuento de terror? No sabemos qué está leyendo. Pero conociendo a Magritte podemos sospechar una antífrasis; quizás está leyendo algo bucólico, feliz, un poema de amor o un divertido cuento de Saki...
Sea como sea, ¿qué hace sumisa o insumisa a una lectora? (Mantengo el femenino para seguir dentro del cuadro). La sumisión de la lectora, o su insumisión, se refiere a su entrega a lo que lee. A la "suspensión momentánea de la incredulidad", según la célebre fórmula de Coleridge. La lectora se olvida de sí misma, y vive vicariamente la vida que le propone el autor del libro. La lectora sumisa de Magritte ha puesto cara de horror como si tuviera un monstruo frente a ella, cuando solo tiene un libro. En el libro debe de haber un monstruo; la realidad se ha suspendido (la realidad es básicamente incredulidad) y es remplazada por la lectura...Pero el asunto de un libro es apenas uno de los amos a los que se somete (o no) una lectora. Otro es el juicio crítico, o el gusto, es decir la calidad literaria de lo que está leyendo. De hecho, la eficacia con la que el tema puede actuar sobre la psiquis lectora depende de lo bien o mal que el autor haya hecho su trabajo.
Aquí quizás estoy apartándome de Magritte. En su cuadro él pudo estar pensando en una lectora ocasional, que precisamente por no tener el hábito de la lectura, por hacerlo sin método, sin verdadero interés, sin conocimientos de literatura, apenas como pasatiempo de una tarde de lluvia, se entrega ingenuamente a lo que lee. Una lectora asidua también puede entregarse en cuerpo y alma; de hecho, lo hará si sabe lo que le conviene; y lo sabe porque lo ha aprendido leyendo. Pero en su caso su entrega está supeditada a la calidad que encuentra en el libro. Solo suspenderá momentáneamente la incredulidad si antes, o durante el proceso, ha decidido que el libro es bueno; su honor de lectora no le permite otra cosa.
Este mecanismo del juicio actúa siempre; la lectora más ingenua, la más ocasional, se someterá al hechizo de la susodicha suspensión si para ella el libro es bueno. La diferencia es que ella nunca podrá saber si el libro la atrapa porque es bueno, o si ella decide que es bueno porque la ha atrapado. Y la misma sospecha puede afectar a la más culta de las lectoras. Este nudo se desata en la insumisión. Porque esta es cuestión exclusivamente del juicio, de la crítica. Y aquí (a esto quería llegar con toda esta larga y sinuosa introducción) se produce una curiosa reversión de sumisa a insumisa y viceversa.
La lectora exigente, perspicaz, discriminadora, afirma su independencia de juicio declarando que el libro que tiene entre manos es malo. Y puede dar los motivos; por ejemplo, si es una novela, el autor no terminó de redondear la psicología de los personajes, dejó episodios "en el aire" sin el debido desenlace, dejó a la vista sus intenciones, el final es apresurado...
Ufana de su insumisión, gratificada con la superioridad inherente a la emisión de un juicio, esa lectora no advierte que está siendo sumisa, y en sumo grado, a parámetros de gusto y de juicio recibidos. En su reverencia tácita a los valores establecidos, está obedeciendo a hábitos y convenciones. ¿Y si el autor de ese libro entendió que la literatura es una permanente transmutación de valores? ¿Que lo que da valor al trabajo de escribir es crear nuevos valores, que desde la perspectiva de los viejos valores se verán como defectos? Quizás pensó que ya habíamos tenido suficientes personajes psicológicamente redondeados, y episodios culminando en el buen desenlace, intenciones discretamente ocultas, majestuosos finales satisfactorios...y quiso hacer algo distinto. Al fin de cuentas, "hacer algo distinto" es el alfa y el omega de la honestidad del artista.
Y al revés, entonces, la sumisión de la lectora al artista creador será el primer paso de su liberación de los valores recibidos. Claro que nada asegura, todo lo contrario, que el libro que tiene entre manos sea obra de un artista de verdad. De hecho, un libro que rompa las convenciones y establezca en su lugar un nuevo paradigma es casi tan raro como un milagro. Pero no puede descartarse su existencia.
La expresión de horror de la lectora sumisa de Magritte me sugiere, seguramente solo a mí, esta intrincada dialéctica del juicio.

César Aira. «Sumisa, insumisa». La ola que lee. Artículos y reseñas 1981-2010. Random house, 2021. P. 320-323.


dissabte, 6 de juliol del 2019

best sellers


[...] el escritor argentino de culto César Aira, en un artículo cargado de humor, señala que «el best seller es la idea, que fructificó en países del área angloparlante, de hacer un entrenamiento masivo que usara como "soporte" a la literatura. Es algo así como literatura destinada a gente que no lee, ni quiere leer, literatura (y a la que no hay que reprocharle nada, por supuesto; sería como reprocharle su abstención a gente que no quiere practicar caza submarina)». Leyéndolos, añade Aira, «podemos terminar denunciando otro equívoco frecuente, el de quienes afirman que el best seller es un atentado contra la cultura. Todo lo contrario. Leyéndolos se aprende de historia, de economía, de política, de geografía, siempre a elección y en forma entretenida y variada. Mientras que leyendo genuina literatura no se adquiere más que cultura literaria, que es la más inefectiva de todas».

Sergio Vila-Sanjuán. Código best seller: las lecturas apasionantes que han marcado nuestra vida. Temas de Hoy, 2011. P. 119.

diumenge, 1 d’abril del 2018

foment de la lectura



César Aira. Continuación de ideas diversas. Jus, 2017.

[Font: Pere Calonge @perecalonge]